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¿Qué va a ser?

Esta mañana me levanté con la firme intención de visitar, por fin, el Museo del Prado: se lo debía al mundo y también a mí mismo. Con el paso de los años, uno va sintiendo la necesidad de pagar ciertas deudas —no todas— y la visita al Prado se me había enquistado desde aquel viaje de fin de curso en el que Manolo Combina Aldán hizo gala de su apodo, se vistió con un chaleco vaquero, un gorro de paja, un guante —el derecho— de ciclista, y le pidió de salir a Carmelita delante de la diosa Cibeles. Ni que decir tiene que ella lo rechazó con un desdén apoteósico, motivo por el cual les sigo guiñando el ojo a los leones de piedra caliza cada vez que paso por delante de la emblemática fuente: ellos me entienden. 

Ciudad de DiosAquella fue una excursión de democracia temprana, pensada con el culo apoltronado del franquismo docente. La única muestra de cierto interés cultural que visitamos fue la del Museo de Cera, acogida con disparidad de opiniones entre mis compañeros, y al día siguiente nos llevaron a rezar una oración frente a las tumbas del dictador Franco y el tal José Antonio. Lo de dictador, evidentemente, lo digo yo, pues por aquel entonces seguía siendo el Generalísimo o el Caudillo, dependiendo del grado de admiración que le profesara tu interlocutor. En realidad, tampoco es que haya cambiado mucho la cosa en según qué ambientes, pero bueno: sí que se escucha lo de dictador con cierta asiduidad. A mí, acostumbrado como estaba a echar una mano en el mantenimiento del panteón familiar, aquello me pareció un poco exagerado y nada práctico a efectos de acondicionamiento pero —hay que decirlo— la viuda de Franco lo tenía todo bastante curioso, que es el adjetivo favorito de las abuelas cuando de mausoleos se trata. 

Volví a casa con la sensación de que Madrid era una ciudad pensada para visitar las cosas por fuera, como esas casas de la vieja aristocracia pontevedresa que lucen decentemente en los buzones del correo, llenos de apellidos compuestos, pero no resultan habitables ni para las ratas. Sin poner un pie dentro de ellos visitamos el Santiago Bernabéu, el Vicente Calderón, la Plaza de toros de Las Ventas, el Pirulí de Torrespaña y El Escorial, donde un problema con las entradas nos tuvo media mañana bajo un sol de justicia para terminar comiendo un bocadillo a la sombra del autobús. Eso era la capital de España para mí hasta que comencé a sumergirme en ella recientemente, ya con canas en la barba: un decorado más o menos monumental levantado en un lugar inhóspito, de esos en los que no refresca por las noches. 

Para mi visita diferida al Museo del Prado me puse ropa cómoda pero no cualquier trapo, ojo. La camisa azul celeste me pareció una opción apropiada porque, además de no provocar demasiado contraste con mi piel mortecina, tiene algo de reivindicación patriótica. Unas zapatillas de color blanco, unos tejanos de la variante Slim-fit y una pulsera de cuero blando completaban un atuendo que lo mismo te vale para pasar desapercibido que para dar la cara en cualquier entrevista callejera de televisión. Yo no sé por qué me pasan estas cosas pero cuando visito algún lugar emblemático siempre espero encontrarme con alguna persona concreta: con Pep Guardiola aquella vez que visité el Camp Nou, con Rouco Varela la primera vez que puse un pie en Santiago de Compostela, con Josu Ternera cierta tarde que terminé tomando una txatos en una herrikotaberna… En este caso, mi animal mitológico del Museo del Prado era Carlos del Amor, el reportero cultural de TVE. 

Bajé por la Gran Vía a paso ligero, de nuevo bajo un sol implacable que te persigue como un acosador de células epiteliales en época de celo. Al pasar frente al Círculo de Bellas Artes ya te quieres morir. Y en el primer bar que intuyes equipado con un generoso aparato de aire acondicionado —o con un tirador de Estrella Galicia— acampas repitiéndote que ninguna guerra se gana en un día, ni tampoco las cada vez más habituales batallitas culturales. "¿Qué va a ser?", me dice el camarero con esa expresión tan madrileña que hasta la quinta o sexta que la escuchas vez no sabes si te preguntan por bebida o por aspiraciones profesionales. "Un doble, por favor", respondo yo mientras me seco el sudor de la frente con esas servilletas ochenteras que te rasgan la piel a poco que aprietes. Algún día habrá que extenderse sobre ellas, ya saben a cuáles me refiero: pequeñas, rectangulares, serigrafiadas, inútiles… Lo cierto es que da bastante coraje que los pontevedreses hayamos entregado una ría para fabricar toneladas de papel tisú y que en los bares de media España siga triunfando esa especie de lámina satinada que, además de sarpullidos e insatisfacciones, seguro que también provoca cáncer. 

"¿Al Prado va a ir usted a esta hora?", me pregunta el camarero enarcando una ceja como si lo hubiese ofendido en lo más hondo. "Eso está todo lleno de guiris y japoneses, hombre: tómese otro doble, váyase a casa y, si le gustan mucho los cuadros, me han contado que ahora se puede visitar todo al detalle con una aplicación de esas de internet", completó su alegato en contra de la mil veces aplazada visita presencial al museo. A decir verdad, tampoco es que sea yo un enamorado del arte y las palabras de aquel buen hombre removieron en mí un sentimiento de búsqueda del confort que me ha llevado siempre a caminar poco, viajar menos, y contemplar el mundo a través de un buen ventanal. "¿Y de picar tienen alguna cosa?", me repanchingué en la renuncia. "Pues mire, tenemos un montadito que gusta mucho: el José Antonio", respondió señalándolo con el dedo en una pizarra. Y esa es otra de las características principales que yo le encuentro a Madrid desde que lo conozco: que resulta muy difícil decirle no al fascismo, sobre todo en ayunas.

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