Blog | Ciudad de Dios

Lo que usted necesita

"Espérese un momentito, que no tengo siete manos", me dice la dependienta utilizando una de las dos presentes para sostener el teléfono móvil mientras con la otra me hace un gesto como de guardia civil dándome el alto. Estamos solos en la tienda. No la agobian las prisas por cobrar y nadie la apremia con devoluciones o preguntas sobre qué tipo de trípode le ofrece mayores garantías para sostener una cámara: nada de eso. Simplemente está ahí plantada, detrás del mostrador, un tanto ofuscada porque su interlocutor, al otro lado de la línea, no parece entender que ella no puede ocuparse de todo, que la tiene frita con tanto despiste y que ya es hora de que empiece a madurar.

Blog de Rafa Cabeleira

Me doy una vuelta por la tienda, no quiero molestar. El dependiente madrileño es una raza sin calificación de peligrosa, pero de la que no conviene fiarse en exceso: puede atacar en cualquier momento y sin mediar provocación, como un Dóberman enano o un Yorkshire que, como todo el mundo sabe, son las razas de perro más peligrosas conocidas por el hombre. Busco una luz que me permita brillar frente a la cámara de mi teléfono móvil, que atenúe los defectos de mi piel y me haga parecer más joven. Sé que existen artilugios así. Lo he leído en internet y me los ha recomendado una conocida influencer con la que suelo coincidir en la peluquería "Luz, luz, luz y más luz", es su consejo estrella. "¿Cuál crees que es, si no, el secreto de la televisión?", me explica. "La luz puede hacer que un adefesio como la Esteban parezca Taylor Swift antes de recibir la Primera Comunión". Y eso es lo que busco, claro, aunque a la dependienta de la tienda parezca importarle un pijo.

"A ver, dígame", aparece sigilosa en mi espalda, como si se moviese flotando sobre la tarima ennegrecida de la tienda. Por el rictus de su cara no diría que tiene excesivo interés en ayudarme, pero allí estamos, frente a frente y rodeados por una serie de instrumentos que no entiendo. "Verá", me arranco finalmente. "Busco algo así como una luz, o un foco, no sé, que se conecta al teléfono móvil o se enchufa en algún otro sitio para mejorar la calidad de la imagen, no sé si me explico", le digo bajando la mirada, como si temiera no estar a la altura con mis explicaciones y provocar la Tercera Guerra Mundial. "¡Uyyyyyyyyyyyy!", exclama ella antes de ponerse a bufar como un rinoceronte y salir pitando de allí sin decir nada más: ni un triste "espere aquí", ni un digno "váyase usted a la mierda", nada. Y entonces, por un mero principio de precaución, me quedo muy quieto a la espera de nuevos acontecimientos, tratando de imaginar cuál puede ser su siguiente paso y cuál debería ser el mío. "¡Véngase usted pa'ca!", me grita de repente desde —intuyo, pues no alcanzo a verla— el otro extremo de la tienda. "¿Me ha oído o quiere que vaya yo a buscarlo?". Y claro, yo corro como si me quemara el viento.

"Esto es lo mejor que hay para una persona de sus características", me dice sosteniendo en la mano algo que se parece a esos tubos fluorescentes redondos que iluminan baños y cocinas. No me atrevo a preguntar qué características son esas que se me presuponen, por supuesto: hay verdades que es mejor no conocer y esta bien que podría ser una de ellas. "¿Para qué lo quiere usted? No me diga que también es instagramer", me pregunta desembalando el cachivache y situándolo frente a mi cara, como si pretendiera medir la cantidad de lux que necesito para no parecer Freddy Krueger frente a la cámara. "No, no, qué va", me disculpo como su fuese necesario. "Es que soy periodista y le necesito para conectarme a...". No me deja terminar, claro. Lo que hace es bufar otra vez, marcharse sin mediar palabra y regresar al cabo de unos minutos con un artefacto similar, pero diferente, no me pregunten por qué o cómo lo sé: simplemente, lo sé. "Esto es lo que usted necesita, caballero", me asegura con una sonrisa preciosa en su cara, como si recién la hubiesen nombrado Dependienta del año.

Mientras me envuelve la lámpara, el foco, o cómo se llame lo que acabo de comprar, la mujer me explica su aversión por los instagramer y toda esa ralea que se pasa el día vendiendo su impostada felicidad a través de las redes sociales. "Los odio profundamente", me confiesa. Yo también los odio, a decir verdad, pero me limito a guardarme mis opiniones para estos artículos, donde el lector no te puede seccionar la yugular de un zarpazo si no está de acuerdo con tus afirmaciones. "Serán catorce con noventa y cinco, caballero... ¿Efectivo o tarjeta?", pregunta solícita. Y pesar de tocarme una y otra vez, de palparme los bolsillos como si me estuviese dando el baile de San Vito, me doy cuenta de que no llevo encima la cartera. "¿Podría guardármelo un segundito, mientras voy a casa a por la cartera?", le pregunto mirando al mostrador, muerto de la vergüenza. Y entonces vuelve ella a bufar, a desesperarse, mientras coge el teléfono con una mano y me da permiso con otra, de nuevo como una agente de la Guardia Civil: ojalá nunca apruebe las oposiciones.

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