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Pegatinas

A menudo me pregunto qué pasó con las pegatinas: ¿a dónde se fueron?, ¿por qué cayeron en desuso?, ¿qué mierda de mundo es este en el que la gente ya no se expresa a través de un vinilo estampado en cualquier objeto cotidiano? No hace tanto que formaron parte de nuestras vidas, piénsenlo. Te definían, contaban una historia sobre ti —que eras el mayor de los mamarrachos, por ejemplo— y te ahorraban muchas explicaciones innecesarias con quienes nos cruzábamos de pasada. ¿Pegata de la discoteca Penélope en el parabrisas del coche? Eras un yonki. ¿Las barras y estrellas de la bandera americana en la carpeta del instituto? Un flipado. ¿Algún desafortunado personaje de dibujos animados como el pato Lucas o Willy Coyote? Ahí va un perdedor. Cierto es que siguen abundando las pistas que nos ayudan a juzgar al prójimo sin molestarnos siquiera en preguntar pero ya no es lo mismo: hasta el apriorismo ha perdido gran parte de su encanto en ausencia de aquellos adhesivos prodigiosos. 

MARUXAEn la tienda de mi abuela no se vendía nada que no trajese la correspondiente pegatina. Bueno, no… Tampoco era del todo así. Los arenques, el chocolate por onzas, el aguardiente, la tetilla, el azafrán o la tercerilla venían sin premio de consolación, ahora que lo pienso. Pero estamos hablando de productos que prácticamente eran contrabando, mercancías que se vendían al peso o por cuartillos, en una transacción semi secreta pues todo el mundo tenía algún vicio o falta que disimular. "Dame un cuartillo de anís, que estoy haciendo un bizcocho", decía doña Danielita casi todas las tardes. O mucha repostería se consumía en aquella casa o Danielita era un tanto alcohólica, un tipo de fama que, especialmente en aquellos tiempos, estaba reservada casi en exclusiva a los hombres. El anís, claro está, tampoco traía pegatinas por fortuna para aquellas buenas amas de casa que trampeaban como podían su gusto por el dulce lingotazo. 

Pero no nos vayamos por las ramas de doña Danielita y la sublimación del azúcar graduado: como decía, casi todos los productos traían su correspondiente pegatina y en especial aquellos dirigidos al público infantil, a ese segmento de la población que no podía completar un buen tesoro si no era a través de este tipo de subterfugios. Recuerdo unos chicles, duros como piedras e ideales para promover la diabetes entre los más jóvenes, que regalaban una pegatina de equis marca de coche con cada unidad. Existía un álbum, incluso, que la tabernera te ofrecía en función de quién eras hijo o nieto, pero tampoco he venido hoy aquí para hablar del clasismo. Los imbéciles, que éramos casi todos, nos limitábamos a robarle una moneda de veinticinco pesetas a nuestras madres para invertir en aquel álbum y luego estaba Tinito, que usaba las pegatinas para personalizar su bicicleta y llevarse a todas las niñas de calle. Normal: un día conducía una Mercedes, al siguiente una Ferrari, al otro una Jeep, luego una Lamborghini… Compite tú con semejante potentado. 

La semana pasada, acuciado por una enorme carga de trabajo, decidí que mi ordenador necesitaba de unas buenas pegatinas para darle sentido a la historia que necesitaba escribir. Me pasé por una tienda de chucherías, a ver qué pescaba, pero se ve que a los niños de ahora les van más los códigos QR y otras modernidades obscenas por el estilo. También entré en una tienda de ropa deportiva, recordando aquellos tiempos en que vendías medio riñón para comprarte las Air Jordan pero, coño, traían tantas pegatas que las zapatillas casi parecían un regalo. 

Pero tampoco, nada, agua. A lo sumo, las zapas molonas de hoy en día vienen con una especie de chapas de las que desconozco su uso, más allá de una posible repetición de la guerra del Vietnam , y con una serie de tarjetas y libretos que no dicen nada, casi como el noventa y cinco por ciento de la literatura moderna. Y, entonces, cuando estaba a punto de rendirme y comprar otro ordenador — algo tenía que hacer, recuerden que estaba atascado y presionado por los plazos de entrega— me acordé del sacrosanto Amazon y sus cuarenta millones de cuevas llenas de ladrones. 

Cincuenta pegatinas me costaron la friolera de nueve euros con sus correspondientes noventa y nueve céntimos: la demostración más evidente de que el capitalismo nos toma por idiotas. Yo habría pagado los diez euros sin rechistar porque, la verdad, daba gusto ver el lote en cuestión: venía una de la marca Rolls Royce, otra de Spiderman, un par de ellas de Daft Punk, el escudo de los Boston Celtics… Las fui pasando una por una, acariciándolas como se acaricia aquella tirita que te regaló tu primera novia, la que se caía tanto, hasta que vi frente a mí la de un gato ataviado con gafas de sol. Entonces me enamoré perdidamente de ella y la estampé sobre la tapa del ordenador como Rett Butler le estampaba aquellos besos a Scarlett O'Hara: rozando la pornografía. 

"¿Qué te parece?", le pregunté a un amigo tras mostrarle los cimientos de mi nueva obra. "Me parece que vuelves a ser el mamarracho que ya eras a los quince años", me contestó. Ni que decir tiene que no se equivocaba entonces ni se equivoca ahora. Por eso me extraña tanto que ya no utilicemos las pegatinas como tarjeta de presentación… Y por eso el índice de matrimonios fracasados en nuestra sociedad ultramoderna ya roza el techo insuperable del cien por cien. ¿Les parece motivo suficiente para que le demos una pensadita al monstruo que estamos alimentando o todavía no?

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