lunes. 20.09.2021 |
El tiempo
lunes. 20.09.2021
El tiempo

Manhattan

mx
MX

LA LIBERTAD se parecía mucho a un viejo autobús con los ceniceros rebosantes de colillas y un conductor malhumorado que no paraba de gritar. Nos sentábamos en los reposabrazos de cuero, nos lanzábamos cáscaras de pipas a la cara, planeábamos el desembarco en la gran ciudad al estilo Normandía y nos reíamos como demonios porque Satán, al que conocíamos por algunas canciones de moda, nos caía relativamente bien. "Nos vemos en el infierno, un buen lugar para conocernos. Tú eres más rápido en la carretera pero yo beso antes a la camarera", fue nuestra BSO durante aquel verano en que decidimos cambiar el curso de la historia y explorar más allá de los muros.

Pontevedra nos parecía Manhattan sin tener ni puñetera idea de cómo era Manhattan en realidad. Nos gustaban los westerns, el cine bélico para flipados, las katekadas de Bruce Lee y sus imitadores, el cine quinqui patrio. Habíamos visto kilómetros de jungla, pueblos polvorientos en los desiertos de Arizona y Sonora, las calles más peligrosas de Hong Kong y Bangkok, el barrio de La Mina en Barcelona… ¡Habíamos visto El Álamo, por dios! Y la Casa Blanca, aunque yo no sabría distinguirla a primera vista del chalet que se estaba haciendo Don José sobre la playa. Habíamos visto el Pentágono, el Sáhara, Sad Hill, Stalingrado e incluso Benidorm, pero nunca Manhattan: aquella ciudad que solo existía en los relatos de alguna gente y empezaba en el puente de A Barca.

Fuimos a un salón de recreativos, recuerdo. Nadie nos avisó de que era el hábitat habitual de los matones de ciudad, de los quinceañeros maltratados que pagan su frustración con niños asustadizos de trece o catorce años. A cambio, a ellos nadie les explicó que los lobitos siguen siendo lobos incluso antes de mudar el pelo. Juntos éramos como una de esas parábolas orientales que tanto le gustaban a David Carradine: los dedos por separado y el puño cuando se unen. Plantamos nuestra bandera —cuatro hostias como panes al prócer de turno— y nos afianzamos en la plaza sin apenas demostrar nuestra destreza con el Pang, el Rainbow Island o el Shinobi. Tampoco nuestro arsenal de frases agudas o definitivas, todas ellas rescatadas de películas que nadie parecía haber visto en Manhattan.

"¿Crees en dios? Pues salúdalo de mi parte", por ejemplo. Eso le decía Charles Bronson a un pandillero en Yo soy la justicia como paso previo a mandarlo al otro barrio. A mí me parecía una genialidad comparable al "tengo un sueño" del doctor negro aquel pero nunca la vi escrita en ningún libro de texto y eso, guste o no guste, le quita garbo y recorrido. "Eso que usted llama infierno, él lo llama hogar", era la favorita de Pablo pero cambiando la tercera persona por la primera. Un día fuimos a la playa y nos quemamos. A fin de cuentas, nuestras frases de cabecera son solo eso: palabras que nos gustan de una manera irracional, no hay por qué rendirles tributo ni hacerles justicia. Y también lazos invisibles que nos unen porque cada uno conoce las del otro: así se tejen las grandes amistades y algunas alianzas puntuales.

El cine Gonviz era la meca de nuestra revolución. No habíamos conocido nada comparable salvo aquel coliseo romano en el que Kirk Douglas marcaba paquete. Años después, sentiríamos lo mismo al pisar por primera vez la discoteca Dafnis & Chloe, con sus dos pistas y aquella altura como metáfora de los primera saltos al vacío. En el Gonviz disfrutamos de la época dorada de Jean-Claude Van Damme, Arnold Schwarzenegger, Michael J. Fox y Tom Cruise. Éramos la vanguardia de un pueblo donde la frase "hablan demasiado" definía una mala película, pero tampoco mucho: paso a paso. Y tras la pantalla grande, hamburguesas en el San Remo como si no hubiera un mañana.

El tabaco siempre me pareció un vicio asqueroso pero necesario. Fumábamos como símbolo de libertad, una conquista distinta a cuando fumábamos en el lavadero del pueblo o en el muelle, por las noches. La ciudad exigía gestos y nosotros correspondíamos con un paquete de Marlboro para todos, encendiendo uno con otro de camino a la parada del autobús. "¿No te tragas el humo?", se reía Carlos cuando me veía soltar aquellas bocanadas sin domesticar, una cortina lenta que tardaba varios segundos en disiparse.

A él le gustaba hacer círculos casi perfectos y su secreto, decía, estaba en tragarse el humo. Ahora trabaja para una iglesia un tanto estrafalaria, ya ves de qué le sirvió ir de malote a los trece y casarse a los dieciocho. "No te cases", le dije el día antes de la boda. "¿Por qué", me preguntó él. A todo le buscaba un razonamiento y yo no supe qué decir.

"El próximo domingo, lo mismo", soltaba alguien al bajar del autobús en la plaza de siempre, rodeada de casas pequeñas. Chocábamos puños y nos dispersábamos como lampreas, caminos de unos hogares donde nuestras madres nos esperaban con la tensión de quién tiene a un hijo en la guerra. "¿Hueles a tabaco?", preguntaba la mía desde el otro lado del pasillo, difuminada entre en humo de los cincuenta pitillos que mi padre se había fumado aquella tarde sin abrir una triste ventana. Tú pensabas que aquello no era posible, que tu madre era una especie de sabueso alienígena digna de la pantalla gigantesca del Gonviz. Me hubiese gustado verla en una de aquellas películas imposibles de explicar a nuestros abuelos. Y cuando mis amigos comenzasen a fantasear con ella, pelearnos en defensa de su honor. Alguno de ellos me partiría el labio de un cañonazo y yo sangraría orgulloso porque eso es lo que hace el hijo de una superestrella: porque a eso —y a mucho más— estaba uno dispuesto con tal de perdernos una vez más en la vecina Manhattan.

Manhattan
Comentarios