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Galicia profunda

SOLO UNA auténtica cosmopaleta sería capaz de incluir en un auto judicial la expresión "Galicia profunda", una tarita bastante habitual entre quienes ven demasiadas series americanas de televisión y confunden esta esquina del mapa con Iowa, Nebraska o una Dakota del Sur que, para gente tan ignorante y pagada de sí misma, bien podría ser la hermana parva de Dakota Fanning. Ni que decir tiene que la sobrada de su señoría ha provocado una ola de indignación en las redes sociales como no se veía en esta tierra desde la crisis del Prestige, la separación del dúo cómico Os Tonechos y la suspensión de aquel partido entre el Deportivo y el Fuenlabrada, que se vino desde Madrid con media expedición infectada perdida de Covid-19 en plena segunda ola de la pandemia: que no se diga que los gallegos no nos movilizamos para lo importante.

Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXAPara comprender Galicia en todo su esplendor -pero también en su espesor- me gusta recrearme en un capítulo muy concreto del libro Galicia, Galicia, aquella parodia deliciosa del gran Manuel Rivas sobre los años de Manuel Fraga como primer gallego del reino. Resumiendo mucho, el presidente de la Xunta encarga a Vázquez Portomeñe una encuesta para calibrar el sentir de la población hacia su gobierno, es decir: hacia su persona. "¡Estupenda, presidente!", se planta Portomeñe en el despacho del Gran Jefe a los pocos días, agitando unos papeles con los resultados de la consulta. "¡Una encuesta estupenda!", remacha flamenco. Fraga, que a esas alturas del libro ya no cree ni a su propia sombra, comienza a estudiarla al detalle y su estupor va en aumento con cada respuesta que lee, incapaz de comprender el entusiasmo desmedido de Portomeñe. Su mandato sale mal parado en todos los apartados que afectan a la calidad de la sanidad, la educación, las infraestructuras o la política industria. Furibundo como un jabalí con estudios, Don Manuel levanta la mirada y pregunta a Portomeñe qué ve de estupendo en todo aquello. "Mire la ultima pregunta, presidente", alega risueño el conselleiro. Si no lo recuerdo mal, el original de Rivas decía algo así como "¿Cuál es el mejor país del mundo para vivir?". Y, claro, el cien por cien de los encuestados había contestado que Galicia.

Que a los gallegos nos gusta vivir aquí, donde el mundo se acaba, no es negociable. Ni siquiera discutible. Ya iremos adjetivando zonas según nos convenga, que también para eso tenemos nuestras manías, pero que no venga una jueza a poner sus opiniones por escrito. A Sanxenxo, por ejemplo, lo llaman algunos "la Marbella del Norte", sin pestañear siquiera. Y fíjense que semejante apodo nunca despertó las iras de los lugareños ni tampoco las de sus vecinos, esos pueblos colindantes que, por extensión, vendrían a ser la Fuengirola del Norte, la Benalmádena del Norte o la Estepona del Ídem. Digo más. Sanxenxo ni siquiera es la única Marbella del Norte que tenemos en Galicia pues ahí está Sada, perla de las Mariñas y cuna del "Moncho es mucho": el eslogan más reconocible y rentable de la democracia gallega.

También Rivas -casi todo lo escrito en Galicia lo firma Manolo, a menudo bajo pseudónimocontaba en un artículo publicado hace tiempo en El País la historia de Ramón Rodríguez Ares, alias Moncho: uno de esos alcaldes con corona, tan capaces de mantener la mirada al propio Fraga como al mismísimo Franco. De él cuenta la leyenda que se probó la gorra de marino del dictador, aprovechando una visita al Pazo de Meirás. Y también que se atrevió a juguetear con el trozo de roca lunar que los astronautas americanos regalaron al prócer, entiendo que bajo la estricta supervisión de Doña Carmen Polo, siempre atenta a la decoración del hogar. Moncho era a la Galicia profunda lo que Clint Eastwood al spaghetti western: un icono, un referente en materia de populismo y obras monumentales que no servían para mucho, apenas para ganar elecciones y espantarse los prejuicios de algunos turistas, especialmente los que llegaban desde la cosmopaleta Marbella para testar aquel sucedáneo gallego del gilismo y -con perdón- la gilada andaluza.

Yo vivo en la Galicia profunda por voluntad propia y, ya ven, tampoco me van las cosas tan mal. Campelo es un pueblo que no tenía aceras hasta el año pasado, con más paradas de autobús que autobuses circulando, sin cobertura para móviles en muchas zonas del pueblo, donde la fibra óptica es un elemento de ficción que sale en las películas, los anuncios de telefonía y esas nuevas galletas que te ayudan a ir de vientre. Tenemos un supermercado, una farmacia, una carnicería y algunos bares, poco más. También una biblioteca, es cierto, donde los libros brillan por su ausencia y toman clases de acordeón algunos jubilados con inquietudes. Aquí no podría comprarse la jueza marbellí un bolso de Louis Vuitton, ni enviar a su hijo a un colegio privado, ni tampoco disfrutar de una representación de El lago de los cisnes en un teatro con butacas de terciopelo: cierto. Pero aprendería, eso sí, la diferencia fundamental entre ser y estar, tan importante hoy en día para el desarrollo de cualquier persona como las matemáticas básicas o la lectura de El Quijote. Porque en la Galicia profunda somos como somos pero su querida Marbella está como está, señora magistrada: invadida por las grandes bandas que han instaurado allí una especie de Business Center del crimen organizado universal. "¡Estupenda, magistrada; una ciudad estupenda!".

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