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Cuba: la película

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CUBA, EN MI CABEZA DE NIÑO, era aquella isla a la que se dirigían los barcos españoles que dibujaba Castelao con sus cuatro chimeneas, el humo negro, los ojos de buey y toda la pesca, para que los hundiesen los americanos con su moderna potencia de guerra. Mi abuelo Otilio me leía aquel cuento cada cierto tiempo y yo imaginaba las manifestaciones patrióticas que relataba el escritor con bastante vergüenza, incapaz de comprender a dónde carallo iba España frente a los ejércitos de Rambo, el teniente Braddock y Robocop. Con el tiempo comprendí que las cosas no eran tal y como yo las visualizaba pero la tunda, a fin de cuentas, venía a ser la misma: ni dos telediarios les duramos a los yankees en aquella guerra y Cuba pasó a ser su cortijo en pleno Caribe, como antes había sido el nuestro.

Luego llegarían la EGB, los primeros años de bachillerato y El Padrino II para arrojar más luz sobre una realidad que me sonaba muy lejana, casi tanto como las de Madrid, Sevilla o Palas de Rei. En realidad, la segunda entrega de la famosa trilogía se había estrenado mucho antes, en 1974, pero las grandes películas tienen su propia edad de consumo preferente: nadie debería ver Casablanca antes de los treinta, ni Nueve semanas y media después de cumplir los quince, pero vayamos al grano. Michael Corleone llega a La Habana invitado por Hyman Roth, un antiguo socio de su padre convertido ahora en enemigo a las puertas. Camino del hotel, observa cómo los militares practican una serie de detenciones relacionadas con el alzamiento de los rebeldes comandados por Fidel y es entonces cuando uno de los detenidos se hace con una granada, se abalanza sobre el soldado de mayor rango y hace la hace estallar.

-"No tienen miedo a morir", comenta Corleone a Roth.

-"¿Y eso qué significa?", pregunta este.

-"Que pueden vencer".

Negar que Cuba es una dictadura, en pleno siglo XXI, es como negar la redondez de la Tierra

Y vaya si vencieron. Tanto, que el castrismo se apalancó en el poder y ahí sigue incluso después de morir Fidel, su hermano y Enrique Castro Quini, que no tiene nada que ver con Cuba pero no me negarán que la referencia tiene su gracia. "No es una democracia", dice el presidente Sánchez en televisión estos días, preguntando por las mayores manifestaciones que se recuerdan en la isla desde que Harry conoció a Sally. "Es una dictadura", puntualiza Casado minutos más tarde, siempre tajante cuando el Pisuerga pasa por Varadero o Caracas. Diversos representantes de Unidas Podemos sostienen exactamente lo contrario: que no lo es. Y luego está el único representante del BNG en el Congreso de los Diputados pidiendo respeto para la soberanía nacional de Cuba y exigiendo el fin del bloqueo imperialista. Bueno, yo qué sé… Como Néstor Rego tenga el mismo éxito con los USA que en sus exigencias a Sánchez para que cumpla lo pactado hace dos años, Cuba no verá una tienda de Apple hasta que se les pudra la última manzana.

Resulta difícil comprender el tipo de enajenación mental transitoria —o acaso sea solo una cuestión de discurso y cálculo electoral, algo que no se piensa pero se dice de puertas hacia afuera porque rinde— que provocan las ideologías puras en tan alto número de representantes públicos, intelectuales, artistas y opinadores en general. Negar que Cuba es una dictadura, en pleno siglo XXI, es como negar la redondez de la Tierra o los efectos perjudiciales del tabaco en la salud: una chaladura propia de negacionistas o de gente que no tiene nada mejor que hacer, por no decir otra cosa. De hecho, Cuba es la definición exacta de dictadura: autoritarismo militarista, partido único, patrioterismo a full, racionamiento, exilio, cultura orgánica, enemigo exterior… Lo tiene todo, como también lo tienen otras dictaduras a las que el otro espectro ideológico nacional no se atreve a sustanciar con idéntico entusiasmo cuando tiene la ocasión.

Sobre Cuba, en definitiva, opina mucha gente estos días y jugando algunos la baza ganadora de haber estado allí de vacaciones lo que, al parecer, te concede una especie de superioridad moral frente a quienes no hemos salido jamás de la aldea. Yo conocí a una cubana hace algunos años. Era la solista de un trío que solía actuar en las bodas que organizábamos en el restaurante, una belleza de ébano con una voz que hacía temblar las columnas del salón. Un día, cuando ya habíamos tejido una cierta confianza, le fui con el cuento de la sanidad cubana, la alegría del pueblo, el romanticismo de la resistencia y todos esos estribillos que tanto me gustaban por entonces. "Pues nada, Rafael. Vete tú a vivir a Cuba y cada mes me mandas una postalica", contestó.

No sé por qué nos cuesta tanto defender que Cuba debería ser lo que los cubanos quieren que sea, no lo que un régimen dictatorial y una corriente ideológica específica les digan que debe ser. Y otro día, si quieren, hablamos de China, de Marruecos, de Nicaragua, de Turquía, de Guinea Ecuatorial o de Polonia. Pero no hoy, aunque solo sea por respeto a quienes han inundado las calles de la isla porque están hartos de ser un discurso vacío, hambriento y sin voz. ¿O acaso les preocupa que puedan vencer, como al pequeño de los Corleone? "¡Amigo!", que decía Pazos en Airbag: "¡Ahí está el concepto!"… Y un poco, también, la película.

Cuba: la película
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