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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

Tender puentes

Viveiro se prepara para un desafío de gran calibre con el proyecto que les plantea la Xunta

Vista de la fachada marítima de Viveiro. JOSÉ Mª ÁLVEZ
Vista de la fachada marítima de Viveiro. JOSÉ Mª ÁLVEZ

LOS PUENTES molan. Dicen que es la obra de ingeniería más perfecta y más influyente de cuantas realizó el ser humano. Creo que puede ser cierto, aunque desde luego no sé ni una palabra sobre ingeniería. Pero sí sé que me gustan los puentes. Y además me gustan casi todos: los colgantes, los de hierro herrumbroso, los estilizados, los romanos, los románicos, los de Calatrava que se hunden en Venecia, el de los Santos en Ribadeo que veo a diario desde mi casa. Por gustar me gustan hasta esas cuerdas que ponen en el Amazonas para que sortees grandes precipicios sujetándote a ellas.

En la historia de la humanidad no hubo más que un problema con los puentes: su ejecución. Hasta donde yo sé no hubo grandes discusiones filosóficas sobre los puentes. Leí algo sobre la construcción de puentes en la Roma clásica y nunca me encontré que los romanos tuviesen dudas existenciales al respecto. Solo eran técnicas o económicas, porque pese a que de mano de obra andaban sobrados, los romanos ahí donde los ven eran como la virgen del puño con algunas cosas. Después eran capaces de pagar fortunas a los grandes cerebros griegos para que trabajasen para ellos tallando cualquier escultura, pero en obra pública eran muy buenos en el desarrollo del concepto "coste/beneficio".

Fue muchísimo más adelante cuando empezamos a plantearnos si merecía la pena estropear un sitio bonito para construir un puente que nos permitiese ahorrarnos 20 kilómetros.

Más antes que después esta cuestión se va a plantear en Viveiro con el puente que con gran euforia está planteando la Xunta. De entrada el proyecto tiene algunos agujeros importantes que seguro que saldrán a relucir porque son conceptuales.

Pero de momento nos quedaremos con lo mencionado: el medioambiental. La pregunta directa: ¿Merece la pena? ¿Será una caricia o una cicatriz? ¿Estropeará el perfil de la ría?

No son cuestiones menores. Se trata de asuntos que traspasan con mucho el ámbito estético para recaer directamente en el filosófico primero, luego en el sentimental, después en el medioambiental y, finalmente, en el económico.

Cuando Leopoldo Calvo-Sotelo le pegó el puntapié definitivo hacia adelante al puente de los Santos en Ribadeo no avanzó la que se iba a montar después. Las discusiones fueron mayúsculas y los ribadenses tuvimos la gran suerte de que el encargado de diseñar el puente fue un auténtico señor que se llama Manuel García-Arango al que debemos gratitud eterna. Un genio.

Para empezar, el hombre conocía bien la zona desde el punto de vista humano. Es decir, siempre fue consciente de que era necesario que ese puente no fuese únicamente una vía para que los coches se ahorrasen tener que dar la vuelta a la ría por Vegadeo. Sabía que era preciso que sirviese de comunicación directa para la gente que iba a cruzar a pie o en bici entre Ribadeo y Figueras, en Asturias, y viceversa. Tan claro lo tenía que lo hizo incluso cuando convirtió la calzada original en una autovía. Por eso ese tramo de la A-8 es seguramente el único trozo de autovía de toda España por el que los peatones pueden circular. Que nadie se alarme, hay una valla de unos dos metros y medio para evitar disgustos. Nunca hubo ninguno.

Pero no siempre hay un García-Arango a mano que te lo presente todo tan redondo como lo hizo él en aquellos lejanos años 80. Otras veces hay un Calatrava sin inspiración que te deja una chufa que queda ahí para siempre. Y no me refiero a la estética, sino a los problemas que puede generar.

De entrada, harán bien en Viveiro con tener muy en cuenta la hidrodinámica de la ría, porque en Ribadeo quedó bastante claro que el mero hecho de colocar unas pilastras en la ría modificó las corrientes de tal modo que la acumulación de arena se aceleró de forma ininterrumpida hasta el día de hoy. Si eso les pasa allí será un completo desastre.

Tampoco deben descuidar pensar en absolutamente todas las necesidades que van a tener no mañana, sino dentro de 40 años. Porque cuando se hacen estas cosas hay que tener algo muy claro: son para nosotros, sí, pero tendrán que disfrutarlas durante un montón de generaciones después con ciertas garantías.

Tender puentes. Una frase preciosa que ahora se pronuncia para casi cualquier chorrada. Pero cuando es literal y hay que tender un puente de verdad hay que andarse con ojo porque no se trata solo de acercar dos orillas, sino de que de veras merezca la pena conseguirlo.

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