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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

Llega la revolución

MUCHO SE escribió y habló este año sobre la huelga feminista del 8 de marzo. En honor a la verdad hay que decir que al menos en la comarca de A Mariña fue con todo merecimiento porque la movilización que consiguieron sus organizadoras no tuvo ningún precedente. Es el síntoma de que algo se está moviendo y de que, después de todo, puede que el famoso eslogan del Bloque Nacionalista Galego que tan poco le gusta a Núñez Feijóo no esté tan lejos de la realidad.

Los que trabajamos en empresas donde las situaciones de discriminación no se dan en absoluto (que yo sepa), empezando porque la dueña mayoritaria es una mujer, no llegamos a apreciar por completo la realidad y el alcance de la situación.

Como me gusta el cine, a mí me lo ilustró bastante Estíbaliz Veiga, actriz de Barreiros, que en una entrevista me contó que eso de que en su sector solo el 8% de las actrices trabajan, es una verdad como un templo.

Es una pasada, y una pena. Porque en realidad para mi gusto los actores masculinos que hay en la actualidad, y hablo del ‘star system’, son bastante lechuguinos en comparación con aquellos Cary Grant, Steve McQueen, Gregory Peck, Humphrey Bogart... ¿Quién sería el Clark Gable de hoy? ¿Brad Pitt? ¡Por favor!

Ellas, en cambio, aunque igualmente alejadas del resplandor que irradiaban Katherine Hepburn, Carole Lombard, Ava Gardner o Elisabeth Taylor, se les acercan más. Por ejemplo le veo un empaque importante a Cate Blanchett, a Julianne Moore o a Jessica Chastain. Muchísimo más que a sus colegas masculinos, que son un bluf a excepción de algunas habas contadas como Ryan Gosling, George Clooney y poquísimo más.

Y pese a todo, ahí están ellas, mordiendo el polvo.

El cine es solo un ejemplo. En el acto que se celebró en Ribadeo mujeres de diferentes sectores iban leyendo las reivindicaciones que les correspondían. De entre todo lo que se dijo allí, hubo dos cosas con las que me quedo: «A revolución será feminista ou non será» y «Esto xa non ten volta atrás».

Pues ojalá. De verdad. Pero mantener revoluciones en el tiempo es complicado y yo soy pesimista además de un optimista mal informado, con lo que se me junta todo.

Una muestra de esto que digo se puede ver bastante bien si trasladamos lo sucedido el 8 de marzo al 15-M. En aquel momento de verdad que creí que sí iba a pasar algo. Sobre todo cuando se celebraron aquellas elecciones europeas y se presentó Podemos sin tan siquiera logotipo, con el careto de Pablo Iglesias en las papeletas, conocido solo como tertuliano en ese programa interminable de los sábados por la noche en La Sexta. Si esas elecciones llegan a ser Generales, Pablo Iglesias sería hoy presidente del Gobierno, no me cabe duda.

Pero el espíritu del 15-M se fue poniendo a dieta, conformó un partido para «cambiar las cosas desde dentro», como me soltó Errejón mirándome a los ojos en los foros de debate de Sargadelos y el Voar en Ribadeo, demostrando que había interiorizado las enseñanzas que les dan en los cursos de comunicación y, cómo no, fue desgastándose a base de trampas, palos en la ruedas, codazos, marrullerías, asquerosidades, meteduras de pata propias, insultos y ataques sin piedad a discreción en casi todas partes a los que es muy difícil sustraerse.

No será sencillo cambiar esas fotos del Consejo General del Poder Judicial


¿Por qué les pasó eso? Por muchas razones, pero una de ellas es por el miedo a que las cosas cambien. En eso justamente pensaba el jueves mientras escuchaba a un montonazo de mujeres decir a voz en grito que había llegado el momento del cambio definitivo y que no pararían hasta conseguirlo. Y por eso digo que ojalá. Pero me temo que tendrán que esperar todavía alguna generación más.

¿Creen realmente que es sencillo cambiar esas fotos del Consejo General del Poder Judicial? ¿O que solo Patricia Botín aparezca entre las superempresarias de España? Es terriblemente injusto, porque en mi experiencia me encontré bastantes mujeres muchísimo más inteligentes que los hombres de mi círculo, pero en algún momento del ascenso a los focos de toma de decisiones trascendentales se produce un atasco. Es un mecanismo que se me escapa por completo. Me gustaría contarles aquí algo más y describirles qué es lo que pasa, por qué ellas se suelen quedar fuera si sacaron mejores notas, trabajan más, hablan mejor inglés, pero no tengo ni idea de cómo va eso.
Pero de momento el órdago está lanzado y la ilusión sigue vigente. Aprovechemos nosotros para disfrutar de un cambio que solo puede ser a mejor y, si se consuma, me encantará decir que estaba equivocado.

Llega la revolución
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