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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

Cambios por la semana

Estos días dejan entrever cómo todavía nos falta un punto para crecer con el turismo

GUARDO MALOS recuerdos de la Semana Santa. Incluso de la semana anterior, cuando mi madre me llevaba a comprar un pantalón y un jersey para estrenar el domingo de ramos. Yo no le encontraba sentido a todo aquello, no comulgaba con una tradición que no entendía y me enervaba probar y probar cosas sin parar que en realidad no me gustaban. Todo me desesperaba y sabía que más allá de ese domingo tendría que cargar con eso hasta que ya no me sirviese o acabase desgarrado en un partido de fútbol. Los pantalones eran víctimas propiciatorias y hubo años en los que ese mismo domingo por la tarde acabaron listos para encajar unas rodilleras. Fuesen como fuesen, eso ya les daba un toque de distinción.

La semana en sí la pasaba en Sante, una aldea de Trabada que por aquel entonces se llenaba de gente como yo, que volvía a casa de sus padres o de sus abuelos. Pero no había manera de zafarse de las procesiones. Eran largas y tediosas. La iglesia, por lo general un espacio amable y confortable, con unos frescos decentes, se convertía en un local lúgubre con olor a incienso y fuera era todavía peor. Solía caer un sol de justicia que los fieles aguantábamos inmisericordes mientras el cura parecía no sentir frío ni calor. Soltaba sus soflamas interminables sobre la crucifixión y todo aquello con lo que ya veníamos bombardeados del colegio. Fue una sobrexposición con efecto rebote.

Ya de adolescente ocupé la Semana Santa en cuestiones mucho más agradables. Hubo años en los que cayó tarde y sirvió para probar el mar. Eran unos días de playa coyunturales, escasos y en los que hablábamos siempre de lo que faltaba para el verano y de que si la playa estaba mejor o peor que el año pasado sin ponernos nunca de acuerdo.

Luego salíamos por la noche y de repente veíamos pasar una procesión. En Ribadeo iba poca gente acompañándolas. Las seguíamos con la mirada desde la puerta de un bar, condescendientes. Yo ya sabía que no volvería a ninguna.

Fue mucho más tarde cuando me contaron todo lo que ganaban los de los bares, hoteles y restaurantes en esos días. Decían que proporcionalmente era la mejor época del año, y es casi seguro que tenían razón. Además, no tengo ningún argumento para desmontarlos. Durante cuatro o cinco días los hoteles se llenaban y se respiraba cierta alegría en las calles que contrastaba con la negrura que impone el catolicismo en estos días que, por alguna razón, ni la Coca Cola ni El Corte Inglés decidieron colonizar.

Esta Semana Santa fue mala en ese aspecto, en el económico. El dueño de un pub, previsor, me contó que ya se había preparado para lo peor, así que las cosas solo podían salirle bien porque no había escenario más lamentable que el que él mismo dispuso.

Al final el jueves fue un día de tránsito y el viernes muy malo. El sábado regular y el domingo es ya el último para el turismo. Cuenta, pero hasta cierto punto. No corren buenos tiempos para nadie y no se puede luchar contra los elementos. El verano será bueno. Vendrán días sofocantes y tardes de sol. Fiestas, aglomeraciones, gin tonics y reggaeton.

Aquí mismo, en este mismo periódico, les vamos a contar muchas cosas en los próximos tres meses referentes al turismo alternativo. Pero lo cierto es que ese turismo está en una fase tan embrionaria que por el momento es complicado percibirlo como una pista de despegue económica real para un pueblo entero, aunque sea pequeño. Por no hablar de los nuevos hábitos de consumo que eliminaron, tal vez para siempre, aquellas vacaciones de dos meses que disfrutaban familias enteras. Eso ya no pasa. Y eso que está lo que llamamos "segunda vivienda", pero es un concepto engañoso. Y si no pásense de noche cualquier fin de semana de otoño, invierno, primavera, o gran parte del verano, por algunos de esos puntos en los que las hay a patadas y verán cómo hay pocas luces encendidas.

Eso es una pésima demostración de que todavía necesitamos algo más. Se hicieron muchas cosas: vienen miles y miles de personas a ver As Catedrais (estos días algunas menos), a San Martiño, a la Semana Santa de Viveiro, a las playas de O Vicedo, a Foz, a Mondoñedo. Pero todavía sigue faltando mucho.

Debemos cuidar lo que tenemos, venderlo mejor y buscar algo más. Hay que reconocer que la oferta va creciendo y nos damos cuenta de cosas que estaban ahí pero no veíamos, como ese curioso fenómeno que es O Fuciño do Porco, al que nunca se le había hecho caso.

El primero que consiga dar con la tecla tendrá mucho ganado.

EL GUSTO. Una gran ocasión para ver el arte de Celso Dourado

EL RESTAURANTE Texturas Galegas de Ribadeo es un magnífico escenario para que aquellos que no conozcan la obra de Celso Dourado se den un paseo por allí para comprobar por qué es un artista que hay que tener muy en cuenta. Dueño de un estilo prodigioso, uno puede mirar sus cuadros y dejarse llevar por las atmósferas que crea en ellos, porque son cuadros de atmósferas. Algunos descubrirán además que está pintado por una persona Au sin manos.nque los que lo sabemos ya lo tenemos asumido, no deja de ser algo sorprendente que, viendo lo que hace, incluso cuesta creerse.

EL DISGUSTO. La pésima imagen de nuestras carreteras en estas vacaciones

UN AÑO más los turistas que nos visitaron durante la Semana Santa, fuesen más o fuesen menos, pudieron comprobar cómo esa máxima que habla del mal estado de las carreteras en Galicia es rigurosamente cierta. Es cierto que el ministerio que dirige Íñigo de la Serna tiene previsto empezar de inmediato con una mejora de varios viales. Viajando por ellos en estas jornadas es obligatorio preguntarse si realmente era necesario llegar a este punto de deterioro. La Nacional 640 en Ribadeo, Trabada y A Pontenova o la 642 en Foz, Burela o Cervo directamente están en un estado impresentable.

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