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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

Todo lo que no sabemos

Vivimos en un lugar lleno de incertidumbres que, a veces, es mejor no despejar

Basílica de San Martiño en Foz. JOSÉ Mª ÁLVEZ
Basílica de San Martiño en Foz. JOSÉ Mª ÁLVEZ

SOLO SABEMOS que viajamos en tromba hacia un futuro incierto. Nada más. No sabemos si Xacio  Baños ganará un Oscar o si Brisa Fenoy volverá  a Burela el verano que viene. Ni tan siquiera tenemos información alguna acerca de las intenciones de los organizadores del Resurrection Fest con respecto a Metallica o de si es cierto que Galipizza quiere convertirse en el McDonald’s gallego y dentro de unos años habrá que hablar de Leman como el Amancio Ortega de las pizzas con queso San Simón. Desconocemos por qué el Mago Antón no logró la notoriedad que aparentemente se merece y viene tan poco por A Mariña. Es tan misterioso como la ausencia de algún museo de carácter público con una colección estable o de entornos emblemáticos al aire libre que dejen a nuestros visitantes con la boca abierta teniendo como tenemos artistas capaces de emprender proyectos de cierta envergadura en espacios abiertos y ambiciosos.

A todos nos gustaría que todo eso fuese cierto y que al Resu no solo viniera Metallica sino que al día siguiente el cabeza de cartel fuese AC/DC y que el Mago Antón hiciese desaparecer la catedral de Mondoñedo del mismo modo que David Copperfield hizo desaparecer la Torre Eiffel. Pero qué va. No sabemos nada de nada y eso que son cosas que nos atañen. Así que como para saber todo eso de lo que somos observadores pasivos. Como si es cierto que un día el mar se comerá la costa de Altar y acabará tirando alguno de los chalés que hay en esa zona de Barreiros, o si la Ría de Ribadeo se taponará como lo hizo la de Foz y si el puente que quieren construir en la de Viveiro tendrá el efecto que el Puente de los Santos en la de Ribadeo. O eso dicen. Porque ni siquiera de eso tenemos constancia absoluta. Solo opiniones de que las pilastras modificaron las corrientes de una forma intolerable y ahora lo pagaremos durante generaciones y generaciones, como les pasó con la maldición de la película ‘Lady Halcón’ a Rutger Hauer y Michelle Pfeiffer.

No sabemos qué playas se quedarán sin depuradoras que las potabilicen y si el cambio limático acabará por acercar hasta aquí hordas de turistas alemanes a los que se le acabe por hacer insoportable el calor del Mediterráneo.

No obstante hay cosas que sí sabemos con relativa certeza: tenemos que irnos a estudiar fuera carreras universitarias y los que se van rara vez vuelven. Algunos que lo hacen regresan a pisos de alquiler  durante unos meses, lo que dura el trabajo concreto que tienen que hacer para después marcharse.

Eso sí que lo sabemos. Tampoco sabemos cómo convencer a la gente para que se venga a pasar sus vacaciones aquí durante quince días seguidos. Y hablo de gente nueva, claro, no de los que vienen porque sus padres o sus abuelos eran de por aquí y ya saben lo que hay. Esos ya forman parte del paisaje. A veces tanto que nos gustaría perderlos de vista en una confrontación de sentimientos difícil de encajar: queremos que venga más gente pero algunos de los que vienen no nos valen o nos gustan o no nos parecen lo suficientemente buenos.

Sí creemos saber que tenemos mucho que ofrecer, aunque yo tengo mis dudas de que sea tanto como pensamos y tal vez no nos demos cuenta de que hay sitios más bonitos que este y más aislados pero, irónicamente, mejor comunicados, porque una cosa no quita la otra. Todo lo que podemos enseñar es verdad y está ahí y no hay más que verlo. Pero al final se trata de un efecto comparativo al que no podemos sustraernos. La gente que viene siempre va a compararnos con los sitios a donde fueron el año pasado, o hace dos años, o en Semana Santa. Ahora entendemos que somos buenos en eso que llaman ‘turismo slow’. Puede ser, porque no sé muy bien lo que significa, pero es posible  que lo seamos porque por nuestras carreteras no se puede correr demasiado.

Al final quedan claras algunas cosas, como que somos más atractivos que esos poblados de Castilla a base de adobe aunque tengan algunas iglesias mozárabes que son impresionantes. Pero es  precisamente una pega que tenemos: nuestras cosas impresionantes están rodeadas de otras no tan maravillosas por el medio. Es justo lo que le pasa a Valladolid: sus majestuosos edificios medievales y renacentistas están acompañados de zonas horribles hasta el punto de que los eclipsan.  eberíamos de tener cuidado con eso y creo que no tenemos el suficiente.

Sabemos también que aquí se come bien. Y eso es verdad. Formidable. De aquí a pocos veranos veremos qué pasa cuando hayamos exterminado los pulpos.

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