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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

Quedar, ¿para qué?

Esto de citarse para una pelea parecía cosa del pasado, pero está más de moda que nunca 

HAY QUE VER cómo cambian los tiempos. Cuando tenía 20 años o por ahí y quedabas con alguien de otros pueblos no era precisamente para pegarte. Podríamos decir que justo al contrario. Por lo que se ve, ahora quedan directamente para ver si se abren la cabeza a garrotazos, al más puro estilo Goya.

Pese a que me quedó un historial de salidas nocturnas más que aceptable, tengo que decir que nunca me vi metido en ningún fregado. Nunca los busqué, pero por la noche eso tampoco es una garantía de nada. Pueden buscarte ellos a ti. Tal vez lo hicieron, pero lo cierto es que no me encontraron.

Por eso me llama tanto la atención esto que pasó en Burela de una serie de gente que queda para pegarse en el patio de un colegio como si quedasen para hacer botellón. Algunos recorrieron sus buenos cien kilómetros para ir y volver a sus casas.

Y lo primero que se me viene a la cabeza es: ¿Tan poco tenían que hacer? Seguramente sí, pero hay que saber priorizar.

Estas cosas, que al parecer ya pasaron más veces en A Mariña pero que yo creí que solo pasaban en ‘West Side Story’, en ‘Rebelde sin causa’, ‘Salvaje’ o pelis por el estilo, me resultan incomprensibles. Y eso que reconozco que los domingos por la noche son un muermazo total a esa edad. Yo mataba el tiempo yendo al cine o, en otra época, a comer bocadillos de queso de cabrales con tomate a un colegio mayor que llamaban ‘El Negro’ por la tremenda diversidad racial que había allí y lo oscuro de su entrada o, más adelante, yendo al cine a Navia.

Esto último merece un comentario a parte. El cine Fantasio, afortunadamente ya cerrado, tuvo una época en la que, vaya usted a saber por qué, pasaba las películas bastante antes que el de Ribadeo. O al menos pasaba otras. El problema era el habitáculo. Delante había lo que una vez fue un piano, de cuando se pasaban películas mudas que era necesario acompañar con música de piano en directo. Si le soplabas seguramente se desintegraría. No lo limpiaban, así que las capas de cacahuetes medían varios centímetros y el techo estaba tan roto que si lo mirabas sentías el impulso de llamar al 112. Aún así, preferíamos ir a ese cuchitril antes que quedar para partirnos la cara en Burela con gente a la que no conocíamos de nada.

En esto se me escapa todo, pero una cosa importante es eso de quedar por Whatsapp. Eso significa que unos tienen los móviles de los otros, con lo que eso abre varios interrogantes interesantes. Por ejemplo: ¿Eran antiguos amigos que al llegar a esa edad comprendieron que en esta vida no todo se puede compartir sin salir totalmente indemne del proceso? ¿Eran desconocidos que simplemente se dijeron: «Dame tu móvil y ya te llamaré para quedar un día y partirte la cara. Pero mañana no que me viene faltal»?

No sé, sea cual sea la respuesta correcta, me resulta totalmente ajena esta situación. Al mismo tiempo he de confesar que me da un poco de pena.

Salvando las distancias, es una situación que me recuerda un poco a aquella otra en la que quedaba gente para hacer carreras de coches o motos en la variante de Burela. También las había en la carretera que va de Vegadeo a A Pontenova hace años. Aquello se acabó pagando por las bravas y mediante situaciones que sería muy sangrante que se volvieran a producir, porque de darse en este caso generaría situaciones gravísimas.

En todo caso, hay que reconocer que tratar de extrapolar estas situaciones a la juventud en general es una injusticia tremenda. Por circunstancias que no vienen al caso conozco alguna gente de esa edad. Con las inexcusables diferencias generacionales a nivel de comportamientos, parecen buscar cosas parecidas a las nuestras aunque por medios muy distintos. Noto que disponen, al menos los que yo trato, de menos dinero del que nosotros teníamos, y eso que nosotros no teníamos casi nada. Sí que es importante la diferencia en la comunicación, que parece hacerles ahora más individualistas bajo la apariencia de ser mucho más sociales... en internet. Ahora quedas para ligar por el móvil y tienes acceso a miles de conductas y comportamientos de los que antes ni tan siquiera habíamos oído hablar. En todos los sentidos.

Mientras tanto, me resulta curioso el montón de ojos que se vuelven a la Guardia Civil para solucionar todo esto y los pocos, por no decir ninguno, que se vuelven hacia los padres. Digo yo que algo tendrán que ver en que sus criaturas acabasen por comportarse así.

Y, por cierto, con 18 o 19 años todavía están a tiempo de corregirlos.

EL GUSTO. Los cronistas oficiales también tienen cara divertida
HAY QUE aplaudir la labor que el cronista oficial de Viveiro, Carlos Nuevo Cal, desempeñó en el Carnaval de la ciudad, en este caso como pregonero. Lo hizo, como no podía ser de otro modo, ataviado con un buen disfraz en un día dedicado a las comadres y rodeado de ellas. Aunque aportase sus datos, que para algo lo llamaron allí, hay que decir que el hombre no renunció al buen humor que se presupone en estas fechas. Algo de agradecer para contribuir un poquito a quitar de encima la pátina de ‘cosa muy seria’ a eso de ser cronista oficial. No todo va a ser siempre ‘oficial’.

EL DISGUSTO. Una advertencia que alguien debería de tomarse en serio.
EL ARQUEÓLOGO subacuático Miguel San Claudio lanzó una advertencia sobre el galeón hundido en la ría de Ribadeo: está hecho polvo y cada vez peor. Lo cierto es que si realmente es tan importante como dicen, alguien tendría que tomarse realmente en serio las advertencias de una persona que pasa por ser uno de los mayores expertos de toda España en esta materia. De no ser así, tampoco tiene mucho sentido que se sigan organizando incluso expediciones internacionales de especialistas para ver el galeón. Si de verdad hay ahí un tesoro submarino, se supone que habrá que cuidarlo.

Quedar, ¿para qué?
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