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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

Memoria de esqueletos

JUGÁBAMOS DE niños en una estructura enorme inacabada construida cerca del Ayuntamiento de Ribadeo. Tardaron décadas en levantar allí lo que hoy es el edificio Plaza de España. No sé qué pasó, pero la estructura quedó a medio hacer y ejercía sobre nosotros esa fascinación que ejercen en los niños las obras inacabadas o colarse en los garajes. Allí obteníamos material muy valioso, como trozos de hierros oxidados, plásticos mugrientos y había además un hueco de ascensor por el que un día se cayó uno desde el segundo piso y no le pasó nada.

Cuando voy ahora a Burela me paro en Fazouro a mirar una gigantesca nave igualmente inacabada que hay en el polígono industrial. Es tan grande que los de Boeing le darían buen uso. Fuera de la mecánica aeroespacial no se me ocurre nada que necesite tanto espacio, aunque salta a la vista que un día sí se le ocurrió a alguien. Pero se equivocó.

No sé si irán allí los niños a por hierros para jugar. Muy cerca la maleza consume día tras día un edificio de ladrillo sin acabar cuyo destino se antoja también un enigma. Esta semana supimos que por otra gran nave de Burela llegaron a pedir 20 millones de euros, pero al final se conforman con unos 350.000 que no sé si conseguirán, porque se les fue la mano. Desgraciadamente, esto no es una excepción. Desde Ribadeo a O Vicedo hay sobradas muestras de nuestros errores del pasado, de esa época en la que todos éramos ricos y soñábamos a lo grande, como un Ruiz-Mateos cualquiera antes de 1982. Esas zonas arrojan paisajes desoladores, pero más que a la vista, al entendimiento. Porque no nos están enseñando las tripas de un edificio, sino de nuestro sistema neuronal expuesto con una crudeza insólita: no es que quede claro que volveríamos a hacerlo, es que nos aclara que volveremos a repetirlo en cuanto podamos. Y a poder ser más pronto que tarde.

La próxima vez no será para tanto porque aún será necesario digerir algunos de los restos del pasado antes de construir otros nuevos.

Hay cierta belleza melancólica en estos procesos de liquidación de espacios que un día fueron claros símbolos de un futuro que nunca llegó.

Uno muy evidente es el cartel de venta de la casa que Manuel Mon tenía en Burela. Para quien no lo sepa, Manuel Mon levantó una de las mayores empresas constructoras de Galicia. Se expandió como la pólvora y ascendió a Primera División. Luego tomó varias decisiones erróneas que jamás admitirá y, mezcladas con las circunstancias del momento de bajón que todos conocemos de hace unos años, llevó a la empresa a su disolución absoluta. Ahora él se marchó y su casa se vende. ¿Cómo es posible? Ni idea. Pero así es.

No fue una excepción, ni mucho menos. La inmensa mayoría de sus colegas atravesaron situaciones calcadas, con la diferencia de que el suyo sea seguramente un caso paradigmático por las dimensiones que consiguió otorgar a su proyecto.

No estaría de más que nos andemos con ojo. La próxima vez que demos rienda suelta a nuestros instintos, que como ya expuse antes creo que será a no tardar, tendremos que tener en cuenta algo realmente importante: la red de seguridad para cuando volvamos a pegárnosla será notablemente más débil que la que estaba tejida en 2007. Sabemos que de nuevo no será culpa de nadie. O lo será de todos, como les gusta decir a algunos para decir de otro modo: «A mí no me miren», pero con total seguridad los efectos que se generen van a ir más allá de los recortes en las becas y en material sanitario que estamos viendo en estos tiempos.

Eso sí, siempre nos quedarán las estructuras inacabadas de nuestras locuras. Tal vez en el futuro ya no sean edificios de pisos o naves industriales, sino parques temáticos o museos etnográficos, quién sabe, seguro que sabremos ingeniárnoslas para dejar algo a medio hacer.

Entretanto, asistimos a episodios milagrosos, como ventas de pisos por poco más de lo que vale un coche. Pero aún así no es ése el auténtico milagro, es que nos digan que todo va fenomenal y algunos lo crean. Seguro que hay gente a la que va genial, pero decir esas cosas con un 50 por ciento de paro entre los jóvenes suena un poco forzado.

A nadie le gusta escuchar que las cosas no van bien, como a nadie le gusta dejar un edificio gigante a medio hacer porque ya no tienes nada con qué rellenarlo, pero taparse los ojos no hace que el edificio desaparezca ni procura un trabajo a la gente. Además, ahora está mal visto que los niños vayan por ahí jugando con hierros.

EL GUSTO

LA ALCALDESA de Viveiro, María Loureiro, anunció la recuperación del teatro Pastor Díaz después de haber invertido allí unos 115.000 euros. Se trata de algo realmente de agradecer porque ya no queda mucha gente que todavía apueste por recuperar espacios dedicados a la cultura. Además, hay que hacer hincapié en que no estamos hablando de un edificio cualquiera. El Pastor Díaz es un espacio realmente asombroso que no merece más suerte que la mejor de todas, porque nos enseña que en esta comarca, como en cualquier ciudad, también se dignificó el mundo de la cultura.

EL DISGUSTO

GENTE COMO Dulce María Gasalla, Miguel Otero o Francisco Cazón presentaron el pasado jueves en Viveiro una iniciativa tan bienintecionada como descorazonadora: la recogida de firmas para conseguir una ayuda «mínima» para personas desamparadas. Resulta verdaderamente triste que todavía sea necesario hacer campañas de recogida de ayuda para gente que no tiene ni para comer. En un sistema como el nuestro, que en principio es garantista con respecto a las necesidades básicas, parecía que estas cosas ya no pasaban. Ellos aseguran que sí pasan, y todo indica que llevan razón.

Memoria de esqueletos
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