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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

Mejor pedir que robar

A VECES ME PREGUNTO cuántos mendigos tradicionales quedan. Se supone que no debería quedar ninguno. Empezando porque la Constitución garantiza el derecho a la vivienda digna. Pero volviendo al mundo real, me refiero a los de toda la vida, los que deambulaban por ahí sin nada que hacer y circulaban historias sobre cómo habían llegado a esa situación. Aunque no está bien generalizar, ahora arrojan un sospechoso tufo a organización. No por su parte, sino por quien sea que les controle. Sigue quedando la gente afectada por el alcohol que bastante desgracia tiene. En los ayuntamientos los servicios sociales cumplen una misión espectacular y entre ellos y colectivos como Cáritas consiguen que las familias, en general, al menos no pasen hambre. 

Pero todo el mundo sabe a qué me refiero, a cómo un fin de semana cualquiera aparecen de repente media docena de hombres y mujeres pidiendo, todos cortados por el mismo patrón, y hay varios patrones. 

El pasado fin de semana llegaron a Ribadeo varios sin duda de rasgos subsaharianos. Son mis favoritos: es gente afable y muy educada. Suelen llevar una sonrisa en la boca y tienen una dentadura envidiable, aunque si te fijas notas que tienen los ojos tristes. Peinaron el pueblo a base de bien. Solo uno de ellos era una mujer, pero era con diferencia la que iba más cargada y buena parte de su carga la llevaba sobre la cabeza al estilo de los documentales de La 2. 

Yo tengo por costumbre dar dinero a los músicos. Esto viene de una vez que me enfadé muchísimo. Fue en Madrid cuando salíamos de un Rodilla, una cadena famosa por sus sándwiches. Era uno en la plaza del Callao y al salir había un hombre pidiendo. Le ofrecimos dos sándwiches y el tipo se enfadó de lo lindo: «¿Y para qué coño quiero yo dos bocadillos?». Yo le dije que para comerlos y él me contestó una buena ristra de palabrotas. Desde aquel día me paro a veces a ver sus pautas. 

Durante años hubo uno en Ribadeo al que tenía perfectamente controlado. Me irritaba de verdad que yo trabajase más horas que él, que nunca cumplía con la jornada de 7 horas diarias que había por entonces. El tipo controlaba perfectamente los tiempos de tal forma que perdía un par de horas por la mañana siempre en el mismo súper, antes de irse a misa. Luego volvía a media tarde y pedía otras dos horas, más o menos, hasta que de nuevo se iba a la puerta de la iglesia. Y eso era todo. Este no formaba parte de ninguna mafia y tal como vino, se fue. Nunca le volvimos a ver. 

Los que aparentemente llegan juntos y pertenecen a una misma etnia o nacionalidad actúan de modo muy diferente. Para empezar son sensiblemente más insistentes y tienen muy bien ensayada la cara de pena. Siempre me pregunto de dónde vienen, quiénes son, cómo eligen la localidad a la que se desplazan, qué hacen durante la semana, cuánto dinero sacan en limpio, en qué lo invierten después, si reciben ayudas de la Iglesia o de otros colectivos, quién cuida a sus hijos, si querrán volver a sus países, si soñarán con una vida mejor. 

Visto desde una perspectiva genérica es un tema espinoso, porque resulta complicado discernir a los diferentes grupos, y en algunos de ellos la cosa se agrava con el consumo de alcohol, que hace que muchos que empezaron con la dignidad intacta se vayan degradando a consecuencia de la bebida. 

Todos ellos forman parte de nuestra vida diaria y se amontonan en una esquina a la que no nos gusta mirar. Según lo que dicen los del CIS en realidad un montón de familias podríamos acabar así a nada que se torciesen las cosas, porque ya solo uno de los miembros trabaja y si este perdiese su empleo la situación sería irreversible, y muy especialmente si esta persona se encontrase en medio de un abanico de edad de esos peligrosos en los que luego pedir trabajo viene a ser lo mismo que mendigar, a saber, mayores de 50. 

Una vez conocí un vagabundo que hablaba cuatro idiomas y nos lo demostró. El hombre tenía una enorme mata de pelo negrísimo que contrastaba con su boca desdentada. Hablaba de Japón con tal familiaridad que parecía que hubiese estado allí ayer. Nunca le volví a ver. A otro le compré unos dibujos a carboncillo de motivos medievales asombrosos. Tampoco le volví a ver jamás. 

Lo que más me dolió no fue saber a dónde fueron, sino desconocer de dónde venían y por qué no habían explotado su don de lenguas o su habilidad para el dibujo. Quién sabe, tal vez un día digan de mí que pedía sin saber hacer nada de nada. Puede ser. Lo único que puedo prometer es que cumpliré la jornada laboral.

Mejor pedir que robar
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