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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

Lo primero es oponerse

Debería ser obligatorio que, antes de gobernar, todos pasasen un tiempo en la oposición

AUNQUE LO parezca, no es lo mismo una tasa que un impuesto. Muchas veces las multas de los ayuntamientos las cobran desde otra provincia. Hay reclamaciones que no hay que hacer al alcalde sino a entes que con frecuencia nadie sabe que existen, como Augas de Galicia, la Sociedade de Xestión do Xacobeo, la Confederación Hidrográfica del Cantábrico y otras muchas por el estilo. Que un Concello no pague una factura no significa necesariamente que esté en quiebra. Al personal municipal, sobre todo al funcionariado, no se le puede mover tan fácilmente de sus atribuciones. En los plenos, los ruegos se debaten, pero las preguntas no, al igual que los decretos de la alcaldía.

Todas estas cositas, tan inocentes, se aprenden con los años. Si eres un concejal espabilado, con los meses.

Es muy importante que los políticos que nos gobiernan en nuestros ayuntamientos pasen una temporadita antes en la oposición. Esta teoría, en la que creo firmemente, tardé un tiempo en desarrollarla, pero a cada elección municipal que vivo, la confirmo todavía más. Aunque no sé si decirlo aquí es una indiscreción, comentaré que personajes tan dispares como Raquel Arias o Ismael Rego están de acuerdo conmigo.

Esto mismo se lo dije con frecuencia a gente que se presenta a las municipales por primera vez. Siempre pasa lo mismo. Yo noto su expresión sorprendida y que para sus adentros están pensando «este desgraciado quiere que perdamos», aunque siempre me dan la razón como a los locos por no discutir conmigo. No encontré un solo aspirante primerizo al que le notase que admitía que yo tengo razón de forma honrada.

Y es que perder no le gusta a nadie. Si no, que le pregunten a Valentino Rossi.

El pasado jueves hubo un pleno en Ribadeo y mi teoría se vio reforzada una vez más. Un concejal del PP presentó una moción en defensa de la unidad de España. Es una de esas llamadas ‘mociones tipo’, que los grandes partidos reparten como si fuesen caramelos entre sus agrupaciones locales para que las vayan presentando allá por donde tienen representación. Este hombre la presentó pero, sin avisar, a la hora de defenderla, la consideró insuficiente y decidió añadir unas cosillas de su propia cosecha ante el desconcierto general. Justo después, otro concejal del PSOE tenía que hacer lo propio: leer una moción tipo para su votación. Sin embargo, ¡ay!, se había olvidado las gafas de leer. La cosa se solucionó porque en ese pleno estaba su portavoz municipal, así que fue él quien la leyó y fin del problema.

Este tipo de cosas son hasta divertidas. No tienen mayor recorrido: al concejal del PP no se le ocurrirá modificar otra moción una vez presentada y seguramente el concejal socialista llevará en lo sucesivo las gafas de leer cuando tenga que hacer una intervención plenaria. Nada de particular, pero sí son un buen indicativo de una frase que no por repetida deja de ser inmensa: nadie nace aprendido.

Entre los que trabajamos en esto es muy frecuente tener problemas con los políticos municipales cuando desembarcan en la política. Todo lo que publicamos les sabe a poco, nunca le damos el enfoque que ellos le habrían dado ni reproducimos fielmente el espíritu del comunicado de cuatro folios que nos envían. Si los recién llegados son alcaldes o concejales de gobierno eso se complica un poco más, porque el intercambio con ellos es más habitual que con la gente de la oposición y, si no tienen experiencia, pueden llegar a reclamar las cuestiones más delirantes. Aunque tampoco sé si debería decirlo, hacia el segundo año le van cogiendo el tranquillo y su relación con los medios, en general, mejora sensiblemente.

En esto, como en todo, hay excepciones. Siempre hay cenutrios con los que no hay nada que hacer. Casos perdidos como el camarero que día tras día te pone el café ardiendo aunque se lo pidas templado o el barrendero que jamás limpia donde más sucia está la calle. Lo mejor es dejarlos estar.

La gente en la oposición se nutre de una inagotable fuente de conocimientos que son los funcionarios que los atienden, los gabinetes jurídicos de sus partidos que les salen gratis si los necesitan, los parlamentarios que les asisten si quieren montar algo de gresca en Santiago, los militantes que vigilan que la hierba esté bien cortada en todas partes. Y lo más importante: todo ello sin ningún tipo de responsabilidad. Nunca metes la pata a menos que sueltes una auténtica barbaridad, de modo que sin saberlo vas aprendiendo para que un día, cuando te toque, sepas diferenciar la labor del secretario de la del interventor.

Lo primero es oponerse
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