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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

El último show de Silvaje

Las declaraciones del exsacerdote en los tribunales le dejaron en mal lugar como persona

EL JUICIO a José Emilio Silvaje, el excura que no necesita presentación, tuvo todo lo que se esperaba de él. Con todo, y como suele pasar cuando la gente se sienta delante de un juez, hubo algunas altisonancias y alteraciones del comportamiento que me resultaron esperables unas e inconcebibles otras. Por ejemplo, las imágenes que el fotógrafo de este periódico Xesús Ponte tomó del exsacerdote ofrecen un buen retrato del personaje: entalle impecable y barbilla alta. Alta no, altiva, que no es lo mismo.

Sus palabras ante el tribunal fueron tal y como yo recuerdo a José Emilio del tiempo que le traté un poco. Una seguridad en sí mismo un punto por encima de lo aconsejable y un verbo locuaz.

Pero hubo algo nuevo que nunca le había visto antes: bilis de la mala. Esto me descolocó porque si de algo le gustaba presumir a Silvaje, además de cuestiones pecuniarias, era de una educación exquisita.

Por eso no comprendí bien a qué vino esa salida de tono llamando a sus antiguos sacristanes "borderline" o directamente "subnormales". Cuando los tenía a su servicio nunca recuerdo que se hubiese referido a ellos así, aunque es seguro que lo pensaba. Es raro esto también porque supone una disonancia notable con su abogado, al que conozco bien y estoy convencido de que esa metedura de pata le disgustó notablemente y tal vez responda a que por lo que sea algo se salió del guión que sin duda habían preparado previamente.

​La mano del letrado y el ego de José Emilio Silvaje se reflejaron bien al día siguiente, cuando el excura pidió perdón, como sin duda le aconsejó su defensor, pero a su manera, que es lo mismo que no hacerlo.

Luego pasó otra cosa extraña. El acusado hizo de psiquiatra y soltó la lengua ante la prensa diciendo que cuando llamó subnormales a los sacristanes no era un insulto, sino un diagnóstico psiquiátrico. No sé nada de psiquiatría, pero me apuesto el sueldo de un mes a que "subnormal" es un término que si un psiquiatra utilizase sería expulsado de la profesión. Esto también fue raro en el modo de proceder de Silvaje Aparisi al que, en términos generales, se le vio con las mismas ganas de siempre de montar espectáculo, aunque esta vez, siete años después, con una agresividad que antes no tenía y que en honor a la verdad le hizo perder la gracia que pudiera tener.

Por lo demás, el juicio acabó por resultar algo soso en cuanto al contenido real de lo que se trataba allí: el robo de objetos religiosos de iglesias en Ribadeo y Trabada.

Las posiciones de cada cual están exactamente donde estaban hace siete años y nadie parece haber encontrado un punto sobre el que hacer palanca. La defensa lo negó todo y se amparó en que José Emilio Silvaje era un filántropo que en realidad hizo considerables donaciones a las parroquias y a los vecinos (lo cual es cierto) y la acusación intentó por todos los medios demostrar algo complejo, que Silvaje se había llevado las piezas pero porque sí, porque alguien le vio en algún momento cargar furgonetas con objetos. No quedó muy claro si esos objetos son los que luego devolvió (como dice él) o no, ni tampoco pudo especificar dónde están los que faltan. Veremos si es suficiente para condenarle.

Se habló poco del otro acusado, que es quien en realidad tiene la clave del proceso, porque en teoría él es quien tendría que haber recibido los objetos presuntamente robados y, por lo tanto, su testimonio tenía que ser clave. Pero le vino muy bien la exhibición de Silvaje para poder así parapetarse tras ella y escurrir el bulto. A ver también si le sirve a ojos del tribunal.

Algo que sí me llamó la atención cuando lo recordé, porque lo había olvidado, fue la ausencia del Obispado en todo esto. Se me había borrado por completo que habían decidido pasar del tema y no se personaron como acusación particular. "Dejaremos que la Justicia haga su trabajo", dijeron en uno de esos comunicados que algunos organismos tienen que hacer más por obligación que por convencimiento.

Transmitieron la misma sensación que transmite la Iglesia Católica con prácticamente todo, dejarlo estar para que se pudra. Si Silvaje hubiera continuado como religioso todos sabemos qué habría pasado, le habrían cambiado de parroquia, y a correr.

Cada cual tiene su opinión sobre si fue él quien robó o no todo aquello de esas iglesias. Ahora ya no importa porque habrá una sentencia que lo ponga negro sobre blanco desde el punto de vista jurídico. Desde el personal, las palabras de Silvaje estos días lo dejaron mucho peor que los actos que pudiera haber llevado a cabo. Eso ya no tiene perdón de dios.

EL GUSTO. La petición de más visibilidad para nuestro mar

LUGO TIENE mar. Es una afirmación que no está clara todavía en toda España, mal que nos pese. Y no solo lo tiene sino que generamos gracias a él algunos productos que son excelentes pero que, como nos suele pasar en tantas cosas, precisan de un buen lavado de imagen y de un empujón publicitario. Algo de eso se habló en el Foro Económico da Mariña en el que gente como Miguel Neira, de Absa, o Eduardo Míguez, de Puerto de Celeiro, pidieron precisamente eso. Un mayor esfuerzo para dar a conocer el potencial de nuestros productos marítimos. El paso adelante puede ser decisivo.

EL DISGUSTO. El eterno tirón de la cuerda que hace Alcoa con la energía

EL DIRECTOR de Alcoa, Rubén Bartolomé, es un tipo de trato afable y muy inteligente. Se le nota que acumula una extensa formación académica pero también una larga trayectoria de relaciones personales que sabe manejar a la perfección. Le toca un papel desagradable, el de cara visible de una decisión empresarial al estilo de las que toman las multinacionales norteamericanas. Que viene a ser háganlo como digo yo o no me interesa en absoluto. Y así estamos, porque hay unos 2.000 empleos directos en juego y eso es algo que no podemos permitirnos perder bajo ningún concepto.

El último show de Silvaje
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