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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

El regreso de lo peor

ME GUSTAN los presagios. Esa sensación de miedo atávico como con la Luna de Sangre de la otra semana. La ves y sabes lo que es, todo ese rollo de la alineación astronómica que escuchaste en el Telediario. Pero en lo más hondo de ti una vocecilla te avisa de que algo va mal. Dicen que es lo que pasa con las serpientes: heredamos un miedo ancestral que no podemos quitarnos porque está anclado en lo que precisamente se llama cerebro reptil. Esto viene a cuento de que de nuevo hay indicios que hacen presagiar una crisis que, dicen, será peor que la 2008. Porque ya no será una cosa de rescatar bancos. Ahora tocará rescatar familias enteras, como pasó en Grecia. Y conservamos un orgullo absurdo que nos hace mirar al otro por encima del hombro que nos colocará en una situación complicada: la de pedir ayuda. Estoy seguro de que en realidad no es algo que le guste a nadie, pero a nosotros directamente nos espanta.

Hablo de dar dinero para comer, para sobrevivir. Los que lo ven venir son, sobre todo, las gentes que se ocupan del pequeño comercio. Puede ser porque uno de los síntomas de los que me hablan lo veo a menudo: comercios que abren y cierran con gran velocidad en el mismo entorno. Márgenes escasos que no dan para pagar lo que todavía se pide por los bajos comerciales.

Ribadeo es un sitio que sigue arrastrando fama de tener un comercio del copón y es casi seguro que ahora siga siendo cierto solo en parte. De toda la vida se dijo que aquí había tiendas y bares y los bancos que necesitan para ir tirando. Sigue habiendo bares, pero las tiendas se encogen.

Hace poco cerró una de esas que arrastraba dos generaciones tras ella. Cuando llamé al dueño para tratar de hacer un reportaje recordando la historia del local me atendió con cajas destempladas: "Aquí no hay nada que celebrar". No hay que tenérselo en cuenta para nada. Tiene que ser dolorosísimo ver hundirse el trabajo de una vida entera.

En su caso, como está en una buena situación, pasará a ser otra de las partes de esa ecuación diabólica: un bajo en alquiler. Muchos empresarios comentan que los propietarios de los bajos siguen teniendo los precios de hace quince años y, sencillamente, ya no los pueden pagar. Desconozco el tema a fondo, pero es bastante probable que sea una de las causas que no ayuden. Por otra parte, creo que todo el mundo querría tener unos inquilinos fieles que fuesen a durar veinticinco años y, por lo tanto, se les pudiese cobrar una cantidad inferior a cambio de esa longevidad en el alquiler. Lo contrario sería tirar piedras contra tu propio tejado, pero la tentación de un alquiler sabroso que te alegre el fin de mes seguro que es muy poderosa. Habría que verlo con cuidado.

Otro síntoma que escucho por ahí es que la gente mira mucho y compra poco en las tiendas físicas mientras ve cómo los furgones de reparto no paran de trabajar distribuyendo paquetes sin parar. Son Amazon y compañía, las mil y una oportunidades que ofrece el comercio online, ese escaparate el mundo entero que de repente se abrió ante nosotros.

Todavía ejerzo cierto sentido común como comprador y solo voy a internet a comprar lo que no encuentro físicamente por aquí. Pero eso no quita que no detecte una obviedad: las diferencias de precios son elevadísimas. Ese es un enemigo contra el que no sé cómo se puede luchar, pero yo diría que es fundamental.

Y, en esencia, lo que casi todo el mundo comenta es que están asistiendo de nuevo a una ralentización de la vida en general. Parece que de nuevo se entra en un periodo de hibernación como aquel terrible de 2008 cuando esa sensación de desamparo se podía percibir por la calle.

Por mucho que se diga del comercio de Ribadeo imagino que la situación es exactamente la misma en Foz, en Viveiro, en Burela... Dudo bastante que alguien se libre de todo esto y no me creo que sea cosa de un solo pueblo, de una sociedad única asentada sobre cimientos de barro, como siempre se dijo de Ribadeo al no disponer de una industria detrás que sustente su potencial económico. Como si en Foz sí la hubiera.

Si es verdad que se nos viene encima otro plomo como el de hace diez años el regreso ya no será el mismo. Se acabarán las concesiones a las compras al vecino solo porque está ahí y no en un almacén de Bembibre desde donde reparten todo lo que se te ocurra en solo un día. A partir de ahí se abrirá incluso una nueva forma de vida y, entonces, sí que podremos decir eso de "Bienvenidos al siglo XXI".

EL GUSTO. El trabajo realizado en Fitur, que poco a poco se asienta
EJEMPLIFICAMOS EN el presidente de la Mancomunidad de Municipios de A Mariña, Alfredo Llano, el trabajo realizado en Fitur en Madrid por toda la comarca. Hay que decir que poco a poco la comarca va encontrando la forma de hacerse un hueco en esa representación a escala del mundo real que en realidad es casi tan grande como el mundo mismo, que es Fitur. Hacerse notar entre tantos lugares espectaculares es algo muy complicado y por eso los pasos que se van dando se hacen más importantes. Desde hace unos años las cifras indican que se va por el buen camino.

EL DISGUSTO. Las escasas ayudas a los ganaderos contra la fauna salvaje
NO SE trata de que no existan, que alguna hay, pero las ayudas a los ganaderos para paliar los daños que les están causando los animales salvajes no es que sean insuficientes, que lo son, es que están muy mal enfocadas. El alcalde de O Valadouro, Edmundo Maseda, conoce el problema perfectamente porque le toca sufrirlo. No se trata solo de cumplimentar unos formularios  para que te paguen por una oveja muerta. Se trata de que hace falta una política que afronte este problema desde el origen, que es la convivencia real con la fauna salvaje. La real, no la que sale en las películas.

El regreso de lo peor
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