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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

El derecho a la soledad

AL IGUAL que pasó con Revilla, el paso de Josep Borrell por Ribadeo fue un auténtico ciclón con efectos secundarios sobre los chicos de los medios de comunicación, que nos quedamos sin poder hablar con él porque quedó el hombre algo abrumado. Pero si bien el revuelo en torno a Miguel Ángel Revilla era más bien fruto de la curiosidad, el que azotó a Borrell fue más bien fruto del interés.

Nada más poner un pie en Ribadeo estuvo tomando algo con gente de la agrupación de Ribadeo y mientras alternaba un poco (poco) con ellos comenzó el rosario de llamadas telefónicas, buena parte de ellas de gente de distintas agrupaciones de toda la zona interesadas en hablar con el que, de repente, parece ser el único tótem que le queda al Partido Socialista después de sus extraños movimientos que tal vez le hayan embocado a un callejón que puede que tenga salida, pero está por ver a qué precio la encontrará.

De momento, a día de hoy, se dejó por el camino una parte inmensa de su credibilidad. Hay quien dice que toda. Pero volvamos a Josep Borrell. El hombre quedó algo abrumado al conocer que lo que parecía ser una tranquila charla en un pueblecito gallego iba a ser escuchada por más de 200 personas de perfiles sociales completamente diferentes.

Como no podía ser de otro modo, al Voar se acercaron políticos de su partido de toda índole. Como es habitual, por cierto, fueron pocos de otras formaciones políticas más allá de algunos de Ribadeo, demostrando el poquísimo nivel en el que se mueven, ya que es imposible no aprender algo interesante de este señor. Pero así estamos, qué les voy a contar. El viernes con Margallo pasará algo parecido. Borrell caminó mucho y todavía lo sigue haciendo en un lugar de los Oscos perfectamente conocido. Dicen que está meditando sobre todas esas cosas de las que no quiso hablar en Ribadeo.

Es interesante analizar desde una óptica más amplia esta situación. En el sentido de que se da por sentado que el hombre tiene perfecto derecho a su descanso, que vino a hablar de Europa y eso es básicamente lo que hizo. Pero la gente quería más. Quería información. Y, me parece a mí, no solo eso: quería esperanza.

No es lo mismo que te mande un mensaje de esperanza Susana Díaz que Josep Borrell, porque ahora mismo la credibilidad de Susana Díaz, al menos aquí, no sé en Andalucía, es negativa. Es decir: cuando dice algo tiendes a pensar automáticamente que está mintiendo. Borrell, en cambio, representa una forma de hacer política de los años 80 y 90 en la que todavía mucha gente confía. ¿Significa esto que debe anular su vida privada y entregarse con fruición a las peticiones de decenas de agrupaciones locales? ¿No puede, en consecuencia, tomarse unos vinos con tranquilidad?

Pues sí y no. Ni que decir tiene que es tan dueño de su tiempo como yo del mío y usted del suyo. Pero él no es tonto, ni mucho menos, y sabe perfectamente que ahora mismo se encuentra en el centro del ojo de un huracán que amenaza con llevarse por delante algo por lo que sin ninguna duda él luchó durante mucho tiempo, y se trata de un proyecto que aglutinó a más de diez millones de personas no hace tanto tiempo, así que, en cierto modo, en este momento no puede extrañarse de que se escuche con altavoz cada cosa que dice o se difunda con telescopio cada uno de sus pasos.

Son las servidumbres de ser un personaje público.

Y llegamos así al punto en que hay algo que me descoloca. Toda esta gente asume sin ningún tipo de problema que la aborden en actos de Fórum Europa, de la Fundación América, de la Fundación Endesa, de las Faes (no es este caso, obviamente) o cosas así. Y sin embargo se extrañan sobremanera de que en la provincia de Lugo tengamos idénticas curiosidades que los vecinos del madrileño barrio de Salamanca o el barcelonés de Gracia.

Puedo comprender que esto deje fuera de onda a algún escritor que pegó un pelotazo con un libro y de la noche a la mañana se encuentra en medio de un revuelo mediático. Pero que coja con el pie cambiado a un tipo que lleva 40 años (como mínimo) en esto, no deja de sorprenderme. Y conste que sé positivamente que no hubo ningún encono personal en aislarse del mundanal ruido, pero sí cierta extrañeza que aquí no pudiera estar a su aire.

Son pésimas noticias: debemos seguir luchando porque nadie tiene la menor idea de qué somos, de dónde estamos, de que existimos. Somos solo cifras en unas encuestas que ya nunca aciertan. Ahora entiendo el porqué.

EL GUSTO Mondoñedo arranca un trabajo ímprobo pero imprescindible

EL CONCELLO de Mondoñedo acaba de arrancar un trabajo que no se antoja cualquier cosa: la digitalización de su archivo municipal. Estas cosas no interesan nunca a nadie hasta que un día te hace falta un papel y entonces montas en cólera porque resulta que no está al alcance de la mano. Lo mismo pasa con las traídas de agua, las depuradoras y cosas así. El caso es que el de Mondoñedo no es un archivo cualquiera. Dada su historia, puede aparecer ahí cualquier cosa, de modo que la circunstancia de que esté bien digitalizado es una excelente noticia que, a su vez, generará otras nuevas.

EL DISGUSTO Otra demostración de que no gusta nuestro trabajo

FRANCISCO COUGIL era seguidor de Borrell, hasta que se hizo seguido de Baltar. Como lo hizo a todos los efectos (también políticos), eso se llama transfuguismo. A una periodista que se lo hizo notar, Cristina Huete, Cougil le pilló una manía tan terrible que la llevó a los tribunales por vía penal, como sillamar tránsfuga a alguien fuese como decirle que es un asesino. La juez se lo deja meridianamente claro. Es obvio que nuestro trabajo no gusta, pero de ahí a judicializar obviedades media un largo camino que Francisco Cougil Hermida trató de saltarse. Esta vez hubo suerte. Veremos lo que dura.

El derecho a la soledad
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