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Redactor de El Progreso en A Mariña y director de La Comarca del Eo. Me ocupo de la sección semanal Recto verso.

De lo que nos libramos

Contextualizar nuestro pasado debe mostrarnos que nuestro presente pudo ser otro

VARIAS PERSONAS a las que estoy tremenda y sinceramente agradecido me mostraron la semana pasada su solidaridad por el artículo publicado aquí mismo hace siete días. Una de ellas, una mujer que pasó su infancia en una aldea de A Pontenova, se explayó un poco más en un correo electrónico en el que exponía sus propios recuerdos de la vida en su aldea. Lo que yo había contado era una reflexión sobre un universo rural en extinción que, en parte, me tocó vivir. Estos mensajes, especialmente el de esta mujer, me parecieron muy emocionantes y me hicieron pensar en que seguramente estemos siendo algo injustos y cayendo en la trampa de la memoria selectiva.

La vida en las aldeas de la Trabada de los 70 que describí, y desde luego en décadas anteriores, no tenía nada de sencilla ni de bucólico pastoril. Nuestros antepasados las pasaron canutas tratando de sacarle unas patatas a una tierra que, eso sí, al menos es fértil. Una cosecha arruinada por unas lluvias a destiempo eran una amenaza muy seria de hambruna y una tormenta que estropeaba los frutales arruinaba por completo la esperanza de comer fruta.

Mi padre, que no tiene 250 años, suele contar una anécdota muy ilustrativa para mal de cómo estaban las cosas. En el Mundial del 50 España se enfrentó a la Unión Soviética y aquello fue un hecho sin precedentes. Debíamos de estar tan acelerados por el momento como absorbidos por un régimen de idiotas que quería idiotizar a todo el mundo. Tanto, que cuenta mi padre que todo Sante (en Trabada) se reunió a ver el partido ante la única tele del pueblo. La práctica totalidad no estaba allí por ver jugar a Marcelino y compañía, sino porque habían escuchado historias: nunca habían visto un ruso. Mi padre recuerda que les habían contado que tenían cuernos. Eso había que verificarlo. Imagino su decepción al ver que no se diferenciaban de nosotros en casi nada. Y en aquellas teles, supongo que solo por el color de la camiseta.

Esto da idea de que tras la vida frenética en la zona rural, que es cierto que existía y existió hasta hace solo unas pocas décadas, como quedó dicho la semana pasada, lo que había era un trabajo durísimo y casi siempre unas carencias educativas tan pronunciadas como intolerables.

Mi propio padre cuenta casos de amigos y conocidos con una capacidad intelectual fuera de serie. Gente capaz de recordar el cumpleaños del hijo de un vecino tras habérselo dicho una sola vez treinta y cinco años atrás o de memorizar un diccionario entero. Mentes perdidas a las que jamás se les dio una oportunidad.

Peores todavía son las historias de deslome trabajando el monte o tratando de sembrar trigo donde, sencillamente, no se daba bien. Mi padre, otra vez, (perdón por la personalización reiterada) trabajó en el monte de adolescente con material salido de antes de la Revolución Industrial.

Remontándome a mis abuelos, les recuerdo contar historias de vecinos y vecinas que se morían sin razón aparente. Casi todas las familias eran mucho más numerosas de lo que aconsejaba la cordura y casi ninguna conseguía sacar adelante todos los embarazos que concebían.

No estoy en condiciones de contar nada de primera mano de lo que pasaba en lugares como Rinlo, Celeiro, Burela y otros puertos de mar. Hace unos años todos nos preguntábamos cómo era posible que hubiese tantos naufragios porque se habían encadenado cuatro en dos años. Si nos oye alguien de los años 40 nos daría un bofetón con todas las de la ley. Me llegaron historias, estas de segunda mano, de naufragios absurdos de lanchas que ya antes de zarpar llevaban años haciendo aguas. Decenas y decenas de personas a las que se las tragó el mar no ya en una tormenta o en una marejada que no vieron venir, sino en el choque con algún pez o algún mamífero de tamaño desacomplejado, o porque habían pescado tanto que las redes les volcaron una chalupa ridícula. Los fines de semana para esa gente no existieron ni como concepto y no vamos a contar nada de las vacaciones, porque la electricidad llegaba a donde llegaba y el agua corriente solía correr por cuenta del vecino, que la canalizaba de alguna parte por la cuenta que le tenía.

Nada de esto no invalida lo escrito aquí hace una semana, porque aquella gente lidiaba mucho más contra la Naturaleza y mucho menos contra nuestra estupidez y esta manía de creernos lo que no somos. Todos las pasamos canutas. Si me dieran a elegir mundo, me llevaría un rato elegir este. Lo que digo es que debimos haberlo moldeado mejor. Pudimos hacerlo y lo estropeamos todo.

EL GUSTO. Las campañas de Acisa Ribadeo de cara a este otoño

EL PRESIDENTE de la Asociación de Comerciantes de Ribadeo, Francisco Iriarte, anunció que de aquí a final de año van a lanzar un par de campañas con la intención de atraer gente a Ribadeo en esto que llaman temporada baja y, además, explicó que van a tratar de que sean campañas que lleven el nombre de la localidad a latitudes diferentes a las habituales. Sus miembros se lo agradecerán, más que nada porque son los primeros interesados y los primeros en notar si la cosa funcionó o no. Sea como sea, es algo que merece el reconocimiento de la valentía de emprender algo sin retorno seguro.

EL DISGUSTO. El problema con los coches rayados en una calle ribadense

LA SUBDELEGADA del Gobierno en Lugo, Isabel Rodríguez, tendrá que acabar echando un vistazo al caso de los rayazos de vehículos en una zona muy concreta de Ribadeo. La Guardia Civil, como la Policía Municipal, van a tener que acabar interviniendo porque la cosa se está saliendo claramente de madre. La dificultad de atrapar a los autores in fraganti no tendría que significar que no se pueda sentar a algunos sospechosos en una silla para hacerles unas cuantas preguntas. Hay gente dispuesta a aportar algunas pistas, o tal vez ya lo hizo. Lo que se haga aquí puede que luego sirva en otras partes.

De lo que nos libramos
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