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Amaños y dictadura, la década de oro del Viitorul Scornicesti

El equipo de la ciudad natal de Nicolae Ceaucescu disfrutó de diez años de favores en Primera División hasta que la muerte del tirano lo envió a un olvido del que no regresará jamás

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Estadio del Viitorul Scornicesti en la actualidad

La muchedumbre se subió a los camiones, desfiló unida, por millares, bajó a la calle desde sus edificios grises y uniformes e inundó de mensajes un aire que hasta hace poco estaba cargado de silencio, de miedo, de pobreza, de represión y de un futuro carente de luz. La muchedumbre arrancó las banderas y las hizo suyas. Las enarboló con valentía y convirtió un signo de terror en uno de esperanza de la forma más simple posible: cortando un escudo que simbolizaba cuatro décadas de dictadura.

En aquel diciembre de 1989, cientos de miles de rumanos dijeron basta. En aquel diciembre que tomó el testigo de un Berlín que tiró abajo una parte del mundo hecha de alambradas de espino, las tricolores rojas, amarillas y azules con un agujero en el medio recorrieron los televisores de todo el planeta para convertir en noticia a un país olvidado.

En dos semanas frenéticas y violentas, con casi un millar de muertos que serían muchos más después, la tela de araña tejida por Nicolae Ceausescu acabó pisoteada. El pueblo la hizo añicos. Contó con el ejército, antes cómplice y ahora, a medio camino entre la supervivencia y el oportunismo, fusiló al tirano junto a su mujer Elena en un simulacro de juicio con el veredicto sobre la mesa antes de empezar.

Pero a aquel cadalso se subieron otros. No solo los Ceausescu. Lo hizo su policía política (Securitate), su aparato de control, el último bastión estalinista europeo y todos aquellos que habían vivido a su costa como parte de un palacio de oro solo disfrutado por una minoría. A esa pequeña parte de Rumanía que disfrutó de vivir a la sombra del dictador también se unió el fútbol. 

En las banderas vacías de diciembre de 1989 no estaba el Viitorul Scornicesti (hoy en día juega bajo la denominación de FC Olt Scornicesti). Aquel equipo creado artificialmente en 1972 tuvo la 'suerte' (o no) de ser el equipo de la ciudad natal de Nicolae Ceacescu. 

El Viitorul Scornicesti estaba controlado por los familiares de Ceaucescu, como el caso de su cuñado, Marin Barbulescu

Salido de la nada, sin la tradición ni los años bajo su escudo de otros, el Viitorul aprovechó que su partida de nacimiento tenía puntos en común con la del jefe de todo en la Rumanía del telón de acero. No solo compartía origen, sino también árbol genealógico, ya que el club estaba controlado por familiares del dictador. Marin Barbulescu, el cuñado de Ceaucescu, fue el gran dirigente de un equipo que comenzó en lo más bajo y, con el viento de espalda que soplaba desde el patrocinio del estado, ascendió año a año hasta alcanzar la Segunda División en la campaña 1977-1978.

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En un ejemplo de una competición tan viciada como el aire de un país cerrado a cal y canto, el Scornicesti logró el ascenso a la categoría de plata con un 'milagro'. 

Igualado a 44 puntos con el Flacara Moreni en la lucha por la primera plaza que daba acceso a la División de plata rumana, precisaba conjugar los 17 tantos de diferencia que su rival tenía a su favor en el golaverage. Enfrente del Viitorul apareció el modestísimo Electrodul Slatina, que ocupaba el puesto 15. El resultado encajó como un guante en las necesidades del equipo del dictador: 18-0. El otro implicado, el Flacara, jugó en su estadio ante el Rova Rosiori bajo la atenta mirada de dirigentes del partido comunista y de 30 milicianos. El resultado fue un escueto 2-1 que entregó en bandeja el ascenso al Scornicesti.

Años más tarde, los futbolistas del equipo de Slatina admitirían sobornos y presiones -algunos exjugadores cuentan que fueron detenidos antes del partido, incluso en una boda- para que Ceaucescu tuviera una tarde de domingo feliz.

La impunidad era tal que los partidos se amañaban incluso en el mismo campo, sobre el césped

La impunidad era tal que los partidos se amañaban incluso en el mismo campo, sobre el césped, a la vista de todos. El defensa Aurel Mincu cuenta cómo en un partido de Segunda ante el Metalul Bucarest, el por aquel entonces presidente del equipo, Dumitru Dragomir (apodado 'Don Corleone' y que fue posteriormente presidente de la Liga de fútbol rumana y fue condenado a 7 años de cárcel en 2016 por un fraude en relación con los derechos televisivos del fútbol), observó el partido que iba 0-0 hasta que en el minuto 80 el Metalul anotó un gol. “En ese momento Dragomir, nuestro presidente por aquel entonces, me llamó y me dijo que fuera a hablar con el juez de línea y le dijera que el jugador rival estaba en fuera de juego. Yo fui y se lo dije, y el juez de línea anuló el gol. Cuando íbamos a sacar del centro del campo los jugadores del Metalul protestaron al árbitro. El colegiado nos llamó a todos y pitó el final del partido en el minuto 82. El encuentro acabó 2-0 a nuestro favor”.

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Como no podía ser de otra manera, al año siguiente (en 1979) subieron a Primera, donde estuvieron diez años, hasta aquel diciembre de 1989 que lo cambió todo.

El equipo siguió contando con el peso que le daba su ADN compartido. Lo hizo desde los despachos y sobre el campo. Recibió el apoyo de los dos grandes del país en forma de cesiones de jugadores. El Steaua de Bucarest (equipo patrocinado por el régimen comunista) y el Dinamo de Bucarest (el equipo favorito de Elena Ceaucescu) le prestaron futbolistas. Con los colores del Viitorul jugaron internacionales rumanos como Dan Petrescu (recordado por su paso por el Chelsea inglés), Dorinel Munteanu (hizo carrera en el Colonia o el Wolfsburg) y, sobre todo, Víctor Piturca. Este último fue campéon de Europa con el Steaua y fue la gran estrella del Scornicesti entre 1979 y 1983.

“Llegó en mitad de la temporada de 1979”, recuerda Aurel Mincu. “Nos acabábamos de despertar y allí estaba él (Piturca), en la habitación con nosotros poco antes de un partido ante el Arges Pitesti (equipo que fue el primer rival del Celta en competición europea desde 1971). 'Él es Piturca y viene del Pandurii Targu Jiu, nos dijeron los dirigentes. Ganamos el partido 1-0. Cuando llegó Pite (diminutivo de Piturca) el fútbol se convirtió en el deporte de la ciudad. Antes jugábamos bien, pero ahora, con él, era una locura”, añade Mincu.

El defensa rumano recuerda una anécdota que muestra cómo eran las cosas en el fútbol rumano antes de 1989. “Nunca olvidaré aquel día de verano de 1982 ante el Jiu. Era junio, a final del campeonato, y había poca gente porque era un momento de trabajo en el campo. En el estadio solo había unas 100 personas  Estaban todos a la sombra, alejados del sol que pegaba fuerte. Pero cuando salimos en la segunda parte vimos que la tribuna de sol se había llenado de gente. Yo pregunté: ¿Pero qué pasó aquí? Y me dijeron que Nicolae Ceaucescu estaba en Bucarest e informó de que quería ver por televisión al equipo de su ciudad, con lo que los de la televisión llegaron en el descanso y vieron que quedaba muy mal ver la grada vacía, por lo que los dirigentes de nuestro equipo cambiaron a la gente a la parte del sol, donde grababan las cámaras y llamaron a nuevos aficionados para que no pareciera que el campo estaba vacío”. Aquella 1981-82 fue el mejor curso del Viitorul, alcanzando el cuarto puesto.

Dijeron que Ceaucescu quería ver al equipo de su ciudad por la televisión y llenaron la grada a propósito para que el estadio no pareciese vacío

“Se dijo que nosotros éramos una especie de satélite del Steaua. Tras la presidencia de Dumitru Dragomir ('Don Corleone') nuestra suerte fue Marin Barbulescu (el cuñado de Ceaucescu). Manejó el estadio y el club. ¡Qué equipo teníamos entonces! Todavía sueño con el juego de Ilie Dumitrescu, los ataques de Dan Petrescu por la derecha o los brillantes goles de Piturca. ¡Qué tiempos!”, rememora el seguidor Florin Popa.

Junto a las buenas plantillas y las ayudas desde la Federación y las altas instancias, el Scornicesti recibió en bandeja un estadio nuevo. Las autoridades aprobaron la construcción de una nueva instalación con capacidad para cerca de 20.000 aficionados para una población de poco más de 10.000 habitantes. Las obras comenzaron en 1985 y se inauguró en 1988 con un triunfo por 6-2 ante el Universidad de Craiova.

Ion Preda, gerente del estadio desde su inicio, defiende que Ceaucescu “ni siquiera sabía que el estadio iba a ser tan grande”. “Ceaucescu pasó en 1987 para supervisar las obras en helicóptero junto a Todor Zhivkov (Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de Bulgaria). Tapamos todo el estadio con madera contrachapada para que no lo pudiera ver desde el aire y, cuando lo inauguró un año después, no nos pudo decir nada sobre su tamaño”, revela Preda.

El tamaño del césped era enorme. Tenía unas medidas de 120 de largo por 90 de ancho, mientras, por ejemplo, el del Barcelona tiene 105 por 68. El portero del Scornicesti por aquella época, Ion Anghel, recuerda que “pocos días más tarde de la inauguración llegó Cornel Dragusin (dirigente de la Federación Rumana) y nos dijo que estábamos locos, que no podíamos tener un campo de más de 100 metros por 70”.

Este nuevo estadio solo pudo ver la gloria del Scornicesti un año. En diciembre de 1989 los Ceaucescu  fueron fusilados y la Federación Rumana de Fútbol expulsó a mitad de la temporada 1989-90 al Victoria de Bucarest y al Scornicesti por el trato de favor durante la época comunista.

El Viitorul Scornicesti dejó de existir oficialmente en 1990 y fue refundado como FC Olt. Actualmente milita en la Cuarta División regional rumana, donde vagabundea por la zona media. Comparte espacio con otros históricos como el Steaua original con el nombre y el escudo tradicionales por mandato judicial (el equipo campeón de Europa fue refundado por el ejército tras desavenencias con el dueño del club, George Becali, que fundó asimismo el FCSB pero que no es el Steaua de siempre), o el Rapid de Bucarest. Incluso los dos jugaron hace poco un derbi en el Estadio Nacional de Rumanía ante 30.000 aficionados en un partido de Cuarta División.

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El estadio de Scornicesti, otrora joya de la corona, es una ruina, con el césped quemado, escombros y telarañas por doquier y una empresa textil que ocupa los bajos de la instalación mientras el ayuntamiento trata de colocar el resto de espacios por medio de alquileres a bajo precio.

“Ceaucescu era para nosotros como un Dios”, recuerda Ion Florian, un viejo aficionado de 59 años que mira a un pasado que no volverá jamás, para la suerte de la población pero no para el Viitorul, cuyos días de gloria se quedarán para siempre en la mazmorra de la memoria.

Amaños y dictadura, la década de oro del Viitorul Scornicesti
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