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Yo pité el himno

La libertad de expresión hay que defenderla sobre todo cuando no estás de acuerdo con quienes la ejercen

No se me oye, pero estoy pitando. KIKO HUESCA (EFE)
No se me oye, pero estoy pitando. KIKO HUESCA (EFE)

ME SORPRENDO a mí mismo delante de la tele pitando el himno de España antes del inicio de la final de la Copa del Rey. Los otros me miran raro, con esa mirada que se sitúa entre un condescendiente "pobre chaval, cada día está peor" y un escueto "este es gilipollas". No me extraña, porque hasta hace nada a mí el himno me importaba un pimiento, igual que la propia final más allá del entretenimiento de ver un partido de fútbol.

Me debe de estar pasando lo mismo que al país, que estoy perdiendo el norte, la mesura y hasta el sentido común. Pero es que ha sido oír esta semana al presidente de la Liga, el inefable Javier Tebas, pidiendo que se cambie la ley para que se pueda suspender el partido si hay pitidos, y al inclasificable Juan Ignacio Zoido, inexplicablemente ministro de Interior, definiendo las pitadas como violencia, y entrarme unas ganas de chiflar que no se me aguantan.

Creo recordar que hasta no hace mucho vivíamos en un país en el que todos podíamos expresar nuestras opiniones disfrutando de una libertad compartida que nos había permitido completar sin mayores problemas varias décadas de evolución democrática, que nos había permitido debatir e incluso llegar a acuerdos. Que nos había permitido tomarnos en serio o reírnos de nosotros mismos según cuadradara, sin que cualquier comentario fuese considerado como ofensa, odio o violencia y se te echara encima la Fiscalía para acusarte de un delito cualquiera, aleatoriamente.

Creía que vivíamos en un país en el que alguien como yo podía estar orgulloso de ser español y, a la vez, no sentirse identificado con una marcha militar con las connotaciones de esta, o estar satisfecho a ratos con la democracia que nos hemos currado a empujones y, a la vez, no tragar con la monarquía parlamentaria como forma de Estado.

Pero resulta que no, que de un tiempo a esta parte pitar un himno me convierte en un peligroso independentista cercano a la sedición que puede ser enviado a prisión en cualquier descuido. Y resulta que un comentario en una red social del tipo "Borbones a los tiburones" te señala como un peligroso terrorista que quiere acabar con todo orden constituido, como le acaba de pasar esta misma semana al joven canario Roberto Mesa: trece agentes de Policía se presentaron en su casa a las siete y media de la mañana y, entre empujones y gritos, se lo llevaron detenido; pasó más de 24 horas en los calabozos, antes de ser puesto a disposición judicial. El juez lo dejó libre tras tomarle declaración, pero sigue imputado por un delito de incitación al odio.

Me pasa lo mismo que al país, que estoy perdiendo el norte, la mesura y hasta el sentido común

Yo, como seguramente tampoco Roberto Mesa, no odio a los Borbones. No creo que ni merezcan ese esfuerzo por mi parte, porque odiar es su sentimiento muy exigente que provoca mucho cansancio y desgaste. Ni quiero, como seguramente tampoco Roberto Mesa, verlos convertidos en comida de tiburones. Me basta, como seguramente también a Roberto Mesa, con no verlos reproducirse de manera permanente e inexorable en la Jefatura del Estado. Precisamente porque me importa mucho ese Estado, y quiero lo mejor para él, que es lo mejor para mí. Y creo firmemente que tengo derecho a defender esta idea, igual que otros tienen todo el derecho a defender la contraria.

De eso va la cosa en democracia, de que la libertad de pensamiento, opinión y expresión hay que defenderla sobre todo cuando no estás de acuerdo con quienes la ejercen. Con algunas matizaciones, sí, pero muy pocas y muy medidas, porque en según qué cosas es mejor pasarse por el lado de la tolerancia que del lado de la represión.

Hasta no hace mucho creía que vivía en un país en el que uno podía cagarse en Dios, en Alá, en Yavé o en el Monstruo de Espagueti Volador sin que un juzgado te citase como imputado, como le ha pasado al por otra parte insufrible Willy Toledo. Cagarse en lo más sagrado es, si me apuran, una tradición tan arraigada en nuestro pueblo como la misma religión católica. Y lo creía porque defiendo mi derecho a no creer en ningún dios sin que nadie tenga que darse por ofendido, como defiendo el derecho de cualquiera a adorar a quien la dé la gana con tal de que no trate de imponerme sus creencias.

Tengo la sensación de que últimamente una parte de este bendito país, y significadamente la parte que ocupa el poder, tiene una necesidad patológica de violencia, terrorismo y odio para justificar sus propios excesos ideológicos y sus barbaridades en la gestión. Tanta necesidad que es capaz de provocar ese odio y esa violencia e incluso de inventarlos con tal de tener un pretexto. Supongo que  lo suyo también es cuestión de tradición, que en el país que ellos añoran amenazar, detener y encarcelar es la mejor manera de hacerse querer y respetar.

Yo, la verdad, confiaba mucho más en el otro país, en ese que todavía valoraba algunas libertades como irrenunciables porque todavía recordaba cuánto había costado conseguirlas. 

Por todo esto pité el himno, y sobre todo porque estoy orgulloso de ser español. O hasta hace muy poco lo estaba.

Yo pité el himno
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