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Urnas desenfocadas

El voto no es algo que se pueda dar por supuesto, es lo que convierte a los súbditos y a los siervos en ciudada

HOY VAMOS A CIEGAS, como si de aquel zurdazo a contrapié nos hubieran volado a todos las gafas y estuviéramos medio sonados. Vamos a votar borroso, al bulto, a ver si acertamos.

A mí tanto me da, estoy acostumbrado a sobrevivir desenfocado. Y más ante las urnas, donde no recuerdo haber acertado nunca. Ha habido elecciones que ni grupo propio me ha tocado, ni el reintrego. Así que hoy, lejos de la indecisión y la tensión compartida, voy hasta confiado, contento con la desorientación general.

Por faltarnos, nos falta hasta la mínima cobertura de las encuestas. Bien es cierto que los expertos en demoscopia no han acertado en ninguno de los procesos electorales celebrados en los últimos ocho años en el país, fueran locales, autonómicos, generales o europeos, pero hasta ahora les seguíamos teniendo cierta fe, un clavo ardiendo en el que apoyar nuestra decisión si fuera necesario. Ya no. Sin recuerdo de voto ni antecedentes a los que acudir, con votantes tapando su vergüenzas entre la marea de indecisos y con movimientos que nacen, se reproducen y mueren a ritmo de parrilla televisiva, ni las cocinas han conseguido hacer de los sondeos un alimento saludable. Son solo otra arma en la batalla partidista, ni siquiera la más eficaz.

Tampoco es que la campaña haya sido de gran provecho, aunque habrá cosas que ya nunca serán igual: hemos inaugurado la era espectáculo, nada anormal en una sociedad ya acostumbrada a ignorar todo lo que no sea show. Un paso lógico que, por un lado, hará más llevaderas unas campañas que se habían convertido en un aburrido suplicio para el ciudadano, pero que, por otra parte, reduce el debate político real a un intercambio de eslóganes simplistas y propuestas de artificio, sin posibilidad de profundizar en unos programas que han pasado de ser un contrato con el votante a un engorro para los candidatos.

Unos candidatos, por cierto, que no hemos podido ver en Lugo. Ni uno de los cinco principales aspirantes a la presidencia del Gobierno ha considerado prudente acercarse por la provincia, aunque solo fuera una paradita de camino a cualquier otro sitio con votantes más apetitosos, un descanso breve para soltar tres frases hechas, comer algo, echar una meada, hacerse un par de selfies y seguir ruta. Ni siquiera en un área de servicio de la autopista, con la tradición que tienen por aquí como centros de la acción política.

No es que fuéramos a ganar gran cosa con su presencia, pero al menos serviría para romper la monotonía, cambiar de caras. Y, qué leches, para sentirnos un poquito más queridos, aunque sea mentira, para creernos alguien durante un ratito, como si de verdad fuéramos ciudadanos como los de los otros lugares que sí importan, donde los partidos no dan los resultados por supuestos.

De eso va todo esto, sobre todo lo de hoy. De no dar nada por supuesto. Y menos que nada, nuestro propio voto. No podemos darlo por supuesto porque no siempre lo hemos tenido y porque es lo que transforma a los súbditos en ciudadanos, lo único que nos diferencia de los siervos.

No puedo, por eso, comprender a las personas, muchas, que se dicen «apolíticas», que presumen de no ir a votar no como una toma de posición, acertada o no, contra el sistema, sino como si se tratara de un escudo que les protegiera y eximiese de cualquier cosa que pueda pasar, sea para bien o para mal. Es posible, y puede que hasta saludable, ser apartidista, pero quien se define como apolítico solo puede estar tapando con un razonamiento casi infantil una carencia total de reflexión, una vagancia intelectual descalificante y una irresponsabilidad inhabilitante. El derecho al voto es algo tan serio que debería ser además una obligación.

Las personas no podemos ser otra cosa que políticas en tanto que personas. Desde el mismo momento en que somos capaces de pensar en un futuro mejor para nosotros mismos, en que deseamos una educación para nuestros hijos, en que necesitamos un médico o en que aspiramos aunque solo sea a acumular riquezas o a agotar nuestra vida en una fiesta perpetua, necesitamos de un sistema político que cumpla con nuestras expectativas, o al menos que se aproxime lo máximo posible.

No conocemos una forma mejor de gobernarnos que esta, y los políticos, sean del color que sean, no va a dejar de tomar decisiones que nos afectarán personalmente cada día, por muy apolíticos que nos declaremos o por muy al margen que queramos estar. Esto es algo tan evidente que tampoco tendría que repetirse, pero no me da la gana darlo por supuesto. Por si acaso, justo hoy, lo lee quien debe.

Pasa, además, que las elecciones de hoy pueden determinar no solo los próximos cuatro años, sino las próximas décadas. Los representantes que hoy se eligen tendrán entre sus deberes afrontar algunas de las reformas estructurales e institucionales más trascendentes que han hecho desde hace casi cuarenta años, y las harán tanto si vamos a votar como si no, con la misma legitimidad.

Sucede, por si no fuera bastante, que la incertidumbre de los resultados nos sitúa ante los que son probablemente los comicios más abiertos desde el 78, en los que casi cualquier cosa puede suceder. Unas elecciones en las que, salvo enorme sorpresa, nada estará sentenciado hasta que se contabilice el último voto de la última mesa del último barrio de este país. El voto decisivo, el que lo puede cambiar todo. Justo el tuyo.

Artículo publicado en la edición impresa de El Progreso del martes 22 de diciembre de 2015.

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