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Un nido de benefactores

EL SARAO CORRÍA a cargo de la asociación Somos, Unidos por el Cáncer, otro grupo de colgados que se empeña en moldear la realidad a su antojo en lugar de resignarse a ella, que es lo que haría cualquier persona sensata, en especial si es presidente de un país. Estos no, estos se empeñaron en liarla, y la liaron. Gorda.

La coartada era consistente, la lucha contra el cáncer infantil, y la gente, porque hay gente para todo, así lo entendió: al día siguiente de sacar a la venta las entradas para la gala, ya no quedaban. Sin invitaciones ni reservas ni autoridades ni VIPs por la patilla, todos por taquilla. Llenaron ayer el Círculo porque no había más espacio. Las rifas para el sorteo de regalos se agotaron mucho antes que la disposición de los asistentes a comprarlas. Si en ese momento se hubieran puesto a vender trozos de folios con numeritos a boli, probablemente el resultado hubiera sido el mismo.

La cosa había comenzado muchas semanas antes. Decenas de personas sacando tiempo y dinero de donde no lo tenían para poner todo en marcha. Más de treinta establecimientos, empresas, instituciones y clubes colaborando por la cara. Un trabajo del copón bendito sin más compensación que la satisfacción propia y una recaudación final de cinco mil euros.

Irán a parar íntegros a un centro de investigación sobre la leucemia, el cáncer que más se ensaña con los niños. Cinco mil euros pueden no parecer gran cosa, pero este centro se nutre en su mayor parte de este tipo de donaciones de particulares, cada uno según sus posibilidades, la mayoría de ellas modestas, y funciona.

La asociación Somos se empeñó en recaudar dinero contra el cáncer infantil, cuando podía haberlo donado a Montoro.

Cinco mil euros, calculo a ojo, es más o menos lo que cuesta la cartera oficial en la que lleva sus papeles el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, figura destacada de esa otra asociación sin ánimo de lucro que es el Partido Popular. Que es cualquier partido político, en este caso el Popular. Un nido de benefactores.

El PP se ha convertido, de hecho, en la única ONG de cierta utilidad en este país, gracias precisamente a las donaciones de decenas de particulares, igualmente sin ánimo de lucro, y a la modesta asignación del Estado, que cubre con dinero público más del 90% de su multimillonario presupuesto anual.

Es normal, no veo reproche. Ni entiendo el enfado por que Montoro y sus sicarios -perdón, quise decir asesores, no sé en qué estaría yo pensando- justifiquen su fraude a Hacienda asimilando su función con la de Cáritas, Cruz Roja o cualquiera de las decenas de asociaciones similares a Unidos por el Cáncer que cada día luchan por moldear nuestra realidad.

El PP tiene un drama en cada sede, todo muy dantesco

El PP, al igual que Cáritas o Cruz Roja, tiene que atender las necesidades de un montón de gente en problemas, decenas de personas que tienen cuentas con las Justicia o que acaban de salir de prisión y que se chocan con el rechazo social y la más injusta de las incomprensiones. Tiene que ayudar a pagar fianzas que no se arreglan con las modestas cifras de cualquier delincuente habitual del tres al cuarto que acude a las sedes de Cáritas a por ropa usada, pagar abogados defensores que nunca oyeron hablar del turno de oficio. Personas en situaciones muy críticas que no arreglan la semana de sus hijos con un kilo de lentejas, un litro de leche y un paquete de galletas, porque la semana en Baqueira Beret sale por un pico. Tipos al borde de tener que vender el barco porque los amarres se han puesto por las nubes. Y un montón de sedes que financiar y que reformar, y en cada sede un drama, todo muy dantesco.

Afortunadamente, ellos tienen a Montoro, un padre. Más aún, un padrino. El hombre con el sentido más patrimonialista del poder que se ha sentado en un Consejo de Ministros desde hace mucho tiempo, y eso que es mucho decir. El sujeto que convirtió sin el más mínimo pudor la mentira piadosa de «Hacienda somos todos» en la verdad incontestable de «Hacienda soy yo».

Pensaba en él, y en los miles de voluntarios y de socios de Cáritas, de Cruz Roja y de otras muchas, mientras miraba ayer a esos lucenses que llenaron el Círculo, con sus simbólicos pañuelos amarillos anudados al cuello, mientras veía desfilar a los niños, mientras los miembros de la organización iban y venían. Y solo se me ocurría una manera de meter Montoro y cáncer en la misma frase: un bicho como sujeto y el otro, como objeto directo.

Un nido de benefactores
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