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Toneladas de visitantes

EN EL CONCELLO DE LUGO se despertaron el martes con un clavo en cada sien, la lengua acartonada, los labios fundidos con las encías y un tembleque en las manos que no daba ni para firmar un triste edicto: "Diecinueve toneladas de basura y 570.000 visitantes, ¡menudo San Froilán que ha tenido que ser!", se diría la concejala de saraos, camino triunfal de la rueda de prensa. Como aquellas mañanas de domingo entradas en tardes, cuando te despertabas con un resacón incapacitante y te consolabas: "¡Vaya borrachera, lástima que no me acuerde, porque anoche lo tuve que pasar en grande!".

Y a lo mejor hasta es verdad, y aquella noche fue justo la que no te comportaste a la manera lamentable de cualquier otro borracho y este San Froilán ha sido la madre de todos los Sanfroilanes, pero supongo que habrá otros modos de medir menos hirientes, menos dañinos para todos. Porque yo no sé si diecinueve toneladas de basura en botellones son récord autonómico o diploma olímpico, pero lo que sí sé es que 570.000 personas dan para tres o cuatro campos de refugiados sirios en Turquía. Eso no serían unas fiestas patronales, sería un movimiento migratorio como no se ha visto en Europa desde la hambruna irlandesa de la patata.

La fila de coches que se formaría ocuparía 676 kilómetros. Esto nos pone mirando a Cuenca, literalmente

Cuando estas son las cifras oficiales, hablar de matemáticas podría parecer inútil, pero se puede hacer el esfuerzo. Para que 570.000 personas hubieran llegado a Lugo en el San Froilán serían necesarios, por ejemplo, 9.500 autobuses de 60 plazas cada uno. Cada bus mide aproximadamente 14 metros; si dejamos, qué menos, dos metros de distancia entre vehículo y vehículo, puestos en línea cubrirían 152 kilómetros, poco más o menos la distancia entre Lugo y Gijón. Lo habitual en este tipo de operaciones suele ser calcularlo en campos de fútbol, que por algún motivo que se me escapa ha quedado fijado como unidad de medida de comprensión universal: para aparcar esos autobuses sería necesarios unos 71 campos de fútbol, de los de Champions.

Total, todos estos cálculos para nada, porque en la misma rueda de prensa los responsables municipales nos informan de que Arriva y Alsa, las dos principales empresas de transporte de viajeros que llegan a la ciudad, ha traído a Lugo en esas fechas cinco mil y mil personas, respectivamente. Así que en autobús no ha sido.

No tengo ni idea ni ganas de tenerla de cuántos coches caben en un campo de fútbol, pero para meter a todos esos visitantes que no vinieron al San Froilán en bus serían necesarios 112.800 coches, contando con que todos ellos fueran llenos con cinco personas. Si miden una media de cuatro metros y se deja otro par de metros de distancia entre uno y otro, la fila que se formaría ocuparía 676 kilómetros. Esto nos pone mirando a Cuenca, literalmente. Aunque se hubieran repartido entre los diez días de fiesta, la ciudad habría recibido 11.280 coches diarios y el colapso habría adquirido tales dimensiones que de lo último que estaríamos hablando es de los festejos.

Habrá que pensar, entonces, en la participación de otros medios de transporte. Como el tren, por ejemplo, que siempre se destacó como un buen método para mover masas. La cosa es que las líneas de pasajeros de Renfe tienen la misma frecuencia de paso por Lugo que los transbordadores de la Nasa, así que ni usando sus convoyes de mercancías conseguiríamos traer 570.000 personas a la ciudad en menos de seis o siete meses.

Quedan, por muy buena voluntad que se quiera poner, muy pocas opciones. Algo podría ayudar Abelleira haciendo viajes con su avioneta a Rozas, pero poco. Tal vez allá, además de drones secretos los militares estén probando también la típica cabina de teletransportación. Habría que ver en cuanto está ahora el tiempo medio de teletransportación de personas, pero digo yo que entre que entras, eres separado en partículas, estás enviadas a Lugo -con la consabida limitación de la velocidad de la luz-, te recompones, te aseas y sales, te pones en un minuto en cualquier máquina teletransportadora estandar. Eso hace 9.500 horas para traer hasta Rozas a 570.000 visitantes, 395 días sin descanso, con lo que la mayoría ya ni llega a los conciertos.

García Juanes podría cruzar España de punta a punta saltando de cabeza en cabeza de visitante del San Froilán

Quizás no haya que complicarse tanto, porque no todo el mundo tiene un acceso fácil a tecnología militar del futuro, y podamos pensar que pudieron venir simplemente andando, aprovechando el tirón del Camiño Primitivo. Puesto todo ese gentío en fila, a la distancia suficiente como evitar el roce y sus malentendidos, García Juanes podría cruzar España de punta a punta saltando de cabeza en cabeza de visitante del San Froilán. También podría hacerlo cualquier ardilla común, pero en ese caso el animalillo necesitaría varias etapas y avituallamiento y apoyo externos.

No sé exactamente cuándo, ni por qué, ni con quién iniciamos esta deriva absurda de medir el éxito de unas fiestas a bulto, por montañas de basura y de personas, pero cada año va a más. En esta lógica terrible cada edición festiva necesita poner sobre la mesa unos miles más de visitantes para ser mejor que la anterior, como si ese se hubiera convertido en el objetivo único y la justificación de cualquier acierto o error organizativos. Como si los días de lluvia y sol, el tirón de las actuaciones contratadas, la coincidencia de puentes y festivos o la situación económica, por señalar solo unos pocos, no fueran factores capaces de marcar por sí solos unas fiestas. Si perdiéramos menos energías en estas cuentas sin cuento y las empleásemos en análisis más rigurosos de lo programado, quizás sí podríamos diseñar cada año un San Froilán mejor que el anterior. Venga quien venga.

Artículo publicado en la edición impresa de El Progreso del domingo 18 de octubre.

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