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Todos somos Breogán

CUANDO YO NACÍ tenía ya 23 años. Hasta entonces lo único que sabía de Lugo es que era el pueblo de mi hermano adoptivo Quique, que ni siquiera se llamaba Quique, sino Juan, y que allí jugaba el Breogán. Suficiente, no necesitaba más para decidirme a venir a Lugo, nunca he sido muy exigente con las razones que te da la vida, allá ella.

A los que nos gustaba algo el baloncesto cuando todavía ni se soñaba con medir los fracasos de nuestra selección en medallas de plata, el Breogán nos caía simpático, sin saber muy bien por qué. Supongo que sería por esa disposición natural que tenemos a solidarizarnos con el más que más difícil lo tiene, con el pequeño, con el que ha de compensar a base de esfuerzo e ilusión las carencias económicas para mantenerse a flote entre tiburones, como una anomalía necesaria para dar sentido a la normalidad, una improbabilidad convertida en costumbre.

Momentos como los que se están viviendo en el Pazo son tan imborrables que los olvidaremos hoy mismo por otros mejores

Pero ni el interés por el juego ni la información de los medios ni las posibilidades de acceso a la misma eran como ahora. Y yo, la verdad, tampoco me molestaba más por comprenderlo. Nos caía simpático, sin más, sin ir más allá ni tratar buscar más razones para esa anomalía.

Por eso cuando llegué no alcanzaba a comprender todavía qué significaba exactamente ese mantra de que Lugo era una ciudad de baloncesto. Y no me imaginaba hasta qué punto era cierto y no una mera expresión de los deseos de unos cuantos locos de este juego. Lo aprendí, sin embargo, rápido. No por un especial don para la comprensión, sino porque la ciudad se hacía entender a poco que se le escuchase.

En cualquier conversación, en cualquier bar, en cualquier situación, el Breogán acudía a la conversación de la manera más natural, como si ya estuviera allí, aunque la conversación ni siquiera fuera de baloncesto. Y siempre en primera persona, cada uno con sus recuerdos y sus anédoctas, como las copas que uno tomó un día con aquel negro tan golfo que arrasaba entre las mujeres de las noches lucenses, o el que habló con esa actriz cuando hizo de extra en la película que se rodó en el viejo pabellón, o el que arrastró la portería de fútbol sala en la que pescaron a aquellos dos árbitros, del descenso, o la mítica manifestación por aquel robo, la madre de todas las manifestaciones en Lugo y la medida de cualquier otra desde entonces.

Bell sostuvo a mi hijo el día del mate en la cara a Bodiroga

Yo me subí pronto al carro. No tiene mayor mérito, me lo puso fácil. Desde entonces he ido aprendiendo a querer al Breo, con ese querer mío tan inconstante, a días, más de pasiones que de sacrificios. Y he ido acumulando mis propias anécdotas, mis recuerdos, como aquella foto en la que Charlie Bell sostenía mi hijo la tarde que le hizo el mate en la cara a Bodiroga. O la noche del viernes contra el Ourense, sin ir más lejos, uno de esos momentos que pueden convertirse, como la manifestación aquella, en la medida de todas las noches que vengan. O que incluso puede olvidarse hoy mismo, superado por el momento que podemos vivir esta tarde.

Pocas veces se da una comunión semejante entre un equipo y su afición, su ciudad, como se ha visto en estas eliminatorias. Y menos en Lugo, una ciudad tan inconstante en sus amores como yo mismo, más ágil en el reproche que generosa en el halago, intermitente hasta cuando se quiere a sí misma.

Pero no es ahora momento para intermitencias, sino para disfrutarlo y seguir acumulando imágenes en la memoria, de esas que mejoran con el paso del tiempo, cada vez que las cuentas, porque se van vistiendo de adornos y mezclándose y enriqueciéndose con las imágenes que guardan los demás, y al final acaba por convertirse en irreal y perfecta, y ya no importa que en realidad no hubiera sucedido así, porque es así como será recordada y porque es así como forma su memoria colectiva una ciudad de baloncesto.

Hace falta que coincidan demasiadas cosas improbables, demasiados factores imprevisibles, para que esto suceda. Sumar el momento, el ánimo, el equipo, el público, el rival, la trayectoria, el partido... y que nada reste.

Quiero pensar, porque tengo motivos y porque me da la gana, que volverá a suceder esta tarde y que será todavía mejor de lo que recordábamos. Pero sé que pase lo pase habrá valido la pena, porque habrá servido para que esta ciudad sea un poquito mejor. Forza Breo.

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