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Suegros e hijos políticos

El problema con algunos políticos es más estético que ético:no se conforman con corromperse, sino que se emputecen


POR FIN EMPIEZO a ver algo de luz al final del negro túnel de mi futuro, una estación de llegada para unas esperanzas que parecían en permanente viaje en tren por Lugo, donde hasta las cercanías son de largo recorrido: tengo que dejar pasar a más gente por mi habitación, está claro. No por vicio, que ni de eso me va quedando, sino por tentar la suerte y ver si me cae un milloncejo de euros en billetes de 500, como a los suegros de Francisco Granados.

No me quiero ni imaginar el trajín de aquella habitación de matrimonio de los suegros de la Púnica, un constante pasar por pasar de gente, pasar para nada o con cualquier disculpa. Se quedarían muy descansados con la imputación de su hija y el encarcelamiento de su yerno, porque aquello debía de ser un sinvivir, o mejor un sin dormir, con el miedo a echarte una cabezada y que cuando te despertases tuvieras a los pies de la cama a un fontanero polaco, un montador de muebles de Ikea o a una excursión del Imserso viendo país de camino a Benidorm. "Por la habitación pasaba tal cantidad de gente", declaró el suegro ante el juez, "que el millón de euros lo pudo dejar cualquiera". Lo que son las cosas, lo mismo se podía haber encontrado con que le habían sembrado un huerto ecológico en el altillo del armario empotrado, pero resultó que le habían plantado 1.630 billetes de 500 euros, así, a mala baba, solo por malmeter.

No me quiero ni imaginar el trajín de aquella habitación de matrimonio de los suegros de la Púnica, un constante pasar gente


No se merece este hombre lo que le están haciendo pasar, con la habitación convertida en el after hours de la Rúa Castelao y la mesilla llena de fajos de billetes, y aún así cómo mantuvo el señorío ante el juez: "No pienso que mi yerno ni mi hija sean capaces de hacerme esa faena. No creo que tengan el mal gusto de meternos en un lío". Ahí le ha dado, esa es la clave, por eso este hombre merece un respeto: es en todo este embrollo el único que todavía mantiene claras sus prioridades. No reprocha al juez sus infundadas sospechas sobre el misterio del millón de euros, no engola la voz con la hipócrita dignidad de un "señoría, ni mi yerno ni mi hija serían capaces de robar siquiera un euro, pongo la mano en fuego por su honradez"; no, porque eso en determinados ambientes no es motivo de reproche, sino de costumbres, pero lo que sí resultaría imperdonable es "el mal gusto" de meter a la familia en un lío. Sobre todo a la familia política, claro.

Estoy de acuerdo. Lo que pasa en este país hace tiempo que dejó de tener que ver con ética para pasar a ser un terrible problema de estética. Vale que se lo han llevado sin medida, que nos han robado hasta la indignación y que lo han hecho además riéndose en nuestra cara, pero eso, de tan sabido, de tan repetido, ya es lo de menos. Lo peor es que lo han hecho sin clase, sin ningún estilo, lo han gastado muy mal, con mal gusto. Sin la más mínima concesión a la estética.

Seguro que al suegro de Granados le pasa igual, que no le da ninguna importancia a los treinta o cincuenta o noventa millones de dinero público que se le ha embolsado el yerno, pero no puede con la vergüenza de los sobornos en forma de cabezas de toro disecadas, "volquetes de putas" y niditos de amor para las amantes brasileñas.

No sé qué les pasa a algunos de nuestros políticos patrios, que en cuanto tocan presupuesto no solo se corrompen, sino que se emputecen. Y eso que el yerno de este suegro tan estético, al menos, le puso a la mujer una casa de mil metros cuadrados, con piscina interior y decoradora de postín, mientras que a la amante brasileña la instaló en un pequeño piso de La Castellana, a 3.000 el mes, chacha aparte. Ambas le salían por un pico, solo que lo del pisito para la querida es mucho más de familia tradicional, más Marca España y más de bodegón clásico que lo que hicieron otros que nos cogen más cerca, que ni el trabajo prometido les dieron, después de tanto trabajo hecho. Seguro que al final en puesto en la administración se lo llevó el sobrino de algún alcalde, con muchos menos méritos.

Es a lo que vamos, a la falta de respeto por las formas, que es lo último que se pierde en una democracia antes de la vergüenza. Hay ciertos límites que un chorizo de bien no puede cruzar, porque si no se pierde hasta el respeto. No ya por lo público, que se da por supuesto y tampoco escandaliza, sino por el público en general. Un país que se ha formado entre hidalgos con más donaire que reales tiene que demostrar más amor propio.

Lo peor es que nos han robado sin clase, sin ningún estilo, lo han gastado con muy mal gusto. Sin concesión a la estética



Un maletín lleno de billetes de 500 con dos candados y escondido el fondo del armario de la habitación de tus suegros es como para deshonrar a cualquiera. No tiene entresijos, ni poesía, ni circunstancias, es todo sujeto, se agota en sí mismo. Y resulta injustificable. Para tener un millón así, durmiendo en la intimidad de otros, mejor metérselo en cocaína, como hizo aquel de los Eres andaluces. Al menos, solo se estropea él.

Vive el país un momento de renovación que no debe dejar pasar para poner límites a estos despropósitos. En esos pactos de gobierno que ahora se redactan a varias manos deberían incluir no solo la obligación de dimitir cuando haya sospecha o constatación de trinque, sino contemplar como agravante inexcusable la vulgaridad a la hora de gastar lo robado. Y si no saben, que nos dejen a otros, que de estilo vamos sobrados. Pero lo que no nos podemos volver a permitir de ningún modo es otro suegro de bien abochornado por el mal gusto de su hijo político. El millón es lo de menos, al fin y al cabo pasaba tanta gente por aquella habitación que quién sabe.

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