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Solo

La soledad, cuando no es elegida, mata: a veces se llama amargura y a veces infarto, pero es soledad

Esperando.
Esperando.

LA POLICÍA VINO hace un par de semanas a mi edificio. La llamamos porque Fina avisó de que llevaba varios días sin ver a la vecina de abajo y nadie respondía al timbre ni a las llamadas. No eran muchos días, quizás tres o cuatro, pero sí lo suficiente como para alarmar a Fina, que como vive sola y como ella es así suele prestar más atención a estas cosas.

La vecina de abajo, aún mayor que Fina, también vive sola, como Reme, la del segundo, y como antes vivía la difunta Pilar, que ocupaba el piso en el que ahora vive la vecina por la que avisamos a la Policía. Los agentes lograron entrar por la terraza desde el piso de al lado y, para tranquilidad de todos, encontraron a la mujer peor de lo que a ella le gustaría pero mucho mejor de lo que los de fuera sospechábamos: llevaba unos días con un trancazo
importante, medicándose, sin salir prácticamente de la cama y sin ganas de contestar a nadie.

A mí me gustaría pensar que de aquí a unos cuantos años, si llego y si me toca llegar solo, habrá en el edificio alguna Fina que me eche de menos si me amustio, aunque solo sea por no dejar el descansillo apestando o porque mis gatos, mis perros, mis canarios o lo que sea que entonces tenga como mascota no tengan que acabar alimentándose de mí.

Morir da miedo, al menos a mí que todavía le encuentro algo de gracia a lo de vivir, pero me da mucho más miedo morir solo. Sobre todo por lo que viene antes, que es vivir solo. No solo de cualquier manera, solo a ratos, solo entre visita y visita, solo entre conversación y conversación, sino absolutamente solo.

Pasa mucho, pasa constantemente, pasa mucho más de lo que tenía que pasar. En la edición de este domingo de este este periódico, se contaba cómo la Policía ha encontrado en su piso de la calle Miguel de Cervantes de Lugo el cadáver momificado de una septuagenaria. Para que estuviera en ese estado, han tenido que pasar necesariamente varios meses desde su fallecimiento. Su coche bajo varias capas de polvo sin moverse del garaje, las cartas acumulándose en un buzón en el que ya no cabían más sin que nadie la echase especialmente de menos, y así un día tras otro hasta completar semanas primero y luego meses, mientras su cuerpo muerto se iba momificando sin llegar siquiera a oler, como para no molestar.

No es nada extraordinario, la noticia se repite cada poco tiempo. Solo cambian los lugares y los nombres, se repiten las circunstancias sin que reaccionemos más allá del pequeño empujoncito de pena en el momento, pero sin llegar a conmovernos de verdad, como si prefiriésemos ignorar el problema antes que enfrentarnos al miedo de que mañana puede ser cualquiera de nosotros, depende de como te vaya viniendo la vida.

Pasa mucho, en todos los sitios y cada vez va a pasar más. El Gobierno del Reino Unido ha anunciado hace poco la creación de un Ministerio de la Soledad. Sus datos señalan que el 13,7% de su población (nueve millones de personas) sufren este problema en ese país. La mayor parte, jubilados y ancianos, pero también de otros segmentos de edades en principio menos propensos.

Y los datos también señalan que la soledad mata, que cada vez más se está convirtiendo en una causa y no en una circunstancia. Está avanzando hasta reclamar una de esas etiquetas de problema de salud pública, una pandemia que los expertos ya no solo asocian con la infelicidad, la salud mental o la demencia, sino que describen como un factor de riesgo para enfermedades cardiovasculares o para la hipertensión.

Leo un estudio que asegura que la soledad, entendida como ausencia no solo de acompañamiento familiar sino también de relaciones sociales, es un factor de riesgo similar a fumar quince cigarrillos al día o a estar obeso.

Encontraron a la mujer peor de lo que a ella le gustaría pero mucho mejor de lo que sospechábamos

De esto saben bastante los trabajadores de los servicios sociales. De personas que llaman a los teléfonos de emergencias por hablar un rato con alguien, por escuchar una voz humana al otro lado del teléfono; de ancianos cuyo horizonte es esperar la visita semanal del trabajador que el sistema les ha asignado para que les ayude a hacer las tareas del hogar porque se ha convertido en su único contacto con el mundo exterior; de personas que se han resignado a que la visita al médico o llevar la cartilla a actualizar al banco sea lo más cercano a una caricia.

En Galicia, por ejemplo, 122.000 personas mayores de 65 años viven solas; casi un tercio de ellas superan los 80 años, en muchas ocasiones en viviendas aisladas y entornos cada vez más despoblados. No me parece nada descabellado eso del Ministerio de la Soledad, o cualquier otra forma que se le quiera dar, en cosas mucho más innecesarias nos gastamos los dineros. El ser humano no ha nacido para estar solo, hasta morirse es más saludable en compañía.

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