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Rita, la ternura

HAY QUE tener muy mala virgen para hacerle pasar a Rita Barberá por este mal trago. Si algo de crédito le quedaba al Partido Popular, lo ha perdido dejando tirada a esta pobre mujer en el Senado, como quien deja a la abuela enferma en una silla de ruedas en una gasolinera para irse de vacaciones a Benidorm. A ella, que los crió a todos de sus pechos, como quien dice.

Porque eso es Rita, La Mamma del clan, el principio de todo, el útero popular. Ella ya estaba allí cuando hubo que levantar la casa común de la nada, de las ruinas del franquismo. Fue ella la que fundó el germen del negocio familiar, la que estuvo días y noches tras el mostrador de aquella Alianza Popular de 1976 que vendía derecha de la buena. Fue gracias a personas como ella que aquel pequeño negocio se expandió, se diversificó, absorbió a otros competidores y pudo convertirse en el monopolio político-comercial que es ahora y que ha permitido vivir con holgura a todos los suyos.

Ella ha sido hasta ahora la mujer y la política a la que quería parecerse Soraya Saenz de Santamaría, la referencia y el ejemplo para Aznar o Camps o Fabra o Aguirre, la personificación de lealtad para un Rajoy que la llamaba "amiga" antes de proclamar, pleno de amor fraternal, "Rita, eres la mejor".

Es La Mamma, el principio de todo, el útero popular. Ella ya estaba allí cuando hubo que levantar la casa común de las ruinas del franquismo

Y es verdad. Con el sudor y trabajo de sus 32 años de diputada en las Cortes autonómicas y sus 24 años como alcaldesa plenipotenciaria de Valencia, ha puesto las bases del modelo de hacer política que el PP ha exportado luego con gran éxito por todo el país. No hay sarao, obra, investigación, sumario ni juicio reciente en el que Valencia no sea referencia. Solo la Andalucía de los Eres y la Catalunya del clan Puyol han resistido la comparación, pero porque ellos también tenían un producto muy sólido y un mercado muy consolidado.

Rita era ya desde hace tiempo mucho más que Rita, era un símbolo. Ella era La Mamma, y Valencia, su Valencia, la casa familiar en la que el clan se reunía cada vez que tenían un problema que resolver o un negocio que celebrar. El lugar al que siempre volver porque todos en el PP sabían que allí estaba la mujer refugio, la que mantenía la casa caliente y las camas siempre hechas con sábanas bien planchadas para cumplimentar a cualquier visita inesperada, siempre dispuesta a cocinar una paellla con sabor a abuela de las de chuparte la infancia, un regazo en el que reconfortarse de cualquier mal, fuera de amores, de traiciones, de elecciones o del Código Penal.Ç

De allí Rajoy, y antes Fraga y Aznar y hasta el Hernández Mancha aquel, que era un cuñado advenedizo que no le caía bien a nadie de la familia pero que había que aguantar, salían aliviados por el abrazo caluroso de Rita y con un billete dobladito en cuatro en el bolsillo, entregado sin testigos en la cocina. "Toma, para tus gastos, pero que no se enteren tus padres que te lo he dado". Ni el fiscal, claro.

Y ahora hay que verlos, desagradecidos. Vaya espectáculo que estamos dando, qué dirán los vecinos, pensará La Mamma. De repente, el PP se ha convertido en una recua de sobrinos ingratos, como esos que después de haber chupado de la generosidad y la comprensión casi maternal de la tía solterona, sin haber tenido nunca ni un detalle desinteresado con ella, huelen la flaqueza y la debilidad y regresan atropellados dispuestos a incapacitarla para repartirse en vida las cuberterías, el ajuar, las perlas y los muebles. No pueden esperar, les consume la avaricia del pacto, la impaciencia del poder.

Me pregunto qué mensaje está transmitiendo el partido a sus afiliados, a sus cargos, a sus recaudadores, a sus porteadores... a sus creyentes

Con este comportamiento de niños malcriados, de falta de respeto a los mayores, el PP se exhibe en descomposición. El gran clan familiar no solo está malversando su historia, sino manchando su imagen de marca, aquella que tanto les costó a Rita y a otros levantar: nunca se deja tirado a alguien de la familia que se haya mantenido fiel al código de silencio, a la omertá.

Esa ha sido una de sus grandes fortalezas durante todas estás décadas de expansión, poder y cuentas de beneficios, el "Luis, sé fuerte" como código de conducta. Todo aquel que, hubiera hecho lo hubiera hecho, se comiera el marrón solito y con los discos duros bien borrados, se sacrificase por el grupo, podía contar con que nunca le iban a abandonar a su suerte, con que aunque él tuviera que pasar una temporada a la sombra del escándalo y la vergüenza, nunca le iba faltar una mano amiga, un puestecillo en aquella embajada o en el Banco Mundial, una asesoría en el ministerio, un hijo en el consejo de administración de una empresa semipública. Tal vez solo los Marines estadounidenses, la mafia y el PP han aplicado con semejante rigor y disciplina el lema de que nadie queda atrás. Lealtad, semper fidelis.

Me pregunto qué mensaje están transmitiendo ahora los responsables del partido a sus afiliados, a sus cargos, a sus recaudadores, a sus porteadores, a sus jóvenes promesas, a sus clásicos... a sus creyentes. Si han podido hacer algo así con Rita, con nuestra madre, con nuestra referencia, qué no serán capaces de hacer con cada uno de nosotros si han de escoger entre su culo y nuestro negocio. Y claro, eso da que pensar y no me extrañaría que los discos duros estuvieran echando humo y los dosieres multiplicándose como ratas por si hay que cubrirse las espaldas.

Mientras, Rita llora abandonada a su suerte en el Senado, expulsada de su casa, de la que ella levantó con sus manos. Seguro que algo muy profundo se ha tenido que romper en el corazón de La Mamma, en el corazón del PP, cuando ha escuchado a Rajoy negarla con un cobarde "no tengo autoridad sobre ella", probablemente la única verdad que hemos escuchado en esta traición.

Rita, la ternura
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