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Rick y Luis

Solo la realidad puede crear una escena así: Costa y Bárcenas hablando de lo feo que está financiar al partido en B

Ricardo Costa, durante el juicio.FERNANDO ALVARADO (Efe)
Ricardo Costa, durante el juicio.FERNANDO ALVARADO (Efe)

CUESTA IMAGINAR la escena. Ricardo Costa, un pura sangre del PP, un pijo de cuna criado a los pechos generosos del expoliador Carlos Fabra y educado en la impunidad por quienes llevan décadas disfrutando de su derecho de pernada sobre el país, llega a la secretaría general del partido en Valencia y se encuentra con una situación normalizada que hasta para alguien como él resulta llamativa. Los billetes van y vienen en fajos del grosor de la avaricia, para pagar trajes, comisiones, yates, adjudicaciones, votos y pulseritas con la bandera de España. Un huevo de pulseritas, para que todo el mundo sepa que el país es suyo.

Ricardito, a quien los del club náutico y los amigos de papá llamaban Rick y que aún conserva esa dicción de cuando los cachorros del partido juraban por Snoopy, busca consejo en la única persona del PP en quien todavía parece apreciar un puntito de honradez: Luis Bárcenas, tesorero de Génova y encargado de una sala de máquinas engrasada con gomina. "¡Pero qué me dices, Rick!", le reprochó Bárcenas, según le contó Costa al juez, "eso es una práctica prohibida en el PP nacional y sería un Filesa 2". Bárcenas y Costa en la sede central del PP recomendándose el uno al otro no trabajar en negro ni con caja B: no hay manera de inventar una escena así, eso solo puede crearlo la realidad insuperable.

Desde luego, en eso acertó Ricardito: de necesitar un consejo, recibirlo del mejor. Así lo ha reconocido el propio Rafael Hernando, un tipo garante de los mismos valores que Costa pero mucho menos melifluo, un zote de chorretón de Varon Dandy y Dyc con Coca Cola en vaso largo y sin hielo. Ha dicho el portavoz del PP que esa respuesta de Bárcenas es precisamente la prueba de que en el partido no hacían esas cosas feas de financiarse a base de subastar el presupuesto público entre un monipodio de mangantes.

Es asombrosa la facilidad con la que Bárcenas pasa de Luis el Cabrón a Luis el Fuerte según convenga al PP y a Eme Punto Rajoy. Con dos escenas más como esta, vuelve a la tesorería de Génova y aún le pagan los atrasos, aunque sea en diferido. Este encuentro con Bárcenas fue la gran explicación de Rick para tratar de limitar los daños solo al PP valenciano, como si aún hubiera alguien que se creyera esa letanía de "son casos aislados, mi partido es honrado" que va rezando Hernando entre eructo y eructo.

El estilo consiste en cargar al presupuesto de Educación 200 gramos de caviar y un traje entalladito

Desgraciadamente, no creo que el juicio de la trama Gürtel en la Comunidad Valencia esté sacando a la luz nada que no diéramos todos por sabido. Para lo único que está sirviendo es para comprobar otra vez el nivel de impunidad con el que robaban y la desfachatez de una banda de sinvergüenzas que creían que el estilo consiste en cargar al presupuesto de Educación doscientos gramos de caviar, un peluco y un traje entalladito para tu amiguito del alma.

También está dejando bastante claro que tanto el propio Costa como su capo, Francisco Camps, dijeron por una vez la verdad en aquel otro juicio por los trajes del que salieron con muda limpia. Su gran argumento de defensa fue entonces aquello de que nadie podía creerse que unos gobernantes con tan altas miras se iban a vender por los míseros 30.000 euros que costaban los trajes que les hacía a medida; y tenían razón, ya lo sospechábamos antes y ahora llega la confirmación en forma de confesión: los trajes eran un detalle insignificante entre los millones y millones de euros públicos que se estaban puliendo.

El modelo de gestión que Eme Punto Rajoy deseaba exportar al resto de España, la rapiña de los hombres "ejemplares" que sostuvieron al ahora presidente cuando solo era el pánfilo que se perdía en perogrulladas en lugar del estadista de pensamiento insondable que nos dicen ahora, dejó un agujero en Valencia de 45.000 millones de euros. De ellos, calculan los técnicos de la propia comunidad, el 90% se los pulió la banda de Camps en paseos en Ferrari con Eccleston, copas de vela, ladrillos para Calatrava, pabellones de Fitur, trajes entallados y visitas papales.

Esta misma semana el Ayuntamiento de Valencia ha anunciado la subasta de seis de las ocho motos Harley Davidson que se compraron solo para que los policías las lucieran en la visita del papa Ratzinger a la ciudad en 2006. La mamma Rita —otra que tuvo que soportar el desprecio y la traición de los suyos, que no olvide Ricardo Costa cómo murió, sola entre restos de tortilla de patata y botellines de minibar— pagó por el capricho 82.000 euros, para acabar luciéndolas una vez al año en el desfile de la fallera mayor.

Eso fue Valencia, como ahora nos están contando ante un tribunal Rick y sus chicos del coro, durante los años de mayorías absolutas populares: una enorme falla levantada con la forma de una caja B cuyas llamas se alimentaban incesantemente con sobres llenos de dinero público, mientras Costa y Bárcenas hablaban sobre lo feo que estaría financiarse ilegalmente. El modelo que Eme Punto Rajoy siempre quiso para España.

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