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Querido enemigo

Una buena enemistad proporciona grandes satisfacciones, pero da mejores coartadas que argumentos

LOS ENEMIGOS son, por lo general, buena gente. Los de cada uno, digo. Con sus cosillas y sus rarezas, sus buenas palabras y sus malas intenciones, con sus corazoncitos tiernos y sus almas negras, como todos, pero gente de bien. A los enemigos hay que, no digo ya quererlos, pero al menos respetarlos, porque cuesta su buen esfuerzo ganárselos, aunque a veces ni sepas cómo ha sido, y suelen demostrar una constancia y una fidelidad que ya quisiéramos en muchos amigos. Si se les atiende con consideración, pueden ser para toda la vida.

No pocas veces son los enemigos los que dan la medida real de alguien, para demérito de ese alguien si no ha conseguido mejores indicadores. No hay nadie que me ponga más en guardia que el que presume en voz alta de no conocer enemigo: o no tiene vida, o no tiene escrúpulos. Por el contrario, los que aspiran contar con enemigos de talla suelen ser, a su modo, más íntegros, menos dados a la traición. A la traición a uno mismo y al amigo, claro, porque del enemigo precisamente lo que se espera es la traición, la nobleza podría ser considerada incluso de mal gusto, una ofensa del todo innecesaria.

Es importante, sin embargo, a la hora de elegir a un enemigo de confianza que puedas usarlo como justificación para tus propias desgracias, sean cuales sean. Para eso es bueno medir, no pasarte de frenada. Si no, puedes terminar como Corea del Norte o Venezuela, con tus presidentes clamando que son el último reducto contra el imperialismo y convertidos en carne de meme. Es aconsejable, en este sentido, que tu enemigo sepa siquiera que existes y que tu existencia le moleste lo suficiente como para que te dedique al menos una mirada, una amenaza, un insulto, aunque sea por condescendencia.


Lara Méndez parece por momentos el Kim Jong-un local, el líder que solo sabe serlo contra alguien: Montoro, la Xunta, la oposición, Fomento, los sindicatos...


O un silencio. Una callada a tiempo suena como un bofetón a mano abierta y puede revitalizar la más acomodada de las enemistades. Ese silencio a mano abierta, por ejemplo, ha sido la reacción de Putin a la quejumbrosa salida de Obama de la presidencia estadounidense, que pensaba dejar marcada como un hito en la historia y al final se le ha quedado en mojón. «Putin no está en nuestro equipo», le ha querido recordar Obama a Donald Trump mientras trataba de vender al país, aún estupefacto, que la responsabilidad de la derrota de Hillary Clinton ha sido de Rusia y de la campaña de sus piratas informáticos para influir en las elecciones estadounidenses, como en los mejores momentos de la Guerra Fría.

Putin, hay que reconocerlo, es un buen enemigo, no le falta un detalle. Si no fuera porque es de verdad y da tanto miedo, parecería salido de la imaginación de un guionista de Hollywood. Aunque para tanto como quiere Obama tampoco llega. De hecho, los informes de los servicios secretos de EE UU reducen la intervención rusa a unos cuantos bulos distribuidos por las redes sociales contra Hillary Clinton, mentirijillas, en todo caso, casi tiernas, mera cortesía dentro del protocolo de una enemistad tan asentada en comparación con las distribuidas y pagadas por el propio Trump. Obama quiere tirar de repertorio, como si 60 millones se votantes estadounidenses se hubieran dejado lavar el cerebro por los malvados rusos, como si sus ocho años en el poder y el currículum de Hillary Clinton no pudieran explicar por sí mismos un buen puñado de esos millones de votos. Por eso Putin calla ante la pataleta de Obama, porque se sabe un enemigo enorme y leal, llamado a mayores disputas que las de un expresidente en retirada, futura carne de meme.

Mirando más cerca, es el riesgo que corre, el de convertirse en un meme luchando contra enemigos que la ignoran, la alcaldesa de Lugo. Lara Méndez parece por momentos el Kim Jong-un local, el líder que solo sabe serlo contra alguien: Montoro, la Xunta, la oposición, Fomento, los sindicatos... cualquiera sirve, aunque ni sepan de qué está hablando. Vale que algunos de esos enemigos han dado pruebas más que suficientes de que ni saben cómo va la cosa en Lugo ni les importa, pero es difícil colar como única acción de gobierno lo que no es más que un simple recuento de afrentas.

Quizás es que el grueso de su problema esté más en sus amigos y supuestos aliados que en sus enemigos, y así es complicado que la coartada no rompa por las costuras. Del mismo modo que una alcaldía no es el puesto adecuado para hacer oposición a los gobiernos autonómico y nacional, la oposición no es el lugar señalado para dirigir la acción de gobierno. Algo que deberían asumir los grupos que han decidido sostener con su enemistad al gobierno en el Concello, cómplices de una parálisis de gestión que se prolonga ya durante demasiado tiempo. O puede que, cuando pase el momento de los reproches y llegue el de los argumentos, sean los votantes de Lugo los que acierten a diferenciar quiénes son sus enemigos.

Querido enemigo
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