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¿Qué, nos hacemos unos pactos?

AHORA QUE tengo edad y perspectiva como para mirar a mi pasado con cierta distancia, me doy cuenta de que pasé por momentos muy difíciles, de esos en los que un pequeño detalle de los que entonces no das importancia puede cambiar tu destino para bien o para mal. En este caso, creo, fue para bien.

Era yo aún muy chaval, en esa edad en la que ya no se es un chiquillo pero tampoco se acaba de tirar para arriba, un mocoso que cree saberlo todo de un mundo que apenas abarca una baldosa. Fue entonces cuando comencé a tontear peligrosamente con el deporte, llevado por las circunstancias y algunas malas compañías, creyendo que yo podría controlar la situación, que a mí no me iba a pasar nada, que podría dejarlo cuando quisiera. Pienso ahora en lo cerca que estuve y me asusto solo de pensar que ahora podría ser un runner, un mediomaratoniano o, quién sabe, un jugador de fútbol 7 de la liga de veteranos.

Tuve entonces la suerte, sin buscarla mucho, he de reconocer, de encontrar personas que ayudaron y que me mostraron que había otros mundos, otra opción que me ayudó a convertirme en la persona de provecho que ahora soy: descubrí la masturbación justo en el momento preciso, la actividad hacia la que pude dirigir mis capacidades y me ayudó a canalizar mi rabia, algo provechoso en lo que centrarme para mantener mi cuerpo en activo y mi cabeza alejada de tentaciones insanas.

Lo más cerca que estuve de un profesional del onanismo, del James Naismith de las pajas, fue el año que compartí con Manuel


No fui yo solo ni soy especial, sé que el onanismo ha sacado del pozo a mucha gente, que le debemos incluso más de lo que queremos reconocerle, siendo esto mucho. Es una pena, tal vez un fracaso como sociedad, que ni siquiera hayamos sido capaces todavía de convertir la masturbación en una actividad reglada, en un deporte de competición y mantenimiento, con sus categorías y sus ligas, sus centros de tecnificación y sus lugares de práctica, sus gimnasios especializados y sus entrenadores titulados. Son muchas energías desperdiciadas, muchos beneficios ignorados.

Lo más cerca que estuve de un profesional del onanismo, del James Naismith de las pajas, fue el año que compartí con Manuel en tercero de Periodismo, en Bilbao. Manuel era un albaceteño alto y desgarbado, tan buen tipo como despreocupado por la higiene. De la higiene en sentido genérico, de la suya y de la de los demás, incluida la del piso en la que vivíamos. También había sido tentado por el deporte en su adolescencia, por el ciclismo, pero también había descubierto a tiempo la masturbación, si bien le quedaron secuelas: quería ser periodista deportivo.

Sus amigos y él, nos contaba en aquellas tardes de botellines y humo, compartían tal pasión por el autoplacer que habían establecido un remedo de competición semanal, pudiendo ser, a falta de estudios más completos, el primer antecedente serio de masturbación como actividad regalada que se conoce. Las normas eran, no obstante, algo básicas, como las de cualquier otro deporte en pañales: llegaban el sábado por la tarde, se masturbaban y eyaculaban sobre hojas de periódico abiertas -lo que, dicho sea sin venir a cuento, prueba la condición del periodismo como profesión vocacional-, de manera que ganaba el que más superficie cubría. "Yo era de los que ganaba muchas veces", se enorgullecía Manuel, "pese a que algunos hacían trampas: no se hacían pajas los dos o tres días antes y así llegaban con más ganas y cargaditos". No solo habían establecido las primeras reglas de la competición, sino que habían inventado el dopaje.

Lo más parecido que se ha visto hasta ahora a los sábados albaceteños de Manuel y sus colegas es el proceso de negociaciones para la formación de Gobierno que nos están regalando nuestros líderes políticos. Empezando por esa manía suya de ponernos las hojas de los periódicos perdidas de eyaculaciones, como manera de medir sus fuerzas.

En esto también ha sido Mariano Rajoy, serán cosas de la edad, el que lo ha tenido más claro: desde el principio ha reconocido que lo que a él le gusta es el sexo solitario, que ya no tiene el horno para bollos, que eso de las parejas y los tríos no es de gente decente y que un español de bien se basta y se sobra para darse placer, e incluso para no dárselo si fuera necesario.

Tampoco parece manco en esto de la masturbación Pablo Iglesias, capaz de un ejercicio de onanismo como autonombrase vicepresidente de un Gobierno que no existe para luego vender el sacrificio de la renuncia a esa vicepresidencia. Es como cuando de adolescentes nos sentábamos sobre una mano durante mucho tiempo hasta que le faltaba riego y se nos quedaba adormecida para que pareciera que la paja nos la estaba haciendo otra persona. Seguro que Iglesias es de los que además cierra los ojos y se susurra guarrerías disimulando la voz, apunta maneras de vicioso.

Albert Rivera es un punto más patético, el salido al que le vale cualquier cosa con tal de manchar periódico. Este ciudadano es como ese genial y repulsivo Torrente que creó Santiago Segura, que proponía con toda naturalidad aquello de "¿qué, nos hacemos unas pajillas?" a cualquiera en cuanto tenía la oportunidad, aunque solo fuera por matar el tiempo.

Aunque el aspecto más enfermizo puede ser el de Pedro Sánchez, el típico virgen de larga duración que en su fantasía confunde masturbación con sexo y que cree que teclear "porno gratis" en internet es un acto de seducción solo al alcance de conquistadores como él.

Y así llevamos desde diciembre. Nos lo quieren hacer pasar por sexo en grupo, sin ahorrarnos ni el cortejo, pero no hay sino autocomplacencia y exhibición de toques de muñeca, que para eso cada uno es muy suyo. A lo mejor la masturbación acaba por hacernos bien a todos, ayudándoles a ellos a salir del infierno de la política como a mí me sacó del deporte, pero de momento todo lo que han podido ofrecernos en en esta orgía de pactos interruptus es paja.

¿Qué, nos hacemos unos pactos?
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