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Presidenta

Cifuentes está impartiendo un máster de práctica política, no sería de extrañar que acabara en la Moncloa

Crack. EFE
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MUCHOS, CADA vez más, hablan de ella como la política con más posibilidades de convertirse en la primera mujer candidata a la Presidencia del Gobierno. Yo, la verdad, solo a días, aunque tampoco sabría explicar muy bien por qué, porque cualidades las tiene todas, pero era un no se qué que no me acababa de cuadrar. Pero ahora ya me cuadra, esta semana la talla política de Cristina Cifuentes ha dado tal estirón que no le encuentro límites.

Nadie podía escatimarle méritos de aspirante a una de las grandes apuestas para el lavado de cara del PP, que cada vez que habla de renovarse apuesta por volver al pasado. Cifuentes, que superó el acné juvenil estando ya afiliada a la Alianza Popular preconciliar, es la típica recién llegada a la política que lleva en la política toda su vida, un perfil muy cotizado en tiempos de zozobra.

Puede presumir de tener todo lo que se demanda en la política de apaño de chapa y pintura que triunfa en las democracias de la postverdad: inteligente, ambiciosa, astuta, con un perfecto control y dominio de la imagen y la comunicación y con mejor juego de cintura que firmeza ideológica, lo que le permite mantener un discurso vacío de compromisos éticos que cambia de dirección a golpe de tuit. Una ganadora.

Es una recién llegada a la política que lleva en la política toda su vida, un perfil muy cotizado en tiempo de zozobra

Sin embargo, de tanto borrar pasado, de tanto dar bandazos, de tanta modernidad de la de toda la vida, de tan recién llegada que era, me entraban a veces las dudas de si no le faltaría quizás un poco de consistencia, un poco de la mala baba y el ‘timing’ mortal que se precisa para seguir escalando por los despeñaderos que llevan a la cima de la política.

Luego tuve que reconocerle que en la gestión de la corrupción del PP en Madrid, en el que ella se ha criado, y en su apuesta casi caníbal de reventar el escándalo del Canal de Isabel II, aunque se llevara por delante a buena parte de los suyos (o tal vez precisamente para eso), demostró una habilidad depredadora y un instinto de supervivencia dignos de una presidencia.

Pero hacía todo esto, sin embargo, con un cierto punto de timidez, como sin querer que se viera, sin alardear, con una falta de presunción que me llevaba de nuevo hacia ese no se qué, hacia mi propia indefinición.

Ya no, ahora no dudo de que no tiene más límites que los naturales de la ley de la manada, que tiene la aptitud y la actitud. Una investigación realizada de manera impecable, por el manual, por los periodistas de Eldiario.es ha revelado la enorme cantidad de groseras irregularidades (por no decir ilegalidades) que se cometieron en la Universidad Rey Juan Carlos para regalarle un máster por la cara, el mismo que necesitaría en caso de volver a su puesto de funcionaria para dar clases en la propia universidad.

Las evidencias son tan incontestables y la reacción de Cifuentes y de los responsables de la universidad han sido tan chapuceras, que han servido para despejar cualquier duda que podría quedar. El caso no admite más vueltas que las que le deje dar a la Fiscalía, porque no es una simple travesura, es un delito muy serio recogido en el Código Penal. De momento presunto, faltaría más.

Yo bien comprendo la indignación que en estos momentos tiene que encender al resto de alumnos de la esa universidad que tienen que pelear por cada décima de una nota; de los compañeros del máster que pasaron las 600 horas correspondientes, aprobaron todas las asignaturas y presentaron sus trabajos en tiempo y forma, y que tienen que ver cómo el rector y los profesores se ríen en su cara en una rueda de prensa vergonzante; de cualquiera de los titulados en la Universidad Rey Juan Carlos, que de la noche a la mañana han visto como sus títulos se han depreciado de manera injusta; o de cualquier estudiante de este país que se mata mientras trabaja para pagarse los estudios, o que ve cómo un mísero 5,5 en un mal día se carga la media que necesita para su beca.

Lo comprendo, decía, pero, a cambio de eso hemos asistido a la consolidación definitiva de Cifuentes como política con mayúsculas, como aspirante a todo. Por fin hemos visto el empaque, y esta vez sí público y con alarde, con el que ha negado cualquier evidencia por contundente que esta fuera; el exceso infantiloide en la reacción, reduciendo cualquier crítica a un simple ataque machista; la cara dura e impasible el ademán en su negativa a dimitir o dar explicaciones.

Por fin ha demostrado que podemos fiarnos de ella, que va a utilizar el poder como marca la tradición patria. Ya sabemos que no debemos temer de ella cualquier ataque intempestivo de honestidad que ponga en riesgo el sistema, que maneja la honradez con las precauciones de un artificiero desactivando una bomba.

Quizás haya tenido un pequeño error, un detalle por pulir: un innecesario exceso de modestia al conformarse con un 7,5 en lugar de con un 10. Pero se le puede perdonar, aprende rápido.

Es Cristina Cifuentes alguien de quien poder fiarnos: ya estamos seguros de que está hecha de la misma pasta que los que nos han gobernado hasta aquí, nuestro voto está en buenas manos.

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