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Postureo institucional

SON TIEMPOS de pose. Postureo, que le dicen ahora. Y es que todo en este país parece querer reducirse a eso, a la mera apariencia mientras la realidad camina ajena, escondida tras los gestos. Irá a más, da resultados.

Hasta morirse, una de las pocas cosas decentes que se podían hacer sin mayores contraindicaciones, sin más miramientos que los urgentes, parece haberse convertido en puro postureo. Lo hemos visto recientemente a cuenta de algún cadáver insigne que algunos quieren hacer ver que lloran como propio, pero que se ha despedido de ellos con el dedo corazón erguido, en un gesto que tienen difícil ignorar, por el rigor mortis.

Toda la Legislatura va a ir de esto, del gesto, de la pose. Lo han sabido ver bien los recién llegados al escenario político, solo que con fortuna desigual. En esto hay que reconocer a los de Podemos una capacidad de anticipación y de adaptación realmente notable. Alzados como referencia de la oposición por la torpeza de un PSOE que ya ni siquiera la compostura es capaz de mantener, pero limitados a su insuficiente reserva de escaños por la insondable capacidad de resistencia del PP, han sabido leer enseguida que el postureo es la respuesta.

De ahí los minutos de silencio guardados o por guardar, o la negativa a aplaudir el discurso del Rey en la apertura de la Legislatura, símbolo máximo del postureo institucionalizado: la obligación del aplauso encendido a quien, en unos momentos tan tremendos como los que pasamos, no fue capaz de aportar en su intervención ante las Cortes un solo argumento que pudiera reducir el silencio de Podemos a una mera nota al margen, que pudiera descabalgar de los titulares principales lo que no debería haber sido sino una descortesía circunstancial.


Ahora andan despechados como amantes cornudos, reclamando su derecho a cama caliente, apellido y herencia


Se volverán a quedar con el titular, con los minutos de televisión, el próximo día 6, durante la celebración del Día de la Constitución. Y lo harán igual, sin mayor esfuerzo, solo con su ausencia, ya anunciada. Y por lo mismo, porque probablemente ninguno de los presentes va ser capaz de aportar ninguna novedad, de marcar un nuevo camino, de señalar una salida más allá de los conocidos lugares comunes, de las empalagosas y rimbombantes exhortaciones a la sacralización de una Constitución que nos ha servido de manera tan eficaz que merece que le demos un futuro mejor. Se ha ganado algo más que un besamanos cada diciembre.

Intuyen los de Podemos que a eso han reducido los votos su asalto a los cielos, a un diputado con una camiseta pretendidamente provocadora, a unas risas tontas porque alguien dice "condón" en una sesión de control. Y le saben sacar mejor partido, aún así, que sus colegas de Ciudadanos, que aparentan desorientados, incluso desencajados por momentos. Quién se lo iba a decir a ellos, que habían hecho de la pose y la apariencia su estrategia, profesionales del camuflaje ideológico, que iban a terminar tan pronto con sus vergüenzas al aire, desnudados en su irrelevancia después de haberse presentado como los hacedores de todo, la clave del futuro.

Les ha perdido la prepotencia, han querido enseñar a cómo cambiar todo para que nada cambie a un maestro en que todo siga igual, Mariano Rajoy. Y no ha tardado nada en ponerlos en su sitio. Ahora andan despechados como amantes cornudos, reclamando su derecho a cama caliente, apellido y herencia sin poder asumir que solo han sido una aventurilla de investidura, otra cana al aire del gran castigador.

Rajoy, un profesional, ha demostrado saber jugar a esto del postureo como nadie. Sabe que es Gobierno quien gobierna, que un país ya no se dirige desde el Parlamento, que mociones y proposiciones, que preguntas y sesiones de control son solo poses, nada sustancial. Por eso les ha mandado a Rafael Hernando, para que se vayan entreniendo, en un gesto de gran prestidigitador: la distracción como parte esencial del engaño.

Sabe, además, que cuenta para el truco con el otro Hernando, Antonio, capaz a su vez de las posturas más extremas, incluso más obscenas. Es la cara que mejor puede representar ahora a un PSOE al que solo le queda aparentar mientras pueda, que ha llevado el postureo a otro nivel, la abstención.

Habrá que acostumbrase y no dejarse llevar por las apariencias, no distraerse de lo relevante, porque todo apunta a que esto va para largo. Veremos puños en alto, silencios y ausencias, diálogos con apariencia de berrinches, pactos imposibles y extraños compañeros de cama. Pero habrá que estar atentos, porque es muy probable que al final, cuando ya no haya mejor solución, todos ellos se despidan de nosotros con el dedo corazón ergido, mientras vamos notando el rigor mortis.

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