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Periodismo necrológico

El cobarde ataque de Iglesias contra un redactor es una buena oportunidad para que los medios repiensen su función

LEO QUE SALTA DE nuevo a los quioscos el semanario El Caso, cuya edición impresa había publicado su esquela en 1997. La publicación que durante más de veinte años fue la referencia de la crónica negra de aquella España gris resucita aprovechando el tirón de la serie de televisión basada en el semanario, y parece que lo hace justo a tiempo para ponerse a enredar en la muerte de los medios de comunicación y quién sabe si del propio periodismo. Falta nos hace un poco de investigación que arroje algo de luz, porque el periodismo lleva tantos años muriendo que hay ratos que huele a putrefacción. A veces se leen y se ven cosas que parecen redactadas para The walking dead.

Lo malo es que los periodistas, de malos que somos, no somos buenos ni como víctimas. Lleva el sector una larga temporada inmerso en una novela de Agatha Christie, encerrado por voluntad propia en una enorme casona en la que todos los invitados tienen las ganas y los motivos para asesinarnos, solo les faltaba la oportunidad de medirnos la espalda con un abrecartas en un salón justo cuando se funde la luz. El asesino puede ser cualquiera, todos, o ninguno, pero suele pasar que todos los sospechosos van muriendo a su vez en extrañas circunstancias, generalmente a manos del propio periodismo, hasta que ya no queda ni quien lo mate. Será por eso, de tanto asesino chapucero, que al final parece haberse decidido por el suicidio.

Si no aciertan a trabajar cómodos con un abrecartas alojado en las costillas, que se pasen unos días por un periódico de provincias

Somos muy de buscar culpables, de gatillo fácil a la hora de señalar en cuanto olemos un muerto, pero en esta larga agonía nuestra interrumpida periódicamente por tímidos intentos de resurrección no podemos señalar a otros culpables que a nosotros. Lo único que de momento nos salva es que somos más pertinaces en el error que eficaces en la labor. Y la chapuza ajena, insisto.

Por eso, de vez en cuando, la torpeza de algún aspirante a asesino con maneras de próxima víctima mortal viene a revolver un poco entre el amor propio de una profesión resignada, con el efecto de un desfibrilador en un cuerpo sin pulso: si hay suerte, nos reanima momentáneamente y por unos instantes parecemos de nuevo aquellos profesionales sanos y útiles que fuimos, aunque algunos hace tiempo que sospechamos que se trata solo de movimientos reflejos del cadáver, músculos y tendones contrayéndose por el enfriamiento de la carne, órdenes extraviadas de algún nervio muerto.

Esta vez, el papel de desfibrilador involuntario le ha tocado a Pablo Iglesias, un tipo con tal soberbia y engreimiento que perfectamente podría ser periodista. De hecho, ha probado a serlo en los pocos ratos libres que le deja su misión divina de inventor de la rueda, con el programa de entrevistas La Tuerka, y si alguien ha sabido en los últimos años aprovechar en beneficio propio la relevancia social de aparecer en los medios ha sido él.

Por eso llama la atención la torpeza, otra vez la torpeza, de personificar en un simple redactor, con nombres y apellidos y en una situación en la que no podía replicarle, todo el rencor que ha ido acumulando contra determinados medios de comunicación. Con casi todos. Además de presentarse como un cobarde que solo es fuerte ante el débil, el efecto que ha conseguido el asesino novato ha sido, otra vez, el contrario al que perseguía, reanimar al muerto.

Para tranquilidad de todos, resultó ser lo de siempre, movimientos reflejos del cadáver, contracciones de los músculos fríos

Llama la atención que los medios nacionales, el periodismo de postín, hayan reaccionado como si fuera la primera vez que nos tratan de asesinar. Si no aciertan a trabajar cómodos con un abrecartas alojado en las costillas, deberían pasarse unos días por la redacción de un periódico de provincias para que sepan qué es de verdad, y a diario, que cualquier albañil reconvertido en encofrador, cualquier sinsustancia aupado a concejal de ferias, cualquier tuercebotas elevado a gestor deportivo o cualquier bedel con aires de poeta crean que pueden echarte el aliento en la nuca mientras escribes.

Sin embargo, el despliegue de editoriales, artículos, piezas de televisión y reproches de tertulianos con Iglesias, al que me sumo aunque solo sea por las ganas de liarla, ha sido apabullante. En todos los casos, emocionadas y encendidas defensas de la libertad de información y de la independencia del periodista como condición imprescindible para la supervivencia del sistema. Enternecedor.

Como habrá sido que por un momento pensé que al fin le habíamos clavado el abrecartas al periodismo de las ruedas de prensa sin preguntas, de las comparecencias de un presidente por plasma, de los bancos en los consejos de dirección de los medios, de los publirreportajes disfrazados de información, de las opiniones subvencionadas, de los medios públicos al servicio del turno de partidos, de las revistas de Ausbanc. A ese del que vive buena parte del sector.

Para tranquilidad de todos, resultó ser lo de siempre, movimientos reflejos del cadáver, contracciones de los músculos fríos. Menos mal, porque resucitar cada dos por tres, por simples nimiedades, resulta a nuestra edad cansadísimo. Al final era solo periodismo de necrología, obituarios de cortesía.

La pena es que Pablo Iglesias, con sus maneras de asesino chapucero, con esa manía vieja de tratar de matar al mensajero, lo único que nos ha matado es otra oportunidad para que el periodismo se mire, se piense sin sobreactuaciones, con un poco más de amor propio, de fe en sí mismo y de responsabilidad y compromiso con su propia función social.

A lo mejor es verdad lo que nos cuentan, lo que queremos creernos: que, como El Caso, lo que vive el periodismo es solo un cambio de soporte, otro intento de reanimación. Pero no podemos seguir ignorando que el único rigor que trabajan muchos medios es el rigor mortis. Y que el día que el periodismo muera definitivamente, lo que tendremos encima de la mesa de autopsias será el cadáver de la democracia. Leeremos en El Caso que ha sido suicidio.

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