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Pelea de idiotas

ESTOY ACOJONADO. Salgo a la calle y soy todo temblores, incapaz de caminar sin mirar atrás a cada instante, cambiando de acera cada vez que veo a un adolescente o escucho las risas de un grupo de ellos, muchos escondiendo sus intenciones en mochilas escolares, como si llevaran libros en lugar de armas.

Pero ya no me la dan, porque acabo de ver un reportaje en el programa de Ana Rosa Quintana. Uno de sus enviados recién llegado a Lugo ha descubierto en dos horas que una banda tan chunga como para llamarse Los Chungalíes "es muy peligrosa" y tiene "atemorizada" a la ciudad. Hablan de peleas a muerte en las que participan hasta 300 chavales, que cuando uno de los contendientes cae al suelo se lanzan sobre él para seguir pegándole. Uno de los tertulianos, tal vez el más avispado, asegura que está claro que son "expertos en kick boxing entrenados en gimnasios". Otro, con ayuda del reportero en la zona cero, los califica ya como "delincuentes juveniles" que "atracan y roban" a otros niños y que mantienen en tal estado de terror a sus compañeros de colegio que ya ni siquiera se atreven a salir al patio. Por supuesto, la culpa de todo es de la Fiscalía y de la Policía, que no se atreven a actuar, llegados a este punto supongo que por puro miedo a que estos gánsteres de 14 años mal contados tomen represalias contra ellos y sus familias.

Estos de Tele 5, de cualquier manera, eran casi los últimos en llegar. Reporteros, intuyo que de guerra o al menos curtidos en otras zonas igual de conflictivas, habían contado días antes en periódicos nacionales la versión lucense de El Club de la Lucha, con chavalillos sufriendo salvajes heridas y roturas de huesos en peleas que se organizaban regularmente. Espeluznante.

Otros colegas, al parecer más osados y con menor apego por su propia integridad física que por la verdad, lograron infiltrase con nombres ocultos en la banda de Los Chungalíes, con evidente riesgo personal. Supimos así, por fin, lo que se escondía dentro de ese antro que todos suponíamos un balneario de menta poleo y billar francés, el Círculo de las Artes. Sus paredes centenarias, sus molduras y artesonados, sus maderas nobles, sus pregones de Semana Santa, no eran sino el decorado para ocultar una realidad oscura e inconfesable, el nido de la serpiente. Caído ya el velo, no me sorprendería que lo próximo que veamos sea la entrada de los agentes de la UCO de Madrid en el Círculo para desmantelar los campeonatos de bridge, tras los que ha de ocultarse algo mucho más gordo, quién sabe si incluso una red de trapicheo de Omeprazol.

Como nos han contado, allí, en la sociedad en la que mis hijos juegan, aprenden inglés y bailan just dance, los Chungalíes organizaban su negocio de peleas clandestinas y obligaban a los miembros de su grupo de Whatsapp a realizar pavorosos ritos iniciáticos, como pegarse en el torso calcomanías de tigres de un euro, con el consiguiente riesgo de erupciones cutáneas, o enfrentarse en furiosas batallas de rap. Tatuajes de quita y pon y reproches rimados, salvaje.

Solo falta que algún asesor proponga traerse para la Policía Local a Chuck Norris y sus Rangers de Texas, a ver si ponen freno a tanto desmán a base de patadas voladoras

Tanto, que el Concello, conocido por su rápida capacidad de reacción, se ha lanzado a repartir folletos por la calle y a publicar selfies en las redes, convirtiendo este asunto en el primero de su agenda. Solo falta que algún asesor proponga traerse para la Policía Local a Chuck Norris y sus Rangers de Texas, a ver si ponen freno a tanto desmán a base de patadas voladoras. De paso, que les paguen una de las acostumbradas extensiones de contrato a ver si arreglan también lo de los gorrillas del Hula, la prostitución a cielo abierto de A Tinería o las violaciones en Augas Férreas, problemas menores en cualquier caso.

Por el camino, equipos de televisión con cámaras han asaltado a menores en sus propios colegios, pretendidos periodistas han llegado a ofrecerles dinero por vídeos violentos o citas clandestinas, han espiado y expropiado sus perfiles en las redes sociales, han publicado testimonios inventados y exagerados por la fantasía y la promesa de notoriedad. Han fomentado, en definitiva, aquello que tanto les escandaliza.

El origen de todo este despropósito es la difusión de un vídeo de un pelea entre dos adolescentes al pie de la muralla. Tres minutos con más amagos que golpes en el que los supuestos expertos en kick boxing se atusan el pelo entre ataque y ataque y se cuidan de no ensuciarse sus deportivas de marca, demostrando un empeño que no les hubiera permitido mantenerse ni quince segundos en pie en las Sindicales hace un par de décadas, cuando muchos de los adultos que ahora se hacen cruces tenían su edad.

Que un centenar de chavales se reúnan para corear y animar estas actitudes violentas dice muy poco de nosotros, sus padres y educadores, y de la sociedad que les vamos a legar

Es, y no puede caber duda alguna al respecto, un hecho reprobable, y hasta muy preocupante, dentro de lo anecdótico. Pero no solo ni especialmente por la pelea en sí, que nada tiene de excepcional, sino por sus circunstancias. Que un centenar de chavales se reúnan para corear y animar estas actitudes violentas dice muy poco de nosotros, sus padres y educadores, y de la sociedad que les vamos a legar.


Y habla muy especialmente del peligro del único elemento novedoso y diferenciador que ha convertido esta chiquillada en un fenómeno nacional: el uso de las redes sociales y la sobreexposición de nuestros jóvenes a las mismas, lo que nos debería hacer reflexionar más sobre la necesidad de enseñar a nuestros hijos a usarlas de manera menos dañina que sobre la necesidad de apuntarlos a un gimnasio de artes marciales.

Y, ya puestos, tampoco estaría de más que la profesión periodística comenzara a mirarse a sí misma como parte del problema, porque nuestra responsabilidad no se puede borrar con la facilidad que se quita una calcomanía de un euro.

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