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'Non se fala doutra cousa'

Por si no tuviéramos suficiente con vivir en permanente desconcierto, ahora hay que estar todo el rato indignados

ARDEN LAS redes sociales. En el tiempo de la posverdad, que antes conocíamos sencillamente como mentira, el posperiodismo está reduciendo la información a eso: arden las redes sociales, que por su propia naturaleza, por la nuestra o por lo que sea, tienden a permanecer en combustión constante, todo el día ardiendo por cualquier cosa, de las más importantes a las más nimias, pero sobre todo por las más nimias.

Ni siquiera es algo nuevo, no hemos avanzado nada. Esto ya lo inventó hace varias décadas el maestro de corresponsales Víctor L. Villarabid, un hombre al que acosaban las noticias, le salían al paso hasta hacerle casi tropezar. Víctor llamaba a la redacción de El Progreso para negociar con el jefe de la sección de Provincia las informaciones del día en la comarca de Sarria, y cuando veía que el otro se le ponía tiquismiquis con el tema que le estaba proponiendo, Víctor advertía: "Non se fala doutra cousa en Sarria". Y asunto zanjado, lo mismo si era el nuevo plan urbanístico que el relleno de un bache en una remota corredoira, porque Víctor era entonces la red social de Sarria y Sarria, el mundo.

Ahora arden las redes sociales, que es una formulación con mucho menos encanto e ingenio que aquella "non se fala doutra cousa". La pregunta sería cuándo no arden, qué cansancio. Por si uno no tuviera ya bastante con vivir en permanente desconcierto, sin encontrar la manera de salir siquiera de su asombro, ahora hay que estar todo el rato indignado, por lo que sea pero indignadísimo, ardiendo por los cuatro costados. Agotador.

Esta semana los incendios han estado muy localizados en dos focos, ambos, según las primeras investigaciones, provocados. Unos han quedado chamuscados por la perfomance de la vencedora en el concurso de drag queens del Carnaval de Las Palmas, que empezó vestida de virgen y acabó crucificada, literalmente y en ambos sentidos. Los del otro lado llevan días pisando sobre las ascuas sembradas por Hazte Oír y su autobús con mensaje contra los niños y niñas transgénero. Todos en llamas, a cada cual más indignado.


Lo mejor es dejar que se expresen en libertad, para que todo el mundo pueda comprobar de primera mano quiénes son


A mí antes también me pasaba, antes de estar tan quemado. Era cuando todavía no había comprendido que las redes sociales, y su efecto de arrastre sobre unos medios de comunicación desnortados, han democratizado la opinión, que no es lo mismo que el debate o el razonamiento, y mucho menos el pensamiento.

Ahora ya sé que tratar de debatir sobre algunos temas con algunas personas —con demasiadas personas, lamentablemente— es como jugar al ajedrez con una paloma: da lo mismo lo brillante que sea tu jugada, al final acabará paseándose desafiante por el tablero, tirará las fichas, se cagará en el tablero y se marchara volando orgullosamente.

No hay gran cosa que hablar, por mucho que nos empeñemos, con alguien que se toma un número de Carnaval como una ofensa personal. Miles de canarios aplaudieron y votaron el número como el mejor del concurso, seguro que la gran parte de ellos católicos, pero no tan imbéciles como para no saber diferenciar entre un espectáculo carnavalesco y un ataque a los sentimientos religiosos. No así el obispo de Canarias, Francisco Cases, que tuvo la misericordia de emitir un comunicado en el que aseguraba que hasta entonces el día más triste de su obispado había sido la muerte de 154 personas en 2008, en el accidente del avión de Spanair que partía de Barajas hacia Canarias, pero que a partir de ahora el que recordaría como su día más triste sería ese en que una perfomance de una drag queen vestida de virgen había ganado la gala del Carnaval.

No sirve de nada indignarse con algo así, como un hombre capaz de menospreciar la muerte de 154 personas, buena parte de ellas canarias, presuntos feligreses suyos, comparándola con un número carnavalero. Dan lo mismo tus argumentos, acabará por cagarse en ellos y darte la espalda con orgullo, pleno de razón.

Por el mismo motivo, tampoco entiendo la que han montado con el autobús que la plataforma ultracatólica y microrrepresentativa Hazte Oír quiere pasear por España adelante. Se trata de un grupo que está convencido que poderosos lobbys gais se han hecho con el control de los resortes del poder con el objetivo de transformar a todos los ciudadanos en maricones, tortilleras, sodomitas y transexuales, empezando por los niños y acabando por los abuelos, y quién sabe si hasta por las mascotas.

Yo creo que lo mejor ante algo así es no darles tanta importancia, sino dejarlos que se expresen en libertad, para que todo el mundo pueda comprobar de primera mano quiénes son y sea la sociedad la que acabe por mandarlos a la caverna en la que tan a gusto parecen encontrarse.

Por eso ya no me enciendo, estoy cansado de indignarme por cosas que no merecen el mal rato. He asumido la libertad de expresión como un derecho innegociable, de los que hay que defender sobre todo cuando no estás de acuerdo con el uso que otros hacen de él. Hay incendios mucho más importantes que apagar, otros en los que arden cosas más serias que las redes sociales.

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