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Morirse menos

Lo difícil de la igualdad es saber diferenciar cuándo es una petición de máximos y cuándo una buena oferta

Buena oferta. EP
Buena oferta. EP

ES ESTE un país de obsesiones, siempre, y de arrebatos, a veces. Una de nuestras obsesiones más definitorias es la envidia, convertida en un poderoso motor de transformación social, que ahora ha coincidido con el arrebato de la igualdad, que yo creía que era un punto de partida indiscutido pero que está resultando ser una estrategia negociadora. Ya no pedimos lo que merecemos, que sería lo justo; ni siquiera lo que creemos que merecemos, que seguramente sería mucho más de lo justo, sino lo mismo que los otros, sean quienes sean los otros cuya comparación nos agravia.

Los primeros han sido los policías nacionales y guardias civiles. Aprovechando avispadamente el arrebato de Cataluña, el Piolín y el «a por ellos», se han movilizado con bastante eficacia: quieren cobrar igual que los mossos catalanes o los ertzaintzas vascos o los policías forales navarros. No cobrar lo justo o lo que se merecen, que a lo mejor era mucho más, sino lo mismo que los otros. Igual, tanto si se la juegan en el peor de los barrios marginales de una gran ciudad como si se dedican a vigilar un balneario en Soria. Con independencia de cualquier otra circunstancia, como que Cataluña, Euskadi y Navarra hayan decidido destinar más presupuesto autonómico a pagar a sus policías que el que el Gobierno central ha decidido emplear en los suyos.

Parece que les ha ido bien, el ministro de Interior ha pactado con ellos una subida de 560 euros al mes para policías y de 720 para guardias civiles, que es un pastón independientemente de quien lo cobre. Ha sido una negociación sospechosamente rápida y plácida, así que yo, por desconfianza o por envidia, aún estoy por ver si lo cobran o se refugia el Gobierno en el hecho de que no está en condiciones de sacar adelante los Presupuestos, para cargar la responsabilidad sobre los otros.

Como por aquí tontos, lo que se dice tontos del todo, no vamos quedando muchos, los siguientes han sido los funcionarios de prisiones, los militares, los médicos, los profesores y los que se vayan apuntando, que serán todos. No quieren solo más, quieren cobrar igual que los de las comunidades que más cobran. Lo mismo que los funcionarios de Justicia de Galicia, que llevan casi un mes de huelga exigiendo su equiparación con otras comunidades.

El arrebato este de la igualdad vale para todo y aparenta a veces justicia y otras, exceso de jeta, pero también falta de ambición. Por ejemplo, con la negativa de la Xunta a abrir la sala de Hemodinámica del Hula las 24 horas. Argumenta que, según unos misteriosos datos nunca hechos públicos, no es necesario porque en Lugo nos morimos de infarto igual que A Coruña, en Santiago o en Vigo. Pero es que a lo mejor en Lugo, porque tenemos genes más recios, menos estrés, mejor dieta o el aire más puro, lo nuestro era morirnos menos y no igual que los demás, como nos obliga la Xunta. Yo no me quiero morir igual que los demás, me quiero morir menos, por poquito menos que sea.

Lo mismo, morirse menos, pedían los millones de mujeres que salieron a la calle en el arrebato del 8-M. Entre otras cosas, que se resumen en la igualdad, en esta ocasión sí entendida como se debería, como punto de partida indiscutido y no como estrategia negociadora. Y eso que hasta como oferta de negociación me parece muy generosa por su parte, poco ambiciosa para lo que podrían. Si los hombres tuviéramos afinado el instinto de supervivencia, deberíamos aceptarla de inmediato y ponernos a ello, antes de que las mujeres se lo piensen mejor y ya no les llegue con pedir igualdad, sino lo que se merecen.

Yo no pude ir a la manifestación, pero estuve genéticamente representado. Muy bien representado, de hecho. Mi chiquilla se lo tomó muy a pecho y se fue radicalizando con los días, las preguntas y las respuestas. Cuando llegó el día estaba tan enchufada que hasta le miré el historial de búsquedas de la tablet por si había pedido algún tutorial de cócteles molotov.

Al final se conformó con currarse una pancartita: "Quiero que en mi futuro haya igualdad", escribió antes de lanzarse a tomar las calles. Cuando volvió, la colgó en el corcho que tiene sobre su cama, junto a los pósters de sus cantantes favoritas y las fotos con sus amiguitas y con la familia. La chavala usa bien la cabeza, en eso ha debido de salir a su madre; me temo que de seguir acertará hasta en el día que me mande a tomar por culo, que llegará.

Ella, ellas, estaban pidiendo igualdad, pero en realidad todos sabíamos que estaban pidiendo mucho más. Saben que ni siquiera necesitan las ventajas de las que los hombres disfrutamos, les basta con partir en las mismas condiciones. Si con todas las trabas que les hemos puesto han conseguido tanto, sin ellas no tienen más límite que su propia ambición.

Entre tanta obsesión y tanto arrebato, a veces no acertamos a diferenciar cuándo la igualdad es solo una petición de máximos en una negociación y cuándo es una buena oferta.

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