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Miss Corrupción

El riesgo real para el sistema no lo crean una pandilla de ladrones, sino la sensación de impunidad

DECÍA EL CIS de principios de mes que la preocupación de los españoles por la corrupción se había disparado, que se situaba como segundo problema del país para los encuestados, justo detrás del paro. Es mentira. No el resultado del barómetro, que cada uno trabaja con lo que tiene, sino las respuestas de los ciudadanos. La corrupción, a la vista está, nos importa un bledo.

Supongo que los encuestados se dicen preocupados por la corrupción al estilo de las participantes en un concurso de misses, que en la ronda de preguntas siempre responden que quieren llegar a ser Miss Universo para ayudar a acabar con el hambre y la guerra en el mundo. Todos saben, incluidas ellas, el jurado y el público, que están ahí para ganarse un contrato publicitario que las lance al estrellato, lógico, y que el trago de la entrevista es igual de prescindible que el del pase de los vestidos regionales, porque no se sabe de ninguna que haya ganado por lucir estupenda de lagarterana. Solo que a todos les da un poco de apuro, no demasiado, reconocer para qué están realmente allí y qué es lo que han ido a ver.


El problema no es que roben, sino que lo hagan los otros, que no pueda hacerlo yo

Pues lo mismo nos pasa a nosotros con la corrupción en este país. Todos nos decimos asolados y dispuestos a no dejar pasar una más, a cambiar las cosas y a poner los filtros. Pero es solo fachada, porque a la hora de la verdad seguimos votando a los mismos chorizos de siempre que, cumplido el trámite de la entrevista vacía y el desfile electoral en traje regional, llegarán al poder para seguir haciendo lo mismo. Normal, tampoco veo por qué habrían de hacer algo diferente si así les va tan bien.

No vemos el problema. Probablemente, ni siquiera lo es. El problema no es que roben, sino que lo hagan los otros, que no pueda hacerlo yo. El corrupto ya llega corrompido de casa, lo único que le da el poder es la oportunidad. Forma parte del ser humano, de algunos seres humanos, y ha existido y existirá siempre, igual que la tendencia natural de otros a pensar en el bien ajeno.

No, lo que pone en riesgo real una democracia como la nuestra no es la corrupción, porque hemos creado una sociedad tan fuerte que puede sufrir sin demasiadas dificultades a una panda de ladrones y recuperarse. Lo verdaderamente peligroso, lo que nos hace tambalearnos, es la impunidad. Cuando se pierde el miedo al castigo, cuando se asume que el delito compensa, se ha perdido todo.

Precisamente por eso, para protegernos de nosotros mismos, nos hemos dotado de unas leyes, de un sistema judicial, de medios de investigación, de una estructura de contrapoderes. Y precisamente por eso es tan preocupante lo que estamos viendo estos días, porque no asistimos solo a la caída de otra red de saqueo más ligada al poder, sino que estamos comprobando cómo esas redes han corrompido el sistema de tal manera que sabían que operaban en total impunidad. Ofende el descaro.

Que Ignacio González era un sinvergüenza lo sabía todo el mundo desde hace mucho tiempo, y lo sabían sobre todo los suyos. El único interés que puede tener el asunto es llegar a conocer el volumen de su codicia y los típicos detalles pintorescos sobre caprichos y derroches, que seguro que los habrá porque estos tipos ni siquiera para gastar tienen estilo. Pero que se haya llevado un millón, o diez, o cien no es ni la mitad de grave que el hecho, descubierto durante la investigación, de que un miembro del Gobierno haya podido avisarle de que estaba siendo investigado, o de que una jueza de la propia audiencia Nacional le diera el chivatazo de que tenía los teléfonos pinchados.

No es tan grave, ni de lejos, como que el Fiscal anticorrupción, Manuel Moix, intentara frenar por todos los medios los registros de la operación Lezo, hasta llegar a provocar un conato de rebelión entre sus subordinados, que le tuvieron que echar un par de narices para frenarle los pies. No es tan grave como que Moix actuara, además, como todo el mundo sabía que iba actuar antes de ser nombrado, incluido el mismísimo González, como le comentó al exministro Zaplana en una conversación previa. No es tan grave como que todavía no haya dimitido Moix. Ni el Fiscal General que lo nombró para eso. Ni el ministro de Justicia. Ni Mariano Rajoy, testigo de privilegio de todo lo que ha estado pasando en su partido de imputados.

Aunque, volviendo a donde estábamos, por qué iban a dimitir. No hay motivo, y lo saben. Les hemos demostrado una y otra vez, votación tras votación, que la preocupación por la corrupción es solo un repunte de un mal día en el CIS. Son ellos quienes disfrutan de la impunidad, pero hemos sido nosotros quienes se la hemos regalado. Puestos a robar, mejor los nuestros.

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