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Meterlos en casa

No hay nada más peligroso que una turba de idiotas manejada por un grupo de malvados

SI NO fuera por el miedo que dan, resultarían ridículos. Bueno, ridículos son igual, pero dan mucho miedo. Cada vez más, porque cada vez son más y menos sus complejos, se están viniendo arriba con una rapidez preocupante. El enorme ruido que produce la suma de sus voces es, sin embargo, inversamente proporcional a la calidad de pensamiento que escupe la suma de sus cerebros. No dan para más, pero no hay nada más peligroso que una turba de idiotas manejada por un grupo de malvados.

No hay nada nuevo en el debate sobre la inmigración. Desgraciadamente. Ni sobre el de los refugiados, que es otro aunque se quiera hacer pasar por el mismo. A estas horas probablemente ya habrá atracado en Valencia el Aquarius con sus 629 refugiados rescatados en Mediterráneo de una muerte segura, pero la única novedad será el despliegue: 2.300 personas están listas para desplegar el operativo para recibirlos. Y 600 periodistas, casi tantos como refugiados, para contarlo.

Dentro de una semana, tal vez menos, ningún medio hablará de ellos, como nadie habla de los miles de refugiados que no tienen la suerte de encontrarse un Aquarius en su huida del infierno de la guerra al infierno de la indiferencia. O de los Aquarius en forma de patera que cada día llegan a nuestras costas.

Está muy bien, aún así, que 600 periodistas nos cuenten el desembarco del domingo en Valencia. Y que 2.300 personas se encarguen de proporcionarles la mejor acogida. Y que sea por un gesto del Gobierno de la nación.

Es solo un gesto, claro, nada más, pero hay momentos en los que no hay nada más importante que un gesto. Entonces se convierten en símbolos, y los pueblos necesitamos símbolos, sobre todo si podemos orgullecernos de ellos. Si hay que sacar a pasear la bandera, ahora que está de moda, mejor que sea para cubrir y proteger del frío a uno de esos niños rescatados que para pegarle en la cabeza con el mástil.

Hasta ahora hemos consentido que haya mucho malvado y mucho idiota, y mucho idiota malvado, apropiándose de nuestros símbolos y de las decisiones de nuestros gobiernos para tratar de legitimar sus prejuicios. No hace falta más que darse una vuelta por las redes sociales para comprobarlo. En la mayor de los perfiles desde los que se eructa racismo y xenofobia hay un toque rojigualda o un "español ante todo" o un "orgulloso de España". No falla.

Tampoco defraudan sus argumentos, odio e ignorancia agitados en un cóctel que produce en la cabeza el efecto de un garrafonazo en el peor antro nocturno. Mi favorito, por lo repetido y lo mucho que dice sobre ellos, es un clásico con múltiples variantes formales que básicamente se reduce al un "¿si tanto te gustan los inmigrantes, por qué no los metes en tu casa?". Pues, primero, porque eso es en esencia lo que estoy haciendo; yo y los millones de ciudadanos de este país que todavía no hemos perdido la perspectiva de quiénes somos y de dónde venimos, que afortunadamente aún somos muchos: lo estamos metiendo en nuestra casa, porque este país sigue siendo nuestra casa común por mucho que ellos tengan ese sentido patrimonialista de lo público, como si todo fuera suyo y solo se pudiera gastar en lo que ellos determinen.

Habrá quien prefiera gastar, como así ha sido, en rescates bancarios, indemnizaciones a grandes constructoras, prebendas a compañías eléctricas, amnistías fiscales a depredadores económicos o sedes y actos electorales de partidos corruptos. Pero otros preferimos invertir parte de lo nuestro en dignidad, aunque solo sea por poder llevar la cabeza alta.

Somos los "buenistas", otro clásico entre los argumentos idiotas y malvados. Lo lanzan como insulto, como reproche, con intención de ofensa: "Buenista". Me pregunto, partiendo de este concepto, cómo se consideran a ellos mismos. Si actuar para que 629 personas, entre ellas casi cien niños, no se ahoguen en el mar es un acto culpable de "buenismo", ¿cómo se llaman las que prefieren dejarlas morir antes que darles refugio en su país? ¿Hijoputistas, quizás?

Es solo un gesto, claro, pero hay momentos en los que no hay nada más importante que un gesto

Da lo mismo, poco o nada va cambiar en este debate. Hagamos lo que hagamos, y de momento hemos hecho muy poco, escandalosamente poco, seguiremos escuchando la misma cantinela. Da lo mismo que todos los informes oficiales de organismo nacionales e internacionales desmientan cada uno de sus argumentos y demuestren, con datos claros, que los inmigrantes han sido durante estos años y todavía siguen siendo una fuente de riqueza para el país, que todavía estamos muy lejos de darles ni una parte de los beneficios que producen para nosotros. Esa es una batalla perdida.

Por eso son importantes los gestos como el que todos nosotros, como miembros de este país, estamos realizando con los refugiados de Aquarius. Porque a lo mejor es solo el primer paso para que se convierta en símbolo, algo que no podamos volver a ignorar dentro de unos pocos días.

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