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Los piojos y la gonorrea

A algunos diputados los deberían sacar solo con correa y bozal e ir recogiendo todas sus declaraciones en una bolsa

ESTO NO HA HECHO más que empezar, y ya tiene el país los ojos como platos y los humores zigzagueando entre la indignación y el entusiasmo sin saber a qué quedarse. Está costando asimilar el que puede ser uno de los mayores descubrimientos de la legislatura: han hallado signos de vida en el Parlamento; puede que incluso inteligente, aunque esto está por confirmar.

Mientras los expertos estudian las pruebas recogidas y los demás debatimos sobre la influencia de la camiseta o la americana cruzada en la redacción de la ley de partidos, por decir algo, el Congreso empieza a recuperar el pulso vital que había perdido durante los años de la alternancia, que convirtieron el que debería ser el centro de la vida política, el símbolo máximo de la soberanía popular, en un cementerio de zombis entretenidos únicamente en comerse unos a otros. Aunque solo sea por eso, ya va mereciendo la pena.

Parece que han hallado signos de vida en el Parlamento; puede que incluso inteligente, aunque esto está por confirmar

Tampoco digo yo que no nos estemos pasando de frenada. Da gustito ver por una vez un bebé pasando de mimo en mimo, sonrisas en vaqueros y hasta alguna arenga a destiempo y a desgana entre tanto pantalón con la raya marcada por la asistenta, tanto estirado y tanto relojazo edición limitada. Pero el postureo, el de unos y el de otros, está bien para un ratito, para echarnos unas risas y sacar unas fotos que arrojarnos a la cara, y luego ponernos todos a lo que hemos venido, que no era a eso.

No reprocho a muchos de los nuevos diputados que juraron sus cargos esta semana el número que montaron, específicamente los de Podemos. Tal vez no había ni otro momento ni otro lugar mejores para el postureo, para buscar la imagen icónica por la que recordaremos el inicio de un momento nuevo en nuestra democracia. Porque la democracia, la sociedad, es también en gran parte liturgia, símbolos, iconos, y son muy eficaces para ayudarnos a identificarnos como una comunidad.

Pero es precisamente por eso por lo que espero que estos mismos diputados asimilen cuanto antes la novedad y su propia responsabilidad y actúen con un poco más de normalidad dado el lugar en el que están y lo que significa. Cuando en el Parlamento se exige el cumplimiento de unas normas mínimas no se hace por esnobismo ni elitismo, sino por respeto a los ciudadanos y a la soberanía popular allí representada. Está muy bien que de algún modo se visualice que los representantes de los votantes son tan dispares y plurales como los propios votantes, que una institución debe ver como normal lo que en la calle es normal. Pero reconociendo también que tendrán votantes a los que, aunque solo sea por una cuestión generacional, el mochileo, las melenas desaliñadas o el calzado deportivo les resulte tan ajeno como a otros los trajes a medida.

Una normalidad que no parecen muy dispuestas a asumir algunas de sus señorías, diputados de alcurnia y poltrona que, con el tiempo, han llegado a considerar el Parlamento como su hacienda, que quieren hacer pasar por ley lo que no son sino costumbres grupales. Normas que han ido envejeciendo con ellos, ajados, apolillados en su armario prestado, oliendo a humedad y a miedo, sobre todo a miedo.

Son todos los Celia Villalobos de este país, que consideran que la dignidad reside en un pañuelo de Vuitton y que no pueden soportar que unos piojosos advenedizos cuestionen su estatus. Celia Villalobos es ya puro postureo, la foto icónica del momento tomada desde el otro lado. Ha sabido y querido representar mejor que nadie todo aquello que los ciudadanos han querido dejar atrás con sus votos.

Su único argumento es desde hace años ser la esposa de quien es, el intocable Pedro Arriola, el oráculo que interpreta las entrañas de las encuestas en el PP. Ella se entretiene con sus jueguecitos en la tablet mientras su marido se va de comités con los amigotes, consciente hasta ahora de que era más fácil que le metieran la gonorrea en casa que los piojos. La gonorrea, después de todo, siempre fue una infección muy de familias bien, de las de misa mayor, casino y burdel.

Cuando en el Parlamento se exigen unas normas no es por elitismo, sino por respeto a la soberanía popular allí representada

Su injustificable observación sobre el pelo del diputado Alberto Rodríguez no es sino el grito de impotencia de quien tiene miedo a perder los privilegios. Es la señora que con la turba amenazando con echar abajo las puertas del palacio, manda al mayordomo a abrir: «Límpiense las botas y pasen al saloncito de los Pasos Perdidos, señores plebeyos. Dejen las antorchas y las guadañas en el paragüero. La señora les recibirá en cuanto pueda».

A algunos diputados su grupo parlamentario los debería sacar solo con correa y bozal y recoger cada una de sus declaraciones en una bolsa y tirarlas a una papelera, bajo amenaza de multa, porque a este paso nos va a poner la democracia perdida, perplejos ante la consumación de una situación que se negaron a creer que fuera a llegar. Decían que sí, que habían entendido el mensaje que la gente les estaba enviando desde hace muchos meses. Pero en realidad se negaban a creerlo, confiaban en que en el último momento serían los votantes los que volverían a cambiar de opinión para elegirlos a ellos, como siempre, porque así es como debía ser.

Ahora ven pasar rastas y camisetas y madres con bebés y parecen volados, como boxeadores noqueados. No asumen que toda esa gente, con esas pintas, ha llegado a su Parlamento para quedarse, porque resulta que era el de todos. Y que ese olor tan extraño que dicen notar no tiene nada que ver con la higiene, es a lo que huele normalmente la vida.

Artículo publicado en la edición impresa del domingo 17 de enero de 2016

Los piojos y la gonorrea
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