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Los más deshonestos

Mientras Trump engranda con su ira a los periodistas estadounidenses, Rajoy minimiza a los españoles con su desdén

"LOS PERIODISTAS están entre los seres humanos más deshonestos de la Tierra". Hacía mucho tiempo que no escuchaba algo tan bonito sobre la profesión, no por el fondo ni por la forma, que tienen poco de noticia, sino por venir de quien viene y en las circunstancias en las que pronunció esas palabras.

Hace tiempo que tampoco tengo un gran concepto de los periodistas. Si yo he podido serlo con cierta solvencia, es que probablemente no tiene mucho mérito. No siempre ha sido así, supongo que esta deriva mía del orgullo al escepticismo es la evolución natural en cualquiera que lleve los suficientes años en esto.

Sigo teniendo, no obstante, en gran aprecio al periodismo. Me pasa como a Churchill con la democracia, que no acertaba a encontrar una alternativa mejor ni siquiera en los momentos de mayor desencanto. Siendo el periodismo el pozo séptico en el que a veces lo convertimos los periodistas, sigue siendo la manera más eficaz de control del poder por parte de los ciudadanos, de la opinión pública. Puede existir periodismo sin democracia, pero nunca ha existido una democracia sin libertad de información.

Por eso valoro tanto la opinión de Donald Trump al respecto. En el primer acto público de su primer día como presidente de Estados Unidos, el hombre más poderoso del mundo consideró que lo más importante era declarar "la guerra" a los periodistas, "los seres humanos más deshonestos de la Tierra". Lo hizo, además, en la sede de la CIA, en un lugar tan simbólico como el muro formado por las estrellas que representan a cada uno de los agentes secretos caídos por el país.

No se me ocurre mejor alabanza para los periodistas estadounidenses. Trump, que ha llegado a donde está pese a que numerosos medios de comunicación del país pusieron de relieve sus constantes mentiras, sigue señalando al periodismo como su principal enemigo. Sabe que es uno de los pocos obstáculos que lo apartan del ejercicio caprichoso del poder absoluto. Algo habrán hecho bien. Quizás todavía tengan un futuro, aunque sea como mal menor.

Para Rajoy es como acudir a un funeral de la suegra de un conocido o hacerse la limpieza bucal anual

El insulto constante de Trump a los medios de su país, la guerra declarada, esconde en realidad un acto de profundo respeto. Dentro de su peculiar forma de ser, es el reconocimiento a su influencia y al daño que le hacen con su trabajo comprometido.

A mí lo que me da es envidia sana. El presidente de mi Gobierno ni se molesta en insultarnos, nuestro trabajo no merece para él sino indiferencia, si acaso a veces con un punto de desdén.

Casi a la vez que Trump llamaba a sus servicios de inteligencia a la guerra contra los medios de comunicación que le están amargando su fiesta, Mariano Rajoy acudía a una entrevista con Carlos Alsina, en Onda Cero. Rajoy siempre aparece en estos trances con un desinterés imposible de ocultar, con la actitud del que se los toma como una molestia periódica inevitable, como acudir al funeral de la suegra de un conocido o hacerse la limpieza bucal anual. Y eso cuando va, porque hace tiempo que tiene comprobado que el rito es mucho menos molesto a través de una televisión de plasma y en ruedas de prensa sin aceptar preguntas.

Tanto le da. Ahora, sin la mayoría absoluta por la hemorragia de diputados, traga de mala gana con una mayor exposición a los medios, pero sin exagerar. En plena crisis del mercado energético, él responde que no va a hacer otra cosa que esperar a que llueva. Y de remate, en un desplante de frialdad admirable, saliendo a recibir a puerta gayola, engaña la pregunta del juicio de la trama Gürtel, en el que se está enjuiciando la corrupción en el partido que él preside, con un "francamente, no estoy en ese tema".

Y se queda tan ancho, porque sabe que puede permitirse ese lujo. Es que ni se ha molestado en prepararse unas respuestas para salir del paso a las preguntas más evidentes que le iban a hacer. Una indiferencia que envía al periodismo de este país a la insignificancia en la que está desde hace tiempo.

No nos hemos sabido ganar ni los insultos, mucho menos el respeto. No deja de haber cierta verdad en que ha sido la prensa la que ha realizado la gran labor de investigación y denuncia de la corrupción sistémica, pero también que lo ha hecho tarde y a desgana, empujada por la presión popular, por el hartazgo, a remolque por pura supervivencia. Mientras estaba pasando, callábamos. Nos costará recuperar la credibilidad. Pensábamos que la estábamos vendiendo a buen precio, pero no ha sido un buen negocio.

Quiero pensar, pese a todo, que las cosas irían peor sin periodistas. Eso es lo que ha venido a reconocer Trump. No es mucho, desde luego no lo suficiente como para venirme arriba, después de tantos años en esto ya me he decepcionado a mí mismo las suficientes veces como para no esperar gran cosa. Pero llega para tirar para delante otro rato, a ver si conseguimos ganarnos un par de buenos insultos, un enemigo del que poder presumir.

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