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Los límites de la estupidez

A ESTAS ALTURAS ya sabemos, aunque una buena parte todavía se resista a aceptarlo, que la historia del ser humano es en esencia la historia de la lucha del conocimiento contra la ignorancia, de la ciencia contra la superstición. A veces nos gustaría pensar que hemos avanzado mucho en esta guerra, y podría parecerlo teniendo en cuenta el punto de partida, pero cada día nos trae un descorazonador montón de pruebas de que no es así, de que debemos permanecer alerta y no bajar la guardia porque quedan aún muchas batallas por librar. Y el enemigo nos tiene rodeados.

La razón es que esta lucha es, como todas las que merecen la pena, desigual. Mientras que el conocimiento y la ciencia asumen que en sí mismos encierran sus propios límites, que no pueden ir más rápidos ni más allá de donde les lleven la inteligencia y las pruebas, y que su única arma es la duda permanente, la ignorancia y la superstición no conocen horizonte. No hay vacilación en ellas, ni pregunta que no puedan sortear en su avance porque su respuesta es anterior a la pregunta misma y suele consistir en la destrucción de quien pregunta. Simple, pero eficaz.

Otra gran ventaja de la ignorancia y la superstición reside en que comen de todo, y todo les aprovecha. Cualquier motivo vale, da lo mismo que sea religioso, cultural, local, universal, histórico, mítico o que simplemente pasara por allí. El que está ahora de actualidad, por ejemplo, es que las vacunas son un riesgo para la salud.

Semejante majadería ha llevado a un niño de seis años al borde de la muerte por difteria, una enfermedad que la vacunación desterró hace décadas de los países occidentales. Sus padres cabalgaban en el convencimiento supuestamente ilustrado de que vacunar a la población no era sino un invento de la industria farmacéutica para ganar cuota de mercado, y de que sus efectos secundarios son el quinto jinete del apocalipsis.

Es desconcertante comprobar que este movimiento antivacunas tiene miles y miles de seguidores en todo el mundo. En el desarrollado, evidentemente, porque en el Tercer Mundo, donde enfermedades que los países más privilegiados ya han olvidado siguen matando a millones de personas, la preocupación es cómo conseguir llevar las vacunas al mayor número de gente. Allí no necesitan más pruebas que la impotencia de ver a sus hijos muriendo en sus brazos entre pavorosos sufrimientos.

La ignorancia y la superstición comen de todo y todo les aprovecha


Pero por aquí somos muy occidentales y muy guais, y solo comemos espárragos crudos y patatas ecológicas porque es lo natural y el resto está contaminado, y curamos el cáncer con infusiones de romero y cataplasmas de lavanda. «Ante cualquiera de las enfermedades, tanto eruptivas [...] como no eruptivas, la actitud más adecuada es dejar transcurrir el proceso natural de la enfermedad», aconseja textualmente ‘Los peligros de las vacunas’, un texto escrito por uno de los gurús del movimiento en España, un tal Xavier Uriarte, médico además, por si no fuera lo bastante terrorífico que sea simplemente idiota. Esas enfermedades a las que se refiere han diezmado poblaciones enteras, algunas siguen haciéndolo, en un pasado todavía reciente, y su transcurrir natural implica tasas de mortalidad superiores al cincuenta por ciento.

Como es lógico, porque hasta la estupidez tiene cura si se coge a tiempo, ha bastado que esos padres vieran a su hijo entubado luchando contra la muerte y al resto de su familia en riesgo para que renegaran del movimiento antivacunas y aceptaran inyectarse todo lo que los médicos les pongan en una jeringuilla. Pero hay cosas tan importantes que no se pueden dejar ni siquiera en manos de los padres, como la salud de los hijos. No de los suyos, sino los de los demás.

La salud pública, que tiene uno de sus pilares básicos en la vacunación, se basa en el concepto de bien común y en la confianza de que todos vamos a hacer lo correcto simplemente porque es lo que hay que hacer, y punto. Porque este tipo de movimientos, como los antivacunas, pueden optar por un comportamiento tan radicalmente egoísta gracias a que saben que el resto de la población sí va a cumplir con su responsabilidad. ¿O a alguno de ellos se le ocurría dejar de medicar a sus hijos contra la difteria si la difteria siguiera siendo un riesgo evidente y cierto en nuestra sociedad?

Es paradójico que uno de los mayores logros de la ciencia evidencie a la vez con toda su crueldad uno de sus mayores fracasos hasta el momento: todavía no existe, ni siquiera en ensayos de laboratorio, una vacuna contra la estupidez. De momento no nos queda otra que dejar transcurrir el proceso natural de la enfermedad, la de evolución más larga y daños más intensos y permanentes.

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