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Los deberes sin hacer

El sistema educativo afronta otro examen, la campaña para prohibir que se manden tareas escolares para casa

ANDA EL PATIO REVUELTO, otra vez. Es el sino de nuestro sistema educativo: una ley por cada ministro de Educación, una polémica por cada trimestre, una solución por cada padre o profesor y un suspenso por cada problema. Esta evaluación nos ha tocado lo de los deberes escolares, un debate al que me hubiera gustado llegar mucho antes, unos 35 años antes, más o menos. Con las horas de trabajo que tengo invertidas en inventarme excusas para no hacerlos, con la de panzadas de última hora que me he dado, con la de broncas que me he llevado, para que ahora me digan que todo fue perdido. 

Leo sobre la disyuntiva de moda, deberes sí, deberes no, y no sé a qué quedarme. Acudo al consejo de un profesor de apoyo, mi hijo de 12 años, un hombre serio que desde muy pronto aprendió que su padre no era ejemplo y se responsabilizó de sus propias tareas, a diario, con bastante éxito de momento.  

-¿Oye, tú cómo llevas lo de los deberes, crees que tenéis demasiados, andas agobiado?

-No, agobiado no, pero me está costando porque aún tengo vaguedad.

-¿Que tienes qué?

-Pues eso, que estoy cogiendo el ritmo, todavía tengo el cuerpo del verano.

-Entonces lo que tienes es vagancia...

-Eso. Pero no porque me parezcan demasiados deberes.

Luego atiendo a los inevitables expertos que marcan el debate y me doy cuenta de que los deberes le están aprovechando mejor de lo que cree y de que era él quien tenía razón: vaguedad es mucho más preciso para definir lo que está pasando. Los argumentos a favor y en contra son tantos y tan variados que lo más seguro es quién sabe. 

Y lo que está pasando es que hay una campaña de recogida de firmas para que se prohíban las tareas escolares en casa que ya supera los cien mil apoyos, que una de las más poderosas federaciones de padres de alumnos está llamando a las familias a apoyar una huelga de deberes para el mes de noviembre y que varios parlamentos autonómicos están estudiando resoluciones al respecto, sin saber muy bien en qué sentido, pero tanto da porque lo importante es tener una resolución.

Parece ser que hemos descubierto en los deberes para casa el origen de todos los males que afectan a nuestra escuela

Parece ser que hemos descubierto en los deberes el origen de todos los males que afectan a nuestra escuela. Son una fuente inagotable de desigualdades, ya que los niños que no tienen padres que los ayuden o no tienen espacios propios de estudio en sus casas obtienen peores resultados; el tiempo que les lleva hacerlos les priva de disfrutar de la vida, de jugar, de tocar la viola o de perfeccionar su natación a crol; los estresa hasta la depresión con una presión insoportable; son una manera de trasladar a las familias la responsabilidad que los profesores no han sabido asumir durante el tiempo de clase, por su falta de capacidad o de interés para la enseñanza; son una intromisión intolerable del colegio en la vida familiar, que debe organizarse en función de los caprichos del profesor... 

Supongo que todo eso es verdad, o lo sería si estuviéramos hablando de un mundo ideal. De uno en el que todos los niños llegaran a clase habiendo sido educados por sus padres para prestar atención y aprovechar el tiempo, y no se despistasen ni tocaran las narices con cualquier disculpa; uno en el que los centros de enseñanza contaran con los profesores de apoyo suficientes para dar cobertura a aquellos con menos destrezas; uno en el que los padres tuvieran trabajos que les permitieran conciliar su vida familiar y salarios con los que afrontar los precios de las actividades extraescolares con las que sus hijos querrían ocupar tanta tarde libre; uno en el que las carencias materiales en el entorno del chaval se afronten como un problema de desigualdad y solidaridad y no como un exceso de deberes.

Soportamos un sistema educativo cada vez más enfocado a crear mano de obra en lugar de a formar personas libres

Es muy probable que exista un modo mejor de organizar las tareas escolares. De hecho, hay datos que cuestionan su eficacia cuando se alargan demasiado, que señalan a la falta de coordinación entre los profesores como un motivo de distorsión, que ponen en entredicho su peso sobre la nota final. 

Pero sería, en cualquier caso, solo uno más de los aspectos a mejorar en el sistema, ni siquiera el más importante. Hablamos de un país que ya ha perdido la cuenta de la leyes de educación aprobadas y que en estos momentos soporta una en funciones, que volverá a ser cambiada en unos meses. Las inversiones en enseñanza se han desplomado, y hay alumnos estudiando en barracones. El profesorado está en buena parte desmotivado y desactualizado. No se ha conseguido dar el salto definitivo para integrar las nuevas tecnologías. Cada curso se cambian los libros de texto sin modificar los contenidos solo para mantener el negocio de las editoriales. La integración de alumnos inmigrantes sigue siendo una asignatura pendiente. Y todo esto mientras muchos padres solo ven la escuela como un aparcamiento de hijos para que no molesten, el espacio en el que delegar responsabilidades. 

Cuando soportamos un sistema cada vez más enfocado a crear mano de obra en lugar de a formar personas libres, me temo que el debate debería ser mucho más amplio y mucho más serio que el de cuántas divisiones y multiplicaciones son las adecuadas para una tarde de otoño. 

Seguimos sin conseguir enfocar el problema de un modo global para buscar una solución definitiva o, al menos, duradera. Mientras no logremos acordar qué sistema de aprendizaje queremos, cuál es el currículum que se debe valorar y cuáles los medios necesarios para aplicarlo, cuál es el modelo de sociedad al que aspiramos, todas estas discusiones no serán sino excusas para seguir con los deberes sin hacer.

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