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La tradición

SIEMPRE HE SIDO MUY de tradiciones. De las que me gustan, normal. No son muchas, para el resto me muevo entre la indiferencia y la repulsión, según sirvan como coartada para una hermosura o para una atrocidad. Porque últimamente la tradición se ha convertido exactamente en eso, en una coartada que lo mismo se aplica a una salvajada contra un animal, que a una celebración nuclear para la historia de un pueblo, que a la tercera edición de una feria medieval en un resort de Benidorm. Parece que todo lo iguala, y no. 

Esta semana en Lugo, por ejemplo, hemos oído hablar mucho de tradición, a cuenta del cristo que se ha montado con la adjudicación de las casetas del pulpo para el San Froilán. Y yo estoy muy a favor de las dos, de la tradición del pulpo, que la es, y de la del cristo en las adjudicaciones públicas, que también. Será que las dos me alimentan, cada una a su manera, una servida en platos de madera y otra, en sumarios judiciales –los sumarios, otra costumbre muy lucense que va camino de convertirse en tradición–. 

Estoy muy a favor de las dos, de la tradición del pulpo, que la es, y la del cristo en las adjudicaciones públicas, que también

Como las casetas, que pasaron de la modestia popular a la opulencia en el servicio, también los líos en los contratos públicos han ido evolucionando, sin perder nunca su esencia. Su acomodamiento como seña de identidad local vendrá, es de suponer, de muy lejos, pero hay que reconocer el valor de una figura que sistematizó con gran eficacia todo ese saber difuso que arrastraba la tradición oral, esa que todo el mundo conocía pero nadie escribía: Francisco Cacharro fue, tanto por su intensidad como por su persistencia, una figura clave en este proceso. 

Eran años en los que las costumbres se estaban aún asentando y los límites entre lo público y lo privado se mantenían difusos, así que el presidente de Lugo (decir solo de la Diputación o provincial se le quedaría muy corto) no se complicó mucho la vida: adjudicaba todos los contratos de estudios de obras a la misma empresa, casualmente formada por trabajadores de confianza de la Diputación, y así se evitaba el engorro del papeleo. A esto, cuando lo convertimos en sumario, lo llamamos pomposamente operación Muralla y lo mantuvimos dando tumbos más de una década. 

En realidad, debería haber terminado en el mismo momento en que Cacharro se sentó delante del fiscal y declaró que claro, que por supuesto que se las daba siempre a los mismos, porque eran quienes se lo hacían mejor y porque era su costumbre, por tradición. Ese día o Cacharro tenía que haber salido imputado del juzgado o el caso directamente archivado, pero no sucedió ni una cosa ni otra y la feria terminó como se sabe, en nada. 

La tradición la protegió después otro cacique de cercanías, Francisco Fernández Liñares, a quien hay que reconocerle que supo adaptarla a los tiempos sin que perdiera su esencia, que es la clave para asegurar su supervivencia. 

Liñares supo conservar la costumbre de santificar la amistad y darle los negocios a los de siempre, porque son los que te los hacen bien. Para allí se fueron la gestión de la Ora y de la grúa, entre otros, aunque consiguió innovar en las formas sin que la tradición perdiera un ápice: no es necesario otorgar las adjudicaciones a dedo, con lo feo que está señalar, cuando se pueden redactar previamente los pliegos de las bases para que el resultado sea el determinado. A aquello lo llamamos operación Pokemon, y lleva camino de cumplir también con la asentada tradición judicial local. 

Más recientemente, vivimos otra modernización en el proceso de adjudicaciones, en lo que fue la asimilación definitiva de la innovación propuesta por Liñares en la redacción de las bases. Fue durante la subasta de las acciones del CD Lugo, en la que se alcanzó un nivel de creatividad acorde con las exigencias de nuestra historia: primero se redactaron las bases a dictado de un comprador designado previamente, luego se cambiaron porque no cumplía sus propias exigencias y, al final, a alguien se le ocurrió la idea absolutamente rupturista de que podría funcionar el método de ofrecer más dinero que su competidor. El asunto, no podía ser menos, también pasó por los juzgados, con los resultados previsibles: la ley poco aportó y el CD Lugo sigue jugando al fútbol. 

Y ahora regresa otro clásico, la subasta de las casetas del pulpo, cuya polémica era hasta hace poco más de un lustro una tradición anual, como los líos entre feriantes en la puja por las parcelas de las barracas. Algún año en lugar de a mano alzada se pujaba a mano armada, así que se decidió apostar por el sobre cerrado. Acomodando también los pliegos, siempre con el máximo respeto a nuestro pasado. 

A alguien se le ocurrió la idea absolutamente rupturista de que podría funcionar el método de ofrecer más dinero que su competidor

Así cumplimos con el ritual del pulpo los últimos años, sin mayores protestas puesto que no había quién. Es verdad que durante ese tiempo hemos ido aprovechando para actualizar nuestra otra gran seña de identidad, convirtiendo el pulpo á feira en un reclamo para restaurantes y las casetas, en auténticos salones. Otra manera de cocer la esencia. 

Pero ha bastado que retorne, como si nunca se hubiera ido, la ceremonia de las subastas para recuperar los viejos usos. Puede sonar a nuevo, pero no es sino otra manera de vestir la costumbre. Esperemos, por tanto, que la guerra de las casetas acabe según las maneras locales, en otro tema de conversación para una larga y aburrida tarde de un otoño perpetuo, porque seguramente lo único que no peligra en esta ciudad es la tradición. Ni siquiera la de comer el pulpo.

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