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La rave de la democracia

CREO RECORDAR, tampoco hace tanto, que a esto de este domingo le llamaban la fiesta de la democracia. Era uno de esos lugares comunes que hizo fortuna entre los políticos cuando los políticos aún eran algo políticamente correcto, un mantra con el que candidatos de uno y otro palo apañaban sus anodinas declaraciones a la prensa cuando las cámaras y los micros los acompañaban en el ritual de votar.

Ya no se estila. No me extraña, al ritmo de votaciones que nos marcan, sonaría a cachondeo. Y es que el país que entró en aquella fiesta de la democracia lo hizo casi a hurtadillas, como si fuera uno de aquellos guateques de pata de elefante, solapas afiladas y jerseys de cuello vuelto, con el gafoso gordito rebobinando cintas en el radiocassette del salón y un par de afortunados metiéndose mano en la habitación de la chacha.

Aquella fiesta nos la han convertido en los últimos meses en una rave furiosa e interminable, sin noche, ni amanecer, ni horizonte, con los Djs ocupando escenario en una sucesión atropellada y la gente bailando alocada en un frenesí de ritmos electrónicos, pastillas de colores y latas de Red Bull.

Tal vez sea ese su objetivo, rendirnos por cansancio, saturarnos de democracia hasta ver si nos hartamos y renunciamos también a lo único que nos han ido dejando, lo único que en este sistema secuestrado permite que lo sigamos llamando democracia: el voto.

No sería la primera vez. Ya lo han hecho antes, con todo lo que merece la pena, y les funciona. Le dicen privatizar. El método no es difícil de aplicar: se coge un servicio público básico, uno cualquiera de esos que dan sentido al estado de Bienestar; se deja de invertir en él con alguna disculpa, vale también cualquiera, lo mismo que las cosas van bien como que van mal; se aplica un metódico plan de desorganización y desinversión para que comiencen a surgir problemas de funcionamiento, de tal forma que los ciudadanos perciban en su propia carne lo mal que está todo; para ir aprovechando el descontento, se empieza a derivar al usuario hacia el sector privado, este sí regado con generosidad con fondos públicos; luego se introduce poco a poco el mensaje de lo caro que resulta su mantenimiento para lo desastroso que es, hasta que la necesidad de privatización se disfrace de clamor; por último, solo queda dejarlo todo en manos del sector privado, que milagrosamente obtiene unos beneficios indecentes donde el resto de nosotros solo éramos capaces de ver ruina. Y todo con nuestro dinero, claro, solo que con él ya no pagamos un derecho público sino un privilegio privado.

Empiezo a pensar que es esta la intención de muchos de los políticos de este país. Al menos, daría un sentido, un atisbo de cordura, a lo que están haciendo. Estaríamos, de esta forma, en la etapa final, en el paso previo a la privatización total de la democracia. La mayor parte del sistema rinde ya en manos privadas, en las de esas estructuras empresariales que al principio saludábamos como partidos y que ahora se han transformado en bandas profesionales de okupas de cuello blanco.

Lo único que les separa de la usurpación absoluta del poder es ese pequeño detalle sin mayor importancia que conocemos como derecho a voto, el pequeño y finísimo hilo que todavía aparenta unir ambos mundos, el de la soberanía popular y el del poder político. Es posible que ya hayan encontrado el modo de arrebatárnoslo también, a través del hartazgo, de tal manera que seamos nosotros mismos los que renunciemos a él. Parece estar funcionando. En un país que hasta el momento ha conservado unos niveles de participación electoral bastante presentables para los estándares occidentales, cada vez se pueden escuchar con mayor habitualidad y menor reparo frases como "yo no vuelvo a votar; total, para lo que sirve..." o "que voten ellos, son todos iguales".

Y ellos encantados, deseosos de oficializar el sondeo cocinado como alternativa al recuento en la urna. "Ir a otras elecciones, tener que volver a votar, sería un desastre para el país", comparten, expresado de este modo y no como deberían: "Lo que estamos haciendo como políticos está llevando al país al desastre". Tan anchos.

El caso es que yo no sé si por las pastillas de colores, por el Red Bull o porque el cuerpo se va haciendo a todo, hasta le estoy cogiendo gusto. Lejos de estar preocupado por tener que ir demasiadas veces a las urnas, hasta no me importaría ir más. Aunque solo fuera por llevarles la contraria, como forma de protestar por lo que nos están haciendo. Tampoco sería ninguna anormalidad: países del entorno con una práctica democrática más reposada suelen solucionar sus dudas, las de cierta relevancia, opinando en las urnas todo cuanto sea necesario.

Además, mirando el lado bueno, reconozco que me causa una satisfacción personal, que me deja un ligero regusto a venganza, ver a esos políticos en campaña, el momento que más temen y más odian, el que les exige mayor esfuerzo e implicación personal, el más agotador, el único en el que tienen bajar a la arena, cuando las mentiras tienen que decirlas mirándonos a los ojos. Por no hablar de la repentina generosidad en obras e inversiones públicas que tienen que esperar pacientemente a los periodos preelectorales para verse satisfechas.

Sé que no es demasiado consuelo y que no todos están dispuestos a salir de casa un domingo como hoy para acercarse a un colegio electoral a cambio de una recompensa tan nimia. Pero no deberíamos perder de vista que la única alternativa a votar, aunque sea demasiadas veces, es no votar ninguna. Así que bienvenidos, otra vez, a la fiesta de la democracia, aunque sea una rave agotadora. Ustedes diviértanse, y que sean ellos los que sufran.

La rave de la democracia
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