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La paja y el culo

Las breoganadas son para Terito y los viejos, el futuro es la ACB

Breogán. EP
Breogán. EP

AHORA YA se puede decir, porque todo es celebración y confianza, pero esto no se hace. O no se hace así, quiero decir. Ya no tengo el cuerpo ni el ánimo para tanta emoción innecesaria, para tanto sufrir por sufrir y balancearme en el borde del abismo. Ya vale, las breoganadas son para Terito y para los viejos, el futuro es la ACB.

Y eso que esta última semana sabíamos que saltábamos con red, que por muy mal que fuera aún quedaban un par de balas en la recámara. Pero no hace tanto quedaban cinco, y un par de ellas nos las disparamos al pie. No pasa nada, el breoganismo es un sentimiento acostumbrado a caminar cojo, y eso nos permitió esconder tras una euforia impostada los miedos y las pesadillas repetidas, pero en realidad no nos cabía una paja por el culo. Pasamos la semana dándonos palmaditas en la espalda unos a otros, gestos de ánimo y complicidad, hashtags de revancha con el pasado, pero por dentro nos preguntábamos si esta no iba a ser una de esas veces, otra de tantas.

Incluso el viernes se palpaba esta prudencia, esta contención, en un Pazo vestido como en las grandes ocasiones, pero que durante muchos momentos del partido parecía atenazado, sin el empuje inconsciente y constante de otras veces, sin la locura desatada y generosa de otras citas históricas que solo sirvieron para ayudar en la forja de la leyenda de juntos en lo bueno y en lo malo, pero sobre todo en lo malo. Que está bien para ir saliendo del paso y de las decepciones, y hasta para vender abonos, pero que solo vale para engañar al hambre mientras se espera por la comida de verdad, la que alimenta y reconforta.

Y tampoco es que en esta ocasión hubiera sitio para la tragedia, desde luego no como otras veces en estos doce años en las que fue cara o cruz, sobre todo cruz. No pasaba nada si no era el viernes, quedaban A Coruña y el final contra Oviedo, pero todos sabíamos que no sería lo mismo. Y eso que a mí en particular la idea de celebrar el ascenso en la pista del Leyma tomada por los aldeanos de Lugo no me disgustaba en absoluto. Pero no, de verdad tenía que ser este día, en la primera ocasión y en nuestra casa, para cerrar el paso a los miedos atávicos, para no andar otro par de semanas recordándonos breoganadas, abrazándonos temblorosos por las esquinas animándonos como quien anima al colega recién divorciado: "Verás, chaval, como te va a ir mucho mejor sin ella, que te tenía cogido por las pelotas, ahora por fin vas a vivir", mientras por dentro piensas: "Pobre desgraciado, no va pillar otra mujer así en su vida, este acaba alcoholizado en tres meses". Y tenía que ser ese día, ese partido, porque nos lo merecíamos, el baloncesto nos debía una desde hacía demasiado tiempo y esa era noche de cobro.

Tenía que ser ahora, sí, pero no necesariamente así. De todas las formas que pudo elegir, el Breogán eligió la maldita épica, como siempre, como si fuera un vicio inevitable, con ese empeño insano en tatuarnos en la memoria recuerdos imborrables y de provocarnos arritmias que tarde o temprano nos pasarán factura. Ha sido el alcohol, ha sido el tabaco, ha sido el exceso de grasa o de sal, nos diagnosticarán, pero nosotros sabremos que tanto o más habrán sido estos malditos empeños épicos de este equipo de los demonios.

Todo esto nos los dijimos con una simple mirada, en un tiempo muerto a falta de algo más de un minuto después de que el Sammic nos enchufara dos triples seguidos. 89-87. Ni una paja por el culo. Yo no me había fijado mucho en ella hasta entonces, era la primera vez que la veía sentada junto a nuestros abonos. Pero en ese momento que nos miramos fue como si siempre hubiéramos estado ahí, como si ambos pudiéramos leernos el pensamiento. "Yo ya no estoy para esto", le dije, a media distancia entre ofrecer y demandar consuelo. "Yo no vuelvo más, no lo aguanto", me respondió ella, comprensiva y sincera, sin que hicieran falta más explicaciones.

Luego pasó ese minuto final que duró muchos minutos, demasiados, y Serrano falló una canasta y Sule metió dos tiros libres y ella y yo nos vinimos abajo, o arriba, con un abrazo que a mí me reconfortó y a ella, como poco, la empapó de sudor. "Hemos pasado tanto, con mi marido, y tan malos ratos, en Valladolid, en tantos sitios...", se sinceró luego, mientras el Pazo era una fiesta de pajas y culos y yo una piltrafa arrugada por la tensión.

Este cielo de mujer que me dio el descanso tenía 77 años y hacía tres años y tres meses que no iba al Pazo. Tres años y tres meses, dijo con precisión, "cuando he entrado he estado a punto de llorar". No sabía ella lo cerquita que estaba yo de arrancarme a lágrimas. Me habló de los muchos pabellones recorridos durante años y años con su marido y otra pareja amiga siguiendo al equipo, qué no pasarían estos cuatro. Luego, en poco tiempo, murió su esposo y otro miembro de aquella pareja, y no había vuelto al Pazo. Venía arropada por su hijo, "que está en Pontevedra y ha venido también esta tarde con toda la familia". Me lo presentó poquito después, cuando pasó a buscarla por su asiento para acompañarla. Los vi marchar escaleras abajo, supuse que hacia la salida. Se metieron en la pista y se perdieron entre el público y los jugadores que celebraban el ascenso. Entonces supe que significaba exactamente aquel "yo no vuelvo más, no lo aguanto", y que seguro que ella lo aguanta todo y que volveremos a vernos algún día en el Pazo. No me dijo cómo se llamaba, o si me lo dijo no lo recuerdo, se lo preguntaré la próxima vez, que seguro que la habrá. Mientras, creo que la llamaré Breogán.

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