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La manada

Sabemos por el fallo de la Gürtel que no podemos esperar del PP un arrebato de dignidad para abrir las urnas de par en par
 

Presunto. EFE
Presunto. EFE

NO QUIERO dejar pasar ni una línea más sin pedir disculpas a Luis Bárcenas. En estos últimos años me he referido a él en diversos artículos como ‘Luis el Cabrón’, dejándome llevar por indicios y apariencias que la sentencia de la Gürtel ha rechazado sin miramientos: Bárcenas no es ese ‘Luis el Cabrón’ al que se hacía referencia en las grabaciones, han dictaminado los jueces de la Audiencia Nacional, así que desde ya lo acato y rectifico, además de darle la enhorabuena por su triunfo judicial y por sus 33 años de prisión.

Es casi seguro que se llame Luis y es posible que sea un cabrón, para eso quedan las opiniones de cada uno, pero lo que dice la sentencia es que Bárcenas no es ‘Luis el Cabrón’. También dice que el PP se convirtió prácticamente desde su nacimiento en una manada de cabrones que crearon una eficaz maquinaria de corrupción institucionalizada para robarnos hasta la entretelas, y que el propio partido se aprovechó de todo el tinglado para financiarse a través de una caja B, que reciclaba el dinero público para convertirlo en sobresueldos para sus altos cargos. Y a mí no me queda sino acatarlo.

Los jueces de la Audiencia Nacional también creen que esos fajos de dinero negro que Luis el No-Cabrón gestionaba tan diligentemente entre los machos alfa de la manada pudieron ir con cierta regularidad al bolsillo de un tal M. Rajoy, del que se desconoce el sobrenombre aunque, por ahorrarnos tiempo y lío, se le podría asignar el común a la trama. El tal Rajoy podría ser, supuestamente, Mariano Rajoy, presunto presidente del Gobierno de España que tuvo que comparecer como testigo en el juicio, momento cumbre en nuestra democracia de género chico, pulserita rojigualda y cuenta en Suiza.

Lo que fundamenta la sentencia es que el presunto presidente del Gobierno mintió con desfachtez

Ese presidente del que usted me habla contó como testigo con varios privilegios en atención a su posición, quiero pensar que en un intento del tribunal por limitar la vergüenza ajena que muchos ciudadanos estaban sintiendo: no tuvo que sentarse en el mismo banquillo que el resto, sino en paralelo al mismo tribunal y mirando de frente a la sala, entró oculto por el garaje y acudió a recibirlo el magistrado que dirigía la vista, que también se encargó de protegerlo de algunas preguntas molestas durante el interrogatorio. Pero entre esos privilegios no estaba la prerrogativa de  mentir, tal y como se le recordó al prestar juramento como testigo: existe la obligación de decir la  verdad y no hacerlo constituye un delito de falso testimonio recogido en el Código Penal. Lo que fundamenta la sentencia de la Gürtel es que el presunto presidente del Gobierno de España no solo mintió como un bellaco, sino que lo hizo con tal desfachatez y escasa consistencia que no hubo manera de creerle ni con la mejor de las voluntades de un sistema judicial simpatizante.

Yo no puedo asumir que el presidente de Gobierno de mi país mintiera ante un tribunal sabiendo que estaba cometiendo un delito. En mi país hubiera dimitido por algo así por simple dignidad, no me cabe duda. Así que supongo que lo que pasó es que Rajoy quiso asumir su responsabilidad como jefe de la organización corrupta y se vio a sí mismo sentado en el banquillo no como testigo, sino como un acusado más y, por tanto, con el derecho legal a mentir en su defensa.

Otra cosa es que mintiera bien, pero no estábamos juzgando eso. Ya lo ha aclarado él mismo, como única reacción a la sentencia en la que queda reflejado como un mentiroso: "¿Quién reparte certificados de credibilidad? Eso de la credibilidad es muy relativo ¿Aquí todo el mundo da certificados de credibilidad?". Y tiene la razón, ¿quiénes se han pensado que son estos magistrados de la Audiencia Nacional, unos tuitstars, unos influencers? Mucha ley y mucha chorrada, pero ¿cuántos seguidores tienen en su canal de Youtube?

Tiene razón el presunto Rajoy en eso de que "los certificados de credibilidad los reparten los ciudadanos". Y ha llegado el momento de que se les soliciten. Ya sabemos por la sentencia que ni él ni su manada son de ese tipo de personas de las que se pueda esperar un arrebato de dignidad, así que son el resto de partidos los que tienen la responsabilidad inmediata y diputados suficientes como para abrir las urnas de par en par, a ver si conseguimos ventilar toda esta peste. Sin disculpas, sin peleas, sin cambalaches, sin aplazamientos, sin necesidad de más acuerdo que el evidente: que los ciudadanos repartan sus certificados de credibilidad. 

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