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La libertad enseña una teta

Mientras nosotros hablamos de Venezuela, los trabajadores franceses, aquí al lado, nos dan una lección de dignidad

ESTOY SUPERAVERGONZADO, me siento como un canalla sin corazón, pero es que no consigo que Venezuela me importe lo más mínimo. Pero ni un poquito, eh. Y lo que es más grave, ni le veo solución ni puedo responsabilizar a nadie, porque el problema es solo mío. Ya me pasaba de pequeño, la de disgustos que se llevaron mis padres porque no demostraba ningún interés por el tema venezolano. Hasta pensaron en llevarme a clases particulares o a un psicólogo o a algo, pero nada. Desde que tengo memoria, Venezuela me ha importado un carajo. 

Ya sé que no hay justificación ni perdón para mi falta de empatía bolivariana, pero estoy empezando a pensar, por buscarme algo de alivio, que se debe a la falta de alguna proteína por un problema de mi madre durante el embarazo, o a algún golpe que me di en la cabeza de pequeño. O, más improbable, quién sabe si al hecho de que Venezuela no haya tenido la más mínima relevancia en la situación en España desde que dejó de ser colonia. Ni la tenía cuando era una plutocracia en la que unas cuantas familias millonarias desvalijaban el país y vaciaban los pozos petrolíferos mientras la población se pudría en la miseria, ni la tiene ahora, cuando el pensamiento mágico de unos cuantos iluminados ha sustituido al pensamiento racional.

Ya me pasaba de pequeño, la de disgustos que se llevaron mis padres porque no demostraba ningún interés por el tema venezolano

A lo mejor es esto último, digo, porque lo mismo que lo de Venezuela me trae al pairo, no le puedo quitar el ojo a lo que está pasando en Francia. Pero desde pequeñito, eh. Supongo que será porque cualquier cosa que pase con nuestros vecinos, por nimia que sea, nos afecta de algún modo, o porque arrastramos franceses y españoles siglos de amores, odios, envidias y complejos, porque el roce lo mismo hace el cariño que la herida. 

Ya nos quedó así la cosa, como encasquillada, desde la Guerra de la Independencia, que es una guerra hecha muy a desgana por ambos bandos, como esas guerras a las que si hay que ir se va, pero ir por ir... Ya la invasión fue rara, de paso, por aprovechar el viaje, como si les diera pereza a los franceses y lo hicieran por hacernos un favor, para que no nos quedásemos fuera del imperio napoleónico justo cuando iba a llegar lo mejor. Y a nosotros nos cogió también muy a desgana, en un momento bajo de defensas, de esos en los que una vez que estás allí, pues lo mismo te afrancesas que te revuelves, depende de lo que te toquen las narices, porque el cuerpo no te pide salir a matarte por Fernando VII, pero si nos ponemos chulos, pues nos ponemos todos que para eso el país es nuestro.

Pero vamos, que a lo mejor si lo hubiéramos hablado y no se hubieran venido tan arriba, pues igual se habría arreglado de otra manera, porque hay que reconocer que los franceses serán muy suyos, pero tienen clase. Le saben dar a todo un cierto estilo, lo mismo a una revolución que a una decapitación, un punto chic, como la Fraternidad, los cruasanes, la Ilustración, la minifalda, las boinas ladeadas o la Enciclopedia. 

O la Libertad guiando la revuelta enseñando una teta, con lo que eso tira, no es de extrañar que las protestas en la calle les queden de manual. Como la que en estos momentos mantiene el país entero al borde del colapso, con el suministro de combustible protegido por las fuerzas de seguridad y la amenaza de paro rondando incluso en las centrales nucleares. 

Extrañamente, no se están movilizando por la situación en Venezuela, sea la que sea, sino en contra de la reforma laboral que quiere imponer el Gobierno de Hollande, que se presentó a las elecciones camuflado bajo la etiqueta de socialista, al despiste. Parece que los trabajadores franceses se han tomado especialmente mal la intención del primer ministro Manuel Valls de cepillarse la negociación colectiva y, de paso, un siglo de lucha sindical por los derechos laborales. Por lo que sea, a los trabajadores les viene muy mal que les dejen a los pies de la presión directa de los empresarios, sin el paraguas de la fuerza colectiva del sector.

Se movilizan contra la reforma de Hollande, que se presentó a las elecciones camuflado bajo la etiqueta de socialista, al despiste

Tampoco tengo ni idea, porque ni me he molestado, de cómo está este asunto por Venezuela, pero sí recuerdo que una reforma igual la encajamos en su momento los españoles sin dar una mala palabra. Bueno, igual no, porque la aprobada en España incluyó aspectos que el Gobierno francés ni se atrevería a insinuar sin miedo a que los sans-culottes desempolvasen las guillotinas. Lo más sorprendente del caso francés, sobre todo para los españoles, es que parece que la presión popular organizada en contra de una injusticia puede funcionar. Como siempre suele pasar, por otro lado, como los trabajadores arrancaron uno a uno sus derechos durante décadas de barricadas y tornillería en tirachinas, sin que se les regalara nada, para acabar luego regalándolos todos con una resignación suicida. 

De momento, la movilización social ya está consiguiendo abrir las primeras grietas en el Gobierno francés, con varios ministros pronunciándose a favor de retirar el acta de defunción de la negociación colectiva. Siguen, no obstante, en esa fase tan española del desplante y el machito, del aquí mando yo y esto se hace por mis narices, pero conociendo la destreza y perseverancias históricas de los franceses en las revueltas populares no creo que se tarde mucho en pasar a la fase del mejor lo hablamos. 

Espero que sea así, y que cuando suceda a los trabajadores españoles se nos caiga la cara de vergüenza al ver que, una vez más, otros nos han tenido que hacer el trabajo sucio. Porque eso sí tendrá relevancia y efecto sobre las políticas de la UE, y no lo que ha pasado, pasa o pasará en Venezuela, sea lo que sea.

La libertad enseña una teta
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