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La ladera de la posteridad

LA POSTERIDAD mata, mucho y desde siempre. La historia del ser humano, igual que la loma de esa montaña de los Alpes, está sembrada de cadáveres víctimas de la ambición de posteridad de otros seres humanos. Pocas cosas hay más peligrosas que una persona convencida de haber sido señalada por el destino para cumplir una misión, que es invariablemente la que va a cambiar el mundo.

Puestos a buscar explicación, esta me cuadra tan bien como cualquier otra. Anhelaba, dicen, que un día todo el mundo conociera su nombre: "Un día haré algo que cambiará todo el sistema. Y entonces todo el mundo sabrá mi nombre y lo recordará", le gustaba elucubrar, según ha recordado una exnovia, anónima como todas las exnovias y todos los exvecinos que en estos casos aportan detalles tan necesarios como "siempre saludaba en la escalera" o "el sexo con él era bastante anodino".

El análisis de la caja negra nos dice que su respiración era tranquila y acompasada mientras dirigía el avión contra aquella ladera, con 149 personas detrás en estado de pánico y su compañero piloto tratando de derribar a hachazos la puerta de la cabina. Pero las cajas negras solo registran sonidos y parámetros técnicos, no pensamientos ni intenciones ni deseos ni anhelos, por eso solo son útiles cuando las explicaciones son planas y los errores, mecánicos, aunque los cometa un humano.

Si he de criminalizar una cIrcunstancia, prefiero el delirio del elegido por los dioses que la frialdad burocrática de un informe psiquiátrico

Empeñados cada uno en desentrañar nuestra propia caja negra para intentar comprender, que es la única manera de sobreponerse, si hubiera alguna, encuentro más confortabilidad en la ambición de la posteridad que en un parte psicológico recomendando la baja. Lo imagino con la mirada fija en el cielo, tras pulsar el botón de descenso, y una placentera sonrisa, comunicándose a sí mismo: "Vuelo GWI9525 a control, hemos puesto rumbo a la posteridad".

Supongo que es porque mi concepto de trascendencia se resume en el deseo de que quienes me conocen tengan el buen gusto de olvidar cuanto antes mis errores, lo único que he hecho con el tamaño necesario como para trascenderme. Sin embargo, todavía debo de conservar en algún lugar mis partes psiquiátricos, con sus diagnósticos de ansiedad y depresión, su puñado de pastillas y su recomendación de baja laboral. Si he de criminalizar una circunstancia, prefiero el delirio del elegido por los dioses que la frialdad burocrática de un parte médico de lo más común y sin encanto.

Y es evidente que es mucho más peligroso un iluminado que un deprimido, en especial para los demás. Nadie está a salvo de la ambición de un elegido, lo mismo un alcalde empeñado en inscribir su nombre en el callejero, que un líder redefiniendo la historia de un país, que un clérigo preparando la llegada del prometido. Los daños no son, evidentemente, ni iguales ni igual de permanentes. Algunos, incomprensiblemente, incluso aciertan, pero son los menos.

Todos estaríamos mucho más tranquilos si el copiloto se llamase Mohamed o Ali o fuera un alemán de origen turco y no un germano de piel blanca aficionado al running. Pero el impulso que movía a los que estrellaron los aviones contra las Torres Gemelas no era otro que la promesa etérea de ser recordados para siempre, de trascender hasta ser reconocidos por el propio dios.

"Vuelo GW19525 a control, hemos puesto rumbo a la posteridad"

Un dios parecido al del supremacista blanco que aspiraba a cambiar todo el sistema cuando voló un edifico federal en Oklahoma City en 1995, dejando 168 cadáveres y 700 heridos. Un sistema que tampoco gustaba al fundamentalista cristiano escogido para perpetrar la matanza de Noruega 2011, en la que cerca de 80 personas fueron asesinadas.

No buscamos en ninguno de ellos informes médicos que certificaran depresiones o enfermedades psiquiátricas que pudieran tranquilizar nuestras preguntas. Sencillamente, no nos hicimos preguntas porque ya teníamos la explicación que necesitábamos: son motivos políticos, son motivos religiosos. Como si atisbar una motivación política o religiosa en actos semejantes restaran a los mismos un ápice de locura más que un parte de baja laboral roto en pedazos.

Yo, sin embargo, prefiero imaginarme al copiloto lanzado contra esa ladera pensando en inscribir su nombre en la posteridad con la sangre de los pasajeros, porque sé que casi todo el mundo habrá olvidado ese nombre mucho antes de que se borren los recuerdos de sus víctimas.

Artículo publicado en la edición impresa del domingo, día 29 de marzo de 2015.

La ladera de la posteridad
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