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La hoguera

PERO DEJADME, AY, QUE yo prefiera/¡la hoguera!, ¡la hoguera!, ¡la hoguera!/ La hoguera tiene... qué se yo/ que solo lo tiene la hoguera». A mí me conmovía cómo lo decía, con esa forma suya de cantar que era cualquier cosa menos cantar, Javier Krahe, a quien supongo un muerto nefasto porque ya en vida se esforzó por ser una mala influencia. Finalmente le prendieron fuego hace algo más de un año, aunque desconozco qué hicieron con sus cenizas. No me extrañaría que alguien se las hubiera liado bien mezcladas con ese polen que crece tan rico en las costas de su querida Zahara de los Atunes.

Krahe elegía el fuego como su método favorito de pena capital, un método sobre el que la Iglesia tenía el monopolio, siempre bien dispuesta a convertir en cenizas cualquier atisbo de rebeldía, cualquier sospecha de brujería, cualquier desvío en la doctrina. Otra cosa no tendrán, pero los herejes arden bien. Con el paso de los siglos y la repetición, el espectáculo del fuego purificador fue pasando de moda, hasta convertirse en una rareza para snobs.

El objetivo de la muerte en la hoguera era, aparte del efecto estético, que del cuerpo físico del condenado no quedara rastro para ser resucitado en el más allá, no fuera a que a Dios le entrara la tentación de enmendar la sentencia a sus representantes terrenales. Ya se sabe que las cosas importantes no se pueden dejar en manos de los caprichos de los dioses, que sabrán mucho de lo suyo, pero muy poco de lo nuestro.

Nuestra cultura arrastró desde entonces, sin embargo, ciertas prevenciones respecto al fuego en su aplicación funeraria, no fuera a ser verdad que solo pudiéramos resucitar en nuestro cuerpo anterior. Por si acaso, mejor un cadáver completo, que cualquier precaución es poca cuando se aspira a la eternidad.

Mientras esto se mantuvo así, la Iglesia no consideró necesario meterse a saco en lo de las incineraciones, no veía nicho de mercado. Pero ha sido ahora, con los funerales a precio de muerte y el trozo de tumba cotizándose al alza, cuando el Santo Oficio -yo en esto soy muy tradicional, lo de la Congregación para la Doctrina de la Fe me suena pretencioso, como de moda hipster- se ha visto obligada a recordarnos que el monopolio del fuego y la muerte sigue siendo suyo, y ha puesto orden en el desmadre de las cenizas de los cadáveres. Si no deja las cosas de la fe en manos de Dios, menos se va a arriesgar a dejar las cosas de los muertos en manos de sus seres queridos, sin la más mínima experiencia en el manejo de cuerpos y almas. «Los muertos no son propiedad de sus familiares», ha razonado para zanjar el asunto el cardenal Mueller, prefecto del Santo Oficio, con esa forma de razonar suya que es cualquier cosa menos razonar.

Así que se acabó desde ya eso de espacir las cenizas de nuestros difuntos por cualquier sitio dejado de la mano de Dios. A partir de ahora, hay que tratarlos como cualquier otro resto orgánico: primero se depositan en su contenedor correspondiente y luego se almacenan y se tratan en la planta de reciclaje adecuada y debidamente bendecida, desde donde puedan ser recuperados para su reutilización en el más allá, si lo mereciera o si, por algún capricho divino, se diera el caso.

Por descontado, queda prohibido, bajo amenaza gravísima, cada uno que se atenga a las consecuencias, utilizar las cenizas para confeccionar adornos o joyas de recuerdo, dividir las cenizas entre los familiares o depositarlas en casa, todo ello para «evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista» y con la santa intención de evitar «prácticas supersticiosas».

Todo este disparate, decía, parece más otro intento de mantener el monopolio no solo sobre el fuego, sino sobre el disparate mismo de las «prácticas supersticiosas» con trozos de cadáveres. Porque suena a disparate, a chiste, escuchar semejantes razonamientos de una institución que ha convertido en un lucrativo negocio la veneración de brazos incorruptos, sangres licuadas, cabezas martirizadas o dedos sanadores.

Santa Teresa de Ávila, por coger un ejemplo muy nuestro, está repartida de la siguiente forma: su cuerpo, incorrupto, por supuesto, en Alba de Tormes; en Roma, en diferentes conventos e iglesias, el pie derecho, la mandíbula, algunos fragmentos de cráneo y unos dientes; la mano izquierda, en Lisboa; varios trocitos de carne con forma de corazón se veneran en conventos de Madrid, Malagón y Valladolid; el premio de las muelas salió muy repartido, y fue a parar a Toledo, Santiago de Compostela y Ciudad de Puebla en México; hay un ojo izquierdo en Ronda, y la mano derecha, en forma de pedrea de dedos, recayó en París, Roma, Ávila, Sevilla y Bruselas. El día que le toque la prometida resurrección, Dios va a poner a prueba su omnipotencia, porque esto no es una santa, es un puzle.

La Iglesia insiste en que su mensaje es de vida y de esperanza, pero siempre ha tenido un sentido trágico de la vida y un sentido macabro de la muerte. Y un pésimo control de los tiempos y las oportunidades. Es difícil entender qué ha empujado a los guardianes de las esencias a crearse un problema donde evidentemente no lo tenían, salvo que fuera económico y las cada vez más extendidas prácticas de funerales civiles, copados por la incineración, les estuvieran haciendo perder dinero y presencia.

Yo, por lo que me toca, volveré estos días a llorar a mis muertos, como todos los días, independientemente de dónde estén sus restos, que, por otro lado, están exactamente donde ellos querían. A mí de muerto me gustaría sobre todo no estorbar, porque para seguir molestando, mejor sigo vivo. Por eso, como Krahe, también prefiero la hoguera, con ese... qué se yo, que solo tiene la hoguera. Y mis cenizas, me conformo con que no ensucien...

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