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Fingir

Hedy Lamarr fue la primera mujer en escenificar un orgasmo en el cine; la sociedad la obligó a seguir fingiendo orgasmos toda su vida

Hedy Lamarr. AEP
Hedy Lamarr. AEP

Seguramente también llego tarde, como a todo, a la historia de Hedy Lamarr. Por pura casualidad, en unos pocos días su nombre me ha coincidido en un podcast de un programa de radio sobre historia y, de manera más tangencial, en un documental sobre tecnología, y la combinación me ha hecho caer en la cuenta de que cualquiera puede ser un gañán. Sobre todo yo.

Ni siquiera como actriz me había llegado a interesar mucho, más allá de su Sansón y Dalila que programaban en televisión cada Semana Santa, al calor de las inevitables Ben Hur, Quo Vadis? o La túnica sagrada. En mi opinión, no desmerece a ninguna de las otras, son todas igual de insufribles. Pero jugaba a favor de Lamarr aquella coletilla de "la mujer más bella de la historia del cine" y su mito inaugural: Éxtasis, de la que habíamos aprendido que fue la primera película comercial en mostrar un desnudo integral de una mujer y la primera en la que una mujer fingió un orgasmo. Para mí era más que suficiente, ya digo que soy un gañán.

Ella se pasó el resto de su vida tratando de dejar atrás Extasis y, a la vez, exprimiendo su leyenda. Ahora sé que, además, se vio obligada a prolongar infinitamente aquel fingimiento para que el sistema le permitiera ser solo aquello que se esperaba de ella: un jugoso trozo de carne, el papel con el que todos se sentían más cómodos.

Pero escucho en ese podcast y veo en ese documental que fue un trozo de carne realmente excepcional. Antes de aquel desnudo integral y el orgasmo filmado había sido, todavía como Eva María Kiesler, una estudiante brillante con un cerebro dotado para la ingeniería, estudios que no llegó a completar porque sencillamente era una mujer hermosa en la Austria de los años 30 y el ascenso del nazismo. Ante Hitler, al que conoció personalmente porque su marido la utilizaba de centro floral en las cenas en las que le vendía tanques al alemán, también tuvo que fingir, por partida doble: fingió que no era judía y que era tan tonta como su extraordinaria belleza determinaba para cualquier hombre que la mirase.

Tras el estreno de Éxtasis, que el propio Vaticano llegó a prohibir, su marido la mantuvo prácticamente secuestrada y asilada en su mansión, mientras trataba de comprar todas las copias de la película en la que su bella esposa, supongo, calcaba en aquel primer plano del orgasmo la misma cara que cada noche en el dormitorio conyugal. Pero ya entonces, tan joven, Eva María resultó mucha más carne y mucho más cerebro que lo que su marido podía manejar. Huyó en cuanto su amante carcelero tuvo un descuido: se llevó sus joyas para ir tirando y todos los apuntes sobre armas y sistemas balísticos que había tomado mientras su marido y Hitler dialogaban sobre planes bélicos confiados en que aquella monada era tan tonta como se daba por supuesto.

No le costó mucho encontrar un magnate de Hollywood que le ofreciera un contrato y nombre nuevo, Hedy Lamarr. Su irrupción en el cine estadounidense de la época tuvo la contundencia que se adivinaba: su físico la convirtió en una gran estrella, "la mujer más bella del cine", que no es poco pero es apenas nada. El mismo rostro y el mismo cuerpo que habían convertido su cerebro en algo accesorio para los demás se convirtieron con el tiempo en un lastre que también le negó el reconocimiento como la gran actriz que ella ansiaba ser.

La cosa es que mientras seguía fingiendo que era solo Hedy Lamarr, la estrella, ofreció al Ejército estadounidense valiosos datos extraídos de entre los piropos de Hitler y unas cuantas buenas ideas. La más trascendente de ellas, aunque no la única, fue la primera versión de un sistema de comunicación inalámbrico a larga distancia que patentó junto a un peculiar compositor llamado George Antleil. Tras inscribirlo, regalaron la patente al Ejército de los EE.UU., entonces en plena Guerra Mundial, con la esperanza de que pudiera dotar a sus torpedos de un sistema de guiado que los convirtiera en la pesadilla de sus enemigos.

Resultó que los altos mandos que recibieron aquel regalo no acertaron a ver otra cosa que la suculenta mujer que se lo entregaba, por lo que lo relegaron al olvido. A cambio, eso sí, le dijeron que podía ayudar mucho más regalando postales con besos para los soldados, supongo que esos altos mandos los apreciaban más con la moral alta que vivos. Ella fingió que era Hedy Lamarr y se resignó a mandar besos a hombres que quizás ya estuvieran muertos cuando les llegaban.

Años después, el Ejército retomó aquella patente de Lamarr para desarrollar un sistema de comunicación y control remoto que le ayudó a imponer su potencia militar. Es la misma idea que está, por ejemplo, en base de la comunicación Wifi actual.

Hedy Lamarr siguió fingiendo ser una estrella hasta el final de sus días, una diva decrépita y semiolvidada por el público y la industria que destrozó su rostro tratando de fingir la juventud eterna a base de un buen montón de fallidas operaciones de estética. Nunca llegó a ese público ningún alarde acerca de sus verdaderas capacidades, o si alguna vez lo intentó a nadie le interesó. A mí, que llego tarde a todo aunque me pongan sistema de guiado, me llega ahora, y me preguntó hasta cuándo puede permitirse esta sociedad de gañanes seguir fingiendo que estas cosas ya no pasan.

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